Sonder
—Has usado la máscara de esta sociedad junto con alguien que ni siquiera pertenece a nuestras filas —concluyó Lynch en sus observaciones finales—. Has desafiado nuestro protocolo al actuar en solitario, con resultados desastrosos.
—¿Qué tienes que decir en tu defensa? —exigió saber Lynch.
—Yo solo he cumplido con la tarea que se le encomendó a mi sección de la Agamenón.
La mayoría de las veces no tenemos tiempo para entretenernos con procesos burocráticos y papeleo.
El trabajo que hacemos en la Casa Aquiles salva vidas.
Sí, admito que he montado una pequeña unidad encubierta, pero el resultado sigue siendo el mismo.
Estamos salvando vidas, la peste está perdiendo terreno y la reputación de la Agamenón no se ha visto afectada.
De hecho, de cara a la población, la Sociedad ha cumplido con su promesa.
Lynch, más rojo que nunca, se levantó de su silla tan apresuradamente que estuvo a punto de tirarla al suelo.
—¡Pues informa a tus superiores de tus puñeteros avances! ¡Comparte tus procedimientos con tus compañeros!
—Me temo que eso no voy a poder hacerlo —respondió Sonder con firmeza—. O nos dejáis hacer las cosas a nuestra manera, sin intervenir, o mi equipo y yo nos quitaremos las máscaras. Eliminaremos a la Sociedad de la ecuación.
—¡Esto es un ultraje! —La saliva salió volando de la boca de Lynch, y le tembló la papada.
—¡Ya es suficiente! —El rector del Trinity, Nial Rochford, se puso de pie; era la primera vez que tomaba la palabra desde que habían dado comienzo a la sesión. Incluso Lynch tuvo que sentarse y escuchar en silencio.
La familia Rochford llevaba a la cabeza de la Agamenón desde su fundación; y aunque habían contado con líderes mejores que Nial, también los había habido peores, mucho peores.
—Nuestra reputación no puede depender de un procedimiento que desconocemos, doctor Murdoch.
El comportamiento que ha exhibido, y con una alumna, nada menos, ha manchado su imagen como académico y miembro de la Sociedad.
Si no comparte su metodología con el resto de la Agamenón, le aseguro que tomaremos cartas en el asunto, empezando por retirarlo de su puesto en el Trinity College.
A diferencia de algunos de los presentes, Sonder no se mostró estupefacto ni ahogó una exclamación. Ya se había visto venir aquello hacía semanas.
—Les revelaré nuestros protocolos, nuestros descubrimientos y nuestras investigaciones solo si acceden a readmitir a Ariatne Morrow en la universidad.
Una nueva ola de murmullos corrió entre los miembros del consejo y la audiencia.
Lynch tenía los puños carnosos apretados sobre la mesa. Rochford fulminó a Sonder con sus fríos ojos grises.
—Trato hecho. Pero con una condición: la señorita Morrow debe jurar lealtad a la Agamenón y compartir su investigación con nosotros.
A Sonder le dio un vuelco el estómago. Sabía que Atta no accedería ni en broma. Y aunque él tampoco quería que se uniera a la Sociedad, sabía que era la llave que le permitiría retomar sus estudios y volver a su amada universidad. No debería tener que vender su alma por ello.
—Tendríais que estar besando el puto suelo por donde pisa —escupió Sonder, apretando los dientes—. Ariatne Morrow no debería tener que bailar al son de la Sociedad para que la readmitáis en el Trinity, no cuando ella solita ha salvado esta puñetera ciudad.
Ante aquello, incluso Nial Rochford perdió la compostura.
—Ariatne Morrow es la responsable de la muerte de varias personas y ha cometido multitud de delitos.
Fue entonces cuando Sonder empezó a gritar. Bramó cosas horribles y se acordó de todos sus ancestros hasta que alguien lo sacó a rastras de la sala. Ya fuera, comprendió que habían sido Walsh y Mariana.
Poco después, mientras descansaban sentados en los escalones de la catedral, Mariana O’Sullivan le colocó una mano en el hombro.
—Siento haberte metido en este lío —dijo con delicadeza.
Sonder la miró con los brazos apoyados sobre las rodillas.
—Pues yo no.
—La decisión es de la chica, corazón.
Mariana estaba en lo cierto.
—Mira a ver si puedes llamarla para que venga.