El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

I mogen se negaba a salir del coche.

—¿Qué se supone que tengo que hacer? —exclamó Gibbs.

Emmy estaba a su lado, cruzada de brazos, y se agachó para asomarse por la ventanilla con el rostro retorcido en una mueca.

—¿La has secuestrado o qué?

—¿Qué? ¡No!

Marguerite dio unos golpecitos en la ventanilla con los nudillos.

—Aquí fuera hace bastante frío, querida. No puedes quedarte en el coche todo el día.

Imogen le sacó el dedo, y la profesora se alejó con mala cara, acompañada por el taconeo de sus zapatos caros contra los adoquines rotos.

—Menudo encanto de chica.

Imogen gritó algo, pero su voz sonaba demasiado amortiguada desde el interior del coche. Atta se acercó, al límite de su paciencia. A pesar de que la imagen de Imogen sucumbiendo al estadio iv se le había quedado grabada en la retina, en aquel momento la soportaba menos que nunca.

—¿Qué dices? —le preguntó con toda la amabilidad que pudo reunir—. No te oímos.

—¡Este sitio da miedo! —respondió Imogen, señalando la Mansión Murdoch por la ventanilla.

—Es la casa del profesor Murdoch. —Atta levantó la voz para que la oyera bien.

Como era de esperar, Imogen bajó un poco la ventanilla, incapaz de resistirse a un cotilleo jugoso.

—¿Y qué hacéis todos en la casa del profesor espeluznante y superfollable?

—Es largo de explicar. Acompáñanos dentro y te lo resumiremos lo mejor posible.

Tras otro buen rato tratando de engatusarla, consiguieron que Imogen entrara en la casa, aunque fuera a regañadientes.

Sin embargo, la cosa se torció cuando le explicaron que se había convertido en un blanco para la peste. Atta no quería ni imaginarse lo que pasaría si le contaran que ni siquiera estaban lidiando con una enfermedad, sino con una posesión feérica.

Imogen había lanzado tres vasos contra la pared, en pleno ataque de nervios, antes de caer rendida. Gibbs estaba barriendo los cristales rotos del suelo cuando el teléfono empezó a sonar.

Resignada, Atta fue a responder.

—¿Atta? —preguntó una voz familiar al otro lado de la línea, aunque no lograba identificarla.

—Sí, ¿quién es?

—Soy Mariana O’Sullivan, querida.

¿Su orientadora? ¿Qué querría ahora?

—¿En qué puedo ayudarla, señora O’Sullivan?

—Vas a tener que venir a la catedral de San Patricio de inmediato. El consejo de la Agamenón quiere hablar contigo.

No sabía a dónde había ido Sonder, pero, mientras Emmy la llevaba a la catedral, Atta se lamentó por necesitarlo a su lado para afrontar aquella situación.

—Te veo mala cara —comentó Emmy.

Atta no quería hablar del tema.

—¿De dónde has sacado este coche? —le preguntó para no tener que hablar del tema.

—Ah, eh, me lo ha prestado el tío con el que estoy quedando. Es de su madre.

Emmy detuvo el coche en el abarrotado aparcamiento de la catedral y Atta se bajó sin perder un segundo.

—Oye, ya verás como todo sale bien.

Atta se agachó para mirar a su amiga, que intentaba sonreír para darle ánimos.

—Te he echado de menos.

—Mándalos a tomar por culo a todos —concluyó Emmy, con una sonrisa sincera.

Atta le había repetido a Sonder una y otra vez que le daba igual que el consejo la convocara, que no se pondría de su lado, que le importaba un bledo la Sociedad.

Sin embargo, de camino a la puerta lateral por la que Sonder y ella habían entrado en otoño para tomar muestras de Lauren Kennedy, tuvo que tragarse tantas emociones que acabó perdiendo la cuenta.

—Atta.

La voz que oyó a su espalda cuando agarró el picaporte la calmó al instante.

—¿Sonder? ¿Qué haces aquí?

Conque allí era donde llevaba todo el día. Se le encogió el corazón, pero dejó que la condujera hasta la parte de atrás del edificio.

—No soporto que ensucien tu nombre.

Atta levantó la vista para mirarlo; el sol que asomaba entre las nubes creaba una pequeña aureola detrás de su cabeza.

—Ya lo han hecho contigo.

—De mí pueden decir lo que les dé la gana, pero no de ti.

No lo toleraré. Quieren que te unas a la Agamenón.

Si lo haces, te dejarán volver al Trinity y se comprometerán a no intervenir en los exorcismos.

—Sonder dejó escapar una carcajada triste mientras se pasaba los dedos por el pelo.

Luego señaló la catedral, extendiendo un brazo con rigidez—.

Te mereces que sepan lo que has estado haciendo de verdad por Dublín.

¡Por Irlanda! Por el putísimo mundo entero seguramente.

Ya se lo he dejado bien claro, aunque me temo que me han fallado un poco las formas.

—¿Y ha servido de algo? —A Sonder se le ensombreció la expresión—. Lo siento, Sonder.

Él le colocó la mano en la mejilla y le rozó la nuca con los dedos.

—Tú representas todo lo bueno de este mundo, a stór. De mi mundo. Del universo. Así que no se te ocurra pedir perdón por nada.

—Volvamos a casa.

—¿No vas a entrar?

—No.

Una sonrisa débil se adueñó de sus labios.

—Afrontaré todas las consecuencias que haga falta a tu lado.

Emmy les avisó de que tenía que devolverle el coche a su dueño, así que Atta y Sonder la siguieron en el Capri, con las manos entrelazadas, y luego Emmy se unió a ellos para regresar juntos a la mansión.

—Bueno… —dijo Emmy cuando se deslizó en el asiento trasero—. Conque las hadas nos están poseyendo, ¿eh?

Sonder le apretó la mano a Atta.

—¿Cuán locos crees que estamos?

—Lo suficiente, colega. —Emmy se rio, lo que disipó parte de la tensión que reinaba en el coche—. El consejo ese con olor a cerrado al final no ha tardado mucho en despacharos.

—No he llegado a entrar.

Atta no veía a Emmy, pero se la imaginó retorciendo el rostro en una mueca.

—¿Y qué pasará ahora?

—Nos quitaremos las máscaras —respondió Sonder—. Seguiremos adelante solos. ¿Estamos de acuerdo? —preguntó mirando a Atta.

—Sí.

La joven dejó de prestar atención a la conversación. En su cabeza sonaban nanas que se solapaban sin descanso, aunque no eran de las que inducen el sueño, sino de las que preceden a las pesadillas.