Atta
H abían pasado quince días atrapados en un torbellino de exorcismos, tanto exitosos como fallidos, y de sesiones de estudio, analizando sus procedimientos hasta acostarse a las tantas de la madrugada.
A veces se quedaban dormidos enseguida, uno en brazos del otro.
A veces invertían la poca energía que les quedaba saciando su apetito sexual.
A veces, con la vista clavada en el techo, hablaban entre susurros de sus miedos, sus sueños y su vida antes de conocerse.
Los momentos que compartían se estaban convirtiendo en su mayor regalo.
— ¡A stór! —oyó que la llamaba desde el piso de abajo—. ¡Se te enfría el café!
—¡Ya voy! —exclamó antes de empezar a vestirse.
Aún seguía asustada por haber vuelto a despertarse en medio de la arboleda, pero los últimos vestigios de ese temor escaparon de ella como el vapor de las hadas tan pronto como puso un pie en la cocina y Sonder le dio los buenos días por encima de su periódico como cada mañana. Aquella rutina la tranquilizaba.
—Buenos días, tesoro.
Atta sonrió; pero, cuando bajó la vista a la portada del Irish Independent, le dio un vuelco el corazón. Ahogó una exclamación, y Sonder se pegó el diario al pecho para ver qué le había arrancado aquella reacción.
—Ah, sí, menuda primera plana, ¿eh?
—¿Somos nosotros? —Atta se acercó y le arrebató el periódico de las manos.
—Eso me temo.
Ahí estaban, inmortalizados en tinta, en un retrato demasiado fiel a la realidad para su gusto.
Sonder llevaba los pantalones de siempre, una camisa remangada hasta los codos y un chaleco de punto, mientras que Atta vestía uno de sus típicos conjuntos de falda y americana de tweed .
Por suerte, ambos llevaban puestas sus respectivas máscaras de pico.
—¡Han acertado hasta con los zapatos! —exclamó Atta, con una voz tan aguda que solo los perros debieron de oírla.
—Lydia Callahan estuvo muy atenta el otro día. Apuesto a que ha sido ella quien ha hablado con la artista forense.
Atta todavía seguía contemplando el retrato boquiabierta cuando oyeron un estrépito en el vestíbulo. Sonder se puso de pie enseguida, pero la voz de Gibbs disipó la tensión.
—¿Hola? ¿Estáis despiertos?
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Sonder saliendo hecho una furia hacia el salón—. ¿Es que no sabes llamar a la puta puerta, pedazo de idiota?
Pero la voz de Gibbs quedó ahogada por el estridente sonido del teléfono, que colgaba de la pared de la cocina. Atta respondió solo para que dejara de sonar, abrumada por el repentino caos.
—¡Atta! —exclamó la voz al otro lado de la línea con tono urgente.
—¿Profesora Vasilios? —preguntó la joven, sin estar segura de que fuera ella.
—Por favor, llámame Marguerite —la corrigió—, pero sí. Poned las noticias ahora mismo.
Sonder irrumpió de nuevo en la cocina.
—¡Tenemos que poner las noticias!
Atta colgó el teléfono y siguió a Sonder y a Gibbs hasta su habitación, donde adoptaron la misma posición que la noche en que habían visto a Lisle hablando con una reportera sobre ellos.
Solo que, en aquella ocasión, se trataba de un noticiario internacional.
Una mujer estadounidense, ataviada con un traje azul marino, estaba sentada ante una mesa de redacción, y el retrato robot de Atta y Sonder aparecía en la pantalla que tenía a su espalda.
—En los últimos meses, dos individuos enmascarados se han dedicado a curar a las víctimas de la peste que lleva casi siete años circulando por las calles de Dublín.
Nadie sabe quiénes son o cómo lo consiguen, pero el equipo de CBS News ha podido hablar con varios de los pacientes curados, que se han deshecho en elogios hacia estos dos héroes enmascarados.
A Atta le dio un vuelco el estómago, y Sonder apartó la vista de la tele con una mueca asqueada.
—Apágala.
Gibbs obedeció y los tres intercambiaron una mirada.
—Creo que ha llegado la hora de pedir ayuda —dijo Sonder con un hilo de voz. Entonces sonó el teléfono de su estudio y se marchó para atenderlo.
—Se refiere a mi ayuda, ¿verdad? —preguntó Gibbs, tragando saliva con fuerza.
Atta asintió, pero alguien llamó a la puerta principal antes de que tuviera oportunidad de responder.
—Madre mía, ¿a qué viene este caos? —farfulló—. Supongo que será Vasilios.
Pero ¿cómo había llegado a la Mansión Murdoch tan rápido?
Volvieron a llamar con más urgencia, y Atta abrió la puerta.
—¿Emmy?
—¿Atta?
Se miraron estupefactas.
—¿Qué haces aquí?
Atta abrió la puerta del todo y tiró de Emmy para meterla en la casa mientras trataba de ignorar la punzada de culpabilidad que le atravesó el pecho al darse cuenta de lo poco que se había preocupado por su amiga desde que la habían expulsado.
—He seguido a Gibbs —explicó ella mientras admiraba el lujoso vestíbulo de la mansión—.
Lleva un tiempo comportándose de una forma muy rara.
Callándose cosas y escabulléndose. Por eso lo he seguido hasta aquí.
—Emmy se detuvo después de dar una vuelta en el sitio, boquiabierta—. A todo esto, ¿qué es este sitio?
Sonder apareció doblando una esquina y Emmy abrió todavía más los ojos. Después, se giró hacia Atta. Al parecer, no necesitaba más explicaciones.
—Vaya, hola —dijo Sonder con tono casual, deslizándose las manos en los bolsillos. Miró a Atta con una pregunta silenciosa surcando su mirada.
—Ha seguido a Gibbs hasta aquí.
—¿Dónde coño os habéis metido? —preguntó el susodicho desde el salón—. Marguerite está al teléfono.
Sonder gruñó unas cuantas palabrotas y se marchó a toda prisa. Atta agarró a Emmy del brazo y fue tras él.
—¿Marguerite? —susurró la chica, esforzándose por seguirles el ritmo a las zancadas frustradas de Atta—. ¿La profesora Vasilios? ¡Ay, no me aprietes tanto, me haces daño!
—No puedes ir por ahí persiguiendo a la gente hasta sitios que no conoces, Emmy —la amonestó Atta, empujándola suavemente para que se sentara en el sofá.
Emmy resopló.
—Tú te esfumaste de la puta faz de la tierra, Atta. Llevo dos meses sin saber casi nada de ti, y ¿ahora me vienes con lecciones sobre evitar sitios desconocidos?
Atta se derrumbó sobre una butaca.
—Joder —masculló, frotándose los ojos cansados.
—Parecéis todos de los nervios —comentó Emmy distraídamente mientras miraba de reojo a Gibbs y a Sonder, que discutían sobre quién debería hablar con Marguerite. Volvió a posar la vista en Atta—. ¿Os he pillado en mal momento?
—Atta —la llamó Sonder después de que Gibbs saliera enfadado de la habitación—, ¿tienes un segundo?
Ella apretó los labios y miró a Emmy.
—Tú quédate aquí quietecita, ¿vale?
Su amiga levantó las manos en señal de derrota, se recostó contra el sofá, cogió un viejo número de la Laboratory News y se puso a hojearlo.
Tras echar un último vistazo por encima del hombro a esa amiga que tanto tiempo llevaba sin ver, Atta siguió a Sonder hasta la sala de billar.
—¿Quieres que vaya a buscar un candelabro? —le preguntó él, con malicia, cuando Atta entró y cerró a su espalda.
—¿Qué? —preguntó ella, confundida.
—Estamos en la sala de billar… —Cuando Atta lo miró todavía sin entender a qué se refería, él añadió—: La película…
—¿Te refieres a El juego de la sospecha? —La joven retorció el rostro en una mueca—. ¿De verdad intentas hacer un chiste con una película basada en el Cluedo?
—Veo que no ha tenido mucho éxito.
—Pensaba que no ibas al cine.
—Yo nunca he dicho eso —se defendió él, negando con la cabeza—. En fin, da igual. ¿Qué hace la auxiliar de Vasilios aquí?
—No lo sé. Ha dicho que Gibbs se estaba comportando raro, así que decidió seguirlo hasta aquí.
—Ya. Bueno, lo primero es lo primero. He hablado con Lynch.
A Atta casi se le salió el corazón del pecho.
—Ha visto lo del periódico, y el noticiario internacional.
—Mierda.
—El consejo de la Agamenón y la dirección del Trinity quieren hablar con nosotros, por separado.
—Por favor, explícame por qué pareces tan tranquilo —le pidió Atta; le molestaba que, a diferencia de ella, Sonder no estuviera sudando o a punto de llorar o vomitar.
—Porque ya no tiene sentido seguir ocultando nuestra identidad y porque ya no pueden hacernos nada.
—¿Que no? No digas tonterías. Todavía pueden hacernos muchísimas cosas.
—No es verdad. —Sonder le posó las manos en los hombros y le acarició los brazos con suavidad, de arriba abajo—.
Quieren llevarse el mérito. Han decidido hablar directamente con nosotros para no involucrar a la Garda.
No van a intentar detenernos. Solo pretenden convencernos de que seamos su cara visible ante el público, de que les concedamos a la Sociedad y al Trinity el honor de proclamar que por fin han encontrado la cura para la peste.
—No le veo el lado positivo a nada de eso. —No pretendía sonar cortante, pero tampoco pudo evitarlo.
—Si les regalamos un poco los oídos, tal vez te readmitan en el Trinity.
Atta se apartó de él.
—Ya te he dicho que eso me da igual.
—Atta…
—¡No! Tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos.
—La joven empezó a pasearse de un lado a otro, jugueteando con los puños de su jersey—.
Tenemos que formar a nuevos ayudantes. Necesitamos a Gibbs y a Vasilios en pie de guerra.
—Se interrumpió al caer en la cuenta de algo—.
Emmy es la auxiliar de Marguerite, y mi amiga. Tal vez pueda ayudarnos.
Sin embargo, le bastó con ver la expresión de Sonder para comprender que aún no quería cambiar de tema.
—Atta, no estoy proponiendo que nos pongamos del lado de la Sociedad o que accedamos a seguirles el juego, sino que…
—Ya hablaremos de ello más tarde —concluyó ella con firmeza.
Sabía que sus palabras reflejaban su edad, así como la ingenuidad y el idealismo de su punto de vista. Pero no le importaba. No necesitaban al condenado Agamenón. Ellos eran el puto Aquiles.
Sonder suspiró, pero asintió, entrelazó las manos y se apoyó contra el borde de la mesa de billar.
—Me parece bien que Gibbs y Marguerite nos ayuden, pero no sé qué decirte sobre Emmy.
Ella le cogió la mano y tiró de él para que se incorporara.
—Pues ven a conocerla.