El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

–A quí hay varias cosas que debemos tener en cuenta. —Atta tenía un bolígrafo en la boca, lo que distorsionaba sus palabras.

Tenía los brazos cubiertos de cortes que, por suerte, ya se le habían empezado a curar. Ella le había dicho que se había caído en la arboleda, pero su explicación no lo convencía del todo.

Pero, pese a todo, había algo que no iba bien. Se sentía como si una piedra le pesara en el estómago. Como Aquiles esperando la muerte de su querido Patroclo. ¿Podría haber impedido la tragedia de haber sabido lo que ocurriría?

—¿Me está usted escuchando, profesor Murdoch?

Atta tenía el rostro retorcido en una mueca enfadada.

Ahí estaba, tan respondona como siempre, y aun así Sonder no podía evitar sentir que algo iba mal.

Atta había hablado en una lengua desconocida durante el exorcismo de Whelan, y se había echado a temblar aterrorizada ante lo que fuera que ella había visto y él no.

—No —admitió Sonder, tratando de desterrar sus lúgubres pensamientos—. Empieza otra vez.

Ella puso los ojos en blanco y se irguió. Estaba sentada ante el escritorio de Sonder, puesto que él se lo había cedido para que no se hiciera daño en la espalda trabajando encorvada sobre la mesita de café.

—Las dríades parecen ser las hadas con mayor índice de éxito. Y tiene todo el sentido del mundo. Son las que están más cerca de perfeccionar la posesión, y las más selectivas a la hora de escoger a los huéspedes.

El intelecto de Sonder por fin les cerró la puerta a la preocupación y el catastrofismo.

—Te escucho —dijo, apoyando los codos en las rodillas, con gesto concentrado.

El rostro de Atta se iluminó como siempre que le ocurría cuando se dejaba llevar por sus investigaciones.

—A juzgar por lo que he ido viendo al tocarlos, es cierto que algunos de los huéspedes compartían una actitud egoísta, pero otros eran bellísimas personas. En algunos casos, se mostraban tan altruistas que incluso corrían el riesgo de perjudicarse a sí mismos con tal de proteger a los suyos.

—Continúa.

La deformación profesional resultaba ineludible. Desde su perspectiva de profesor, la mejor forma de proceder en un intercambio académico consistía en invitar a su interlocutor a verbalizar sus ideas sin intervenir.

—Las hadas que están poseyendo a la gente se clasifican dentro de un mismo grupo de seres feéricos, si bien cuentan con algunas diferencias.

Mientras no reclutemos a más gente para que nos ayude, tendremos que centrarnos en los huéspedes que llegan con vida al estadio iii , porque parecen ser los que se asocian a las dríades, y están a punto de tener éxito con el iv .

No sé si habrá más estadios después de ese, pero, de haberlos…

—Habrán ganado.

—Es lo más seguro, sí. En mis visiones, el mundo de las hadas pasa de vibrar lleno de vida a transformarse en un paraje moribundo o completamente arrasado. Están desesperadas.

—Me sigue fascinando que puedas verlo —comentó él en tono pensativo.

Atta se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, como si se sintiera cohibida, lo cual a Sonder le resultaba sorprendente teniendo en cuenta que había visto, tocado y saboreado cada centímetro de su cuerpo. Tenía la sospecha de que había algo que no le estaba contando, pero no sabía por qué.

—Hemos elaborado una buena lista de síntomas que nos permitirá detectar las posesiones en estadios tempranos, pero no vamos a dar abasto si además de eso queremos cerrar el punto de acceso de las hadas a nuestro mundo.

Sonder asintió mientras estudiaba sus notas y bocetos, y contempló al hada inconsciente que yacía sobre la mesita de café, a la altura de sus rodillas.

—Está claro que tiene que haber algún portal, algún lugar que comunique ambos mundos.

—Y tenemos que averiguar dónde se encuentra —coincidió Atta, volviendo a meterse el bolígrafo en la boca, aunque sonaba distraída y no tardó en enfrascarse de nuevo en sus libros.

Sonder también retomó su trabajo mientras se preguntaba qué pensaría Atta si le propusiera abrir a un hada para estudiarla. Necesitaba echar un vistazo dentro de esos cuerpecillos.

Fuera de su burbuja ya empezaba a amanecer.

A Sonder le pesaban los párpados cuando se recostó en la butaca con una copa de whisky en la mano, la tercera de aquella larga noche.

Atta estaba tumbada boca abajo ante la chimenea, con los pies en el aire, cruzados a la altura de los tobillos, hojeando el libro que había encontrado en la arboleda de espinos.

En la arboleda de espinos precisamente. ¿Por qué lo habría dejado allí su madre?

—¿Encuentras algo? —le preguntó Sonder, rompiendo el cómodo silencio que había reinado entre ellos desde hacía una hora más o menos.

Atta se volvió hacia él y se incorporó, sentándose sobre una pierna.

—No, solo son cuentos de hadas. —Su decepción era evidente.

—Ven aquí.

Ella le dedicó una sonrisa tímida, pero en sus ojos se atisbaba un brillo travieso y acabó obedeciendo.

Sonder la observó mientras Atta se acercaba y le acariciaba la mandíbula con un dedo.

Llevaba la barba más larga de lo que acostumbraba, pero a ella parecía gustarle, así que se planteó dejarla así.

Atta se levantó la falda de tartán para sentarse a horcajadas sobre su regazo, justo como él ansiaba.

Sonder dejó la copa en la mesita auxiliar y le agarró las nalgas mientras ella jugueteaba con los extremos de su corbata deshecha.

Luego, la atrajo hacia sí con la fuerza justa para arrancarle un gritito y hacer que cayera sobre él; Sonder atrapó sus labios entre los suyos, pero fue ella quien profundizó el beso.

—Mmm —dijo Sonder contra su melena cuando la boca de Atta bajó hasta su cuello—. ¿No tenemos trabajo que hacer?

—Has sido tú el que me ha pedido que me acercara —le susurró ella al oído.

—¿Y si solo quería hablar de los cuentos de hadas que estabas leyendo?

Ella dejó escapar una risita ronca y movió las caderas, arrancándole un gemido. Atta volvió a reír.

—Y voy yo y me lo creo.

—¿Sabes una cosa? —Sonder le tiró del dobladillo del jersey y ella levantó los brazos para que se lo sacara por la cabeza—. Las faldas que llevas me ponen muchísimo.

Admiró la forma en que la luz del fuego bailaba sobre la curva de sus pechos, perfectos bajo aquel fino sujetador de encaje, mientras ella se levantaba ligeramente para quitarse las medias y lanzarlas sobre la jaula del hada.

Cuando regresó a su regazo, Sonder le deslizó las manos por los muslos hasta llegar a sus braguitas de seda.

—Pues, entonces, a lo mejor debería dejarme la falda puesta, ¿no?

—A lo mejor.

Atta le desabrochó el cinturón y los pantalones mientras sus lenguas entrechocaban, volviéndolo loco.

Ninguna mujer lo había hecho sentir tan vivo.

Tan desesperado. Tan perdidamente enamorado.

Sabía bien cuándo había empezado a sentir algo por ella.

Había sido en la Biblioteca Antigua del Trinity, cuando Atta, con un libro en la mano, le había dicho que lo había estado observando años atrás en aquella misma posición, en aquella misma biblioteca.

Cuando se había reído y le había dicho que la sacaba de quicio, cuando Sonder oyó por primera vez el sonido de su risa, fue cuando supo que reduciría el mundo entero a cenizas por ella.

Que se enfrentaría a un millar de bestias, que curaría cualquier enfermedad que se le pusiera por delante, que lucharía hasta la muerte por ella. Por su Patroclo.

Le apartó las braguitas con destreza y se introdujo en su interior, maravillado por ser capaz de hacerla echar la cabeza hacia atrás de aquella manera, jadear de aquella manera. Las puntas de su cabello le hacían cosquillas en las manos mientras la agarraba de las caderas.

Una vez saciados, Atta se acurrucó contra él, disfrutando de aquella hermosa ventana hacia otro mundo. Sonder le levantó la barbilla y la besó con suavidad. Ella clavó esos ojos que tanto adoraba en los suyos e hizo que se le encogiera el corazón.

—¿Sabes que estoy enamorado de ti?

Atta esbozó una sonrisa feliz y adormilada, aquella que reservaba solo para él.

—Algo me olía, sí.

—Has trepado por mi alma como una enredadera, a stór.

Le pasó el pulgar por el labio inferior y ella volvió a sonreír ante su contacto.

—Este mundo me aterra, Sonder. Pero no me da miedo enfrentarme a él si te tengo a mi lado.

Sonder le dio un beso en la frente y Atta se quedó dormida. Todo cuanto le importaba estaba allí, entre sus brazos.