Atta
E mmy se los quedó mirando. Los cinco estaban sentados alrededor de la mesa de la biblioteca.
—A lo mejor si me lo explicáis una vez más…
Gibbs gruñó.
—Voy a hacer té —suspiró la profesora Vasilios antes de salir de la estancia.
Sonder se rascó la mandíbula.
—¿Qué parte de «La peste no es una enfermedad, se trata de hadas que están poseyendo a la gente» no entiendes todavía, Emmy? —le preguntó Atta, a punto de perder la paciencia.
A su amiga se le escapó una risotada desquiciada.
—Es que es una locura, ¿no creéis?
Todos asintieron.
—Pero es importante —intervino Gibbs.
—Y necesitamos tu ayuda.
Mientras Emmy consideraba sus palabras, Sonder se puso de pie.
—Yo tengo que irme. —Se agachó para darle un beso en la mejilla a Atta—. No tardaré mucho.
Apenas acababa de salir por la puerta cuando Emmy se volvió hacia su amiga.
—Explícame qué coño está pasando entre vosotros dos ahora mismo.
Gibbs resopló divertido y se subió las gafas.
—¿Acaso no es evidente?
—Dios, la tensión sexual es tan palpable que podría cortarse con un cuchillo —bromeó Emmy.
Ante aquel comentario, Atta le propinó un empujón a su amiga, aunque en realidad se alegraba de tenerla allí con ella.
Marguerite regresó con una tetera humeante.
—Por favor, no me digáis que es la primera vez que notáis esa tensión.
Si ha sido evidente desde el primer día.
—Todos miraron a la profesora y ella se detuvo—.
¿Qué? ¿No os habíais dado cuenta de que Sonder estaba coladito por Atta?
¿De que se le iban los ojos hacia ella constantemente?
¿A ninguno os pareció raro que fuera la única auxiliar que le había durado más de cinco segundos?
—Los otros tres intercambiaron una mirada, y Marguerite se rio entre dientes—.
Ay, criaturitas. Os aseguro que, en los diez años que llevamos siendo amigos, jamás he visto a Sonder así.
—Yo me empecé a oler algo cuando se coló por mi puñetera ventana para pedirme que vigilara las migrañas de Atta —comentó Gibbs.
—Ahora que me lo recuerdas… —Atta lo miró entornando los ojos—. ¿Qué fue lo que pasó?
—Te lo acabo de decir. Una noche, de madrugada, Sonder trepó por un puto árbol, se coló en mi habitación y me despertó. Parecía preocupadísimo por tus dolores de cabeza, aunque yo no sabía de qué me estaba hablando.
Entonces Atta cayó en la cuenta de que Gibbs debía de estar refiriéndose a la primera noche en que se colaron en el cementerio, cuando se desmayó sobre el regazo de Sonder y luego la dejó en la Briseida.
Marguerite la estaba observando atentamente con una arruguita surcándole el ceño.
—¿Suelen darte migrañas, cielo?
Atta asintió.
—Seguramente nos tocará centrarnos en ellas para nuestro siguiente paso en la investigación.
Aquella era la parte que no le habían contado ni a Gibbs. El chico ladeó la cabeza en actitud inquisitiva, pero entonces Atta se fijó en que tenía algo en el hombro. Se inclinó hacia adelante para verlo mejor y él retrocedió a su vez, sorprendido ante su repentina cercanía.
—¿Qué haces?
Atta lo miró con los ojos entrecerrados, y luego volvió a centrarse en su hombro.
—Gibbs, ¿por qué tienes pelos largos y rubios en la sudadera?
Emmy ahogó una exclamación. Atta se sintió como si estuviera viviendo un drama de instituto.
—Ah, eh, pues…
Atta cogió uno de los pelos. Supo a quién pertenecía en cuanto lo tocó, y los demás tuvieron el honor de presenciar una de sus migrañas con asientos de primera fila.
La que siempre había sido una joven rubia y sarcástica se había convertido en una carcasa hueca de cuya boca abierta sobresalía un enebro joven. Su tronco delgado le trepaba por la garganta y de sus ojos brotaban ramas repletas de bayas color índigo, cubiertas de escarcha.
—¡Atta!
Todos chillaban su nombre cuando volvió en sí, con la mejilla aplastada contra la madera. Se había derrumbado sobre la mesa.
Marguerite la estaba abanicando, Emmy había sucumbido al pánico y Gibbs pedía a gritos que alguien llamara a Sonder.
—Parad —graznó Atta, incorporándose—. No pasa nada. Estoy bien.
—Te traeré un vaso de agua —anunció Marguerite antes de salir de la biblioteca.
Atta asintió, agradecida, y se volvió hacia Gibbs.
—Ve a buscar a Imogen ahora mismo. Tráela aquí. Las hadas la tienen en el punto de mira.
El chico la observaba con los ojos como platos. El temblor que le atenazaba los dedos le trepó rápidamente por los brazos.
—¿Q-qué?
—¿Imogen? —exclamó Emmy—. ¿Te refieres a tu antigua compañera de residencia? ¿Qué cojones tiene que…?
—¡Ve! —le gritó Atta a Gibbs—. Os lo explicaré todo cuando volváis.
Gibbs se puso de pie tan rápido que tiró la silla al suelo y salió corriendo de la habitación.
—Me estás asustando —le susurró Emmy a Atta, en un tono nada propio de ella.
Marguerite regresó a toda prisa con el vaso de agua, y Atta le dio un buen trago en cuanto lo tuvo en las manos.
—Creo que Gibbs ha estado acostándose con Imogen en secreto. Y mis migrañas en realidad son visiones.
Emmy se quedó boquiabierta y Marguerite esbozó una mueca.
—Joder —masculló—. Si Sonder no me hubiera enseñado esa puta colección de hadas que habéis reunido, os habría mandado a todos derechitos a un loquero durante una buena temporada.
—Lo sé. —Atta se puso de pie; no se veía capaz de pasar ni un solo segundo más sentada—. Yo antes pensaba que no eran más que alucinaciones, pero todo cambió con la muerte de Lauren Kennedy.
—¿La chica del Trinity? —preguntó Emmy.
Atta asintió.
—Sí. Me tropecé con ella un día antes de clase, justo después me dio un dolor de cabeza tremendo y vi cómo la hiedra la devoraba.
Marguerite se dejó caer en la silla de la que Atta se acababa de levantar.
—¿Y cómo has visto a Imogen? —preguntó Emmy. Por su expresión, resultaba evidente que temía su respuesta.
—Lo importante es que Gibbs la traiga aquí. Así podremos tenerla en observación y actuar antes de que empiece a manifestar síntomas. He repartido protecciones por toda la casa y creo que están aguantando.
—A manifestar síntomas de… —Emmy se interrumpió, pero Marguerite terminó la frase por ella:
—De posesión.
Atta se lo confirmó con un asentimiento apesadumbrado.