El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

E l siguiente exorcismo fue espantoso.

El paciente estaba en estadio iii, pero a punto de pasar al iv .

«Joder, los ojos».

—Avispas asiáticas —exhaló ella, consciente de que no había avispas asiáticas en Irlanda.

Le estaban devorando los globos oculares al huésped, abriéndose paso por el tejido blando para construir un nido en su interior mientras el pobre hombre, si bien inconsciente, todavía respiraba.

Sonder se quitó la máscara y sacó un frasquito.

—Ten cuidado —le advirtió Atta cuando vio que extendía una mano enguantada y atrapaba con unas pinzas una de las avispas que correteaban por la cuenca del señor Whelan.

El insecto se retorció y zumbó entre las dos piezas de metal que lo apresaban, y Atta se inclinó para examinarlo más de cerca—. Es casi iridiscente.

—¿Crees que habrá salido de allí? Del Bosque de las Hadas, quiero decir.

Intercambiaron una mirada antes de que su atención regresara al paciente, que estaba volviendo en sí.

Atta corrió a su lado mientras Sonder guardaba la avispa.

La joven metió una mano bajo las sábanas y, cuando le tocó el tobillo al hombre, la cabeza se le cayó hacia atrás.

Solo alcanzó a ver cómo Sonder acudía en su ayuda para sostenerla antes de que le fallaran las piernas y se le pusieran los ojos en blanco.

Un instante después, Atta se encontraba en el Bosque de las Hadas.

Era exuberante, imponente y salvaje. Un ornamentado espejo colgaba de un sauce y, en él, Atta vislumbró a un hombre.

Se trataba del señor Whelan, pero se lo veía más joven, entero y sonriente, con su hermano pequeño al lado.

Estaban sentados junto a un arroyo, con las perneras de los pantalones subidas hasta las rodillas, los pies metidos en el agua fresca y una caña de pescar en la mano.

El señor Whelan le dio un mordisco a una manzana, pero se fijó en que su hermano miraba la fruta con deseo y le ofreció el resto sin dudarlo.

Atta se conmovió ante aquella muestra de afecto, pero entonces un zumbido infernal interrumpió la escena.

Cuando la joven percibió el sonido, las avispas ya se habían abalanzado sobre el hermano pequeño, atraídas por el aroma dulce y refrescante de la manzana.

Se ensañaron con él hasta que el señor Whelan le arrancó la fruta de las manos, se la puso entre los dientes y empujó a su hermano al agua.

Las avispas no perdieron ni un segundo en volverse contra él, así que el joven señor Whelan lanzó la manzana tan lejos como pudo, en dirección a los árboles, y se metió en el agua para sacar a su hermano.

Y allí, en la orilla embarrada, lo acunó entre sus brazos mientras le peinaba el pelo mojado con los dedos.

La escena se desvaneció y dio paso a otra: esta vez, ambos aparecían con su edad actual, mayores pero todavía inseparables. El señor Whelan estaba postrado en la cama tras haber sucumbido a la peste y su hermano intentaba darle sopa con manos temblorosas y los ojos anegados en lágrimas.

—Por favor, hermano. Come algo, por favor. Lo necesitas.

Atta extendió una mano y dio un paso adelante.

A su alrededor había árboles en llamas y toda clase de hadas gritando despavoridas.

La joven se cubrió los oídos, pero una de las hadas se las arregló para que su voz llegara hasta ella; entre alaridos, le tiró del pelo con tal fuerza que Atta creyó que le iba a partir el cuello.

—¡Mío! ¡Mío! —siseaba en una lengua que Atta nunca había oído pero que, aun así, conocía.

Un zumbido le invadió el cráneo, y volvió a cubrirse los oídos. Regresó al presente entre jadeos.

—¡Tápate los oídos! —le gritó a Sonder.

Pero él se arrancó unos pedazos de tela de la camisa y los retorció para metérselos a ella en las orejas. Atta le cubrió los oídos, y no lo soltó hasta que él también se hubo protegido.

Ahora todo sonaba amortiguado, pero Atta todavía podía oír los alaridos, los zumbidos.

—¡Mío, mío, mío! —repetía sin parar la criatura, y entonces Atta lo comprendió.

—¡No es tuyo! —exclamó, y roció al señor Whelan con una infusión de hierro preparada bajo la luz de la luna.

Sin embargo, una hiedra cubierta de sangre negra y cachitos de vísceras empezó a asomarle por la nariz y por la boca. El hombre arqueó la espalda, retorciéndose en la cama; se estaba atragantando.

—¡La jeringuilla! —gritó Sonder, y ambos se pusieron en movimiento—. ¡Canta, Atta!

Y eso hizo. Cantó en un idioma que no había utilizado hasta convertirse en el fantasma del rincón, el espectro del techo, la mujer que observaba la escena desde fuera de su cuerpo.

Una nube de vapor se elevó desde la hiedra, como la neblina que cubre la superficie de un lago a primera hora de la mañana, pero Sonder contuvo al hada con un puñado de sal negra mientras Atta la devolvía al estado sólido clavándole la aguja en su diminuta yugular.

El hada consiguió zafarse, de modo que solo una parte de la mezcla de milenrama y hierro le entró en el cuerpo; pero bastó para que Sonder pudiera agarrarla antes de que esca­para.

El hada se retorció, lanzando dentelladas a su mano enguantada mientras él la sujetaba con una mueca de repulsión en la boca.

—¡El bote!

Atta ya lo tenía abierto, y Sonder arrojó a la criatura dentro. Las avispas cayeron muertas de inmediato, formando diminutas montañitas sobre las cuencas ensangrentadas de Whelan.

Hacía calor. Demasiado calor.

Sonder cerró la tapa del bote, que, en aquella ocasión, no contenía fluido embalsamador, puesto que querían estudiar al hada viva. En movimiento.

De pronto el mundo se tambaleó y Atta se derrumbó. Oyó que Sonder la llamaba, pero la tela de su camisa ya no era lo único que amortiguaba los sonidos.

Cuando volvió en sí, Sonder se había agachado ante ella y le estaba quitando la americana; también le puso una botella de agua en las manos.

Sin embargo, algo le llamó la atención y se levantó.

Su mirada indecisa osciló entre el señor Whelan y Atta hasta que, finalmente, la eligió a ella.

La llevó hasta un rincón y la apoyó en la pared; luego cogió la botella que le había dado, empapó el poco dobladillo que le quedaba a su camisa y lo presionó contra su frente antes de quitarle los tapones de los oídos.

—Atta. —El miedo que destilaba su voz le atravesó el corazón, pero Sonder era un espejismo y ella se sentía incapaz de responder—. Dime algo, por favor. ¿Qué te pasa, tesoro? ¿Qué te ocurre?

Atta no lo sabía. Pero un resplandor envolvía a Sonder, desdibujando sus facciones, y solo alcanzaba a oír la palabra «mío», pronunciada en aquella antigua lengua feérica.

—No —consiguió decir—. No es tuyo. —El fuego que le ardía en los huesos se intensificó, y Atta se puso de pie; por fin comprendía lo qué ocurría—. ¡No es tuyo! —rugió en su idioma al resplandor que flotaba sobre la cabeza de Sonder—. ¡Es mío!

La película resplandeciente se reventó como una pompa de jabón y el mundo recuperó la nitidez; los ojos aterrorizados de Sonder, su pecho agitado y el señor Whelan, que gimoteaba en la cama.

—¡Whelan! —exclamó Atta, acercándose a él apresuradamente.

Sonder la imitó, sacó su maletín médico y se puso manos a la obra, aunque sin perderla de vista ni dejar de mirarla con una expresión inquisitiva.

—Estoy bien —le aseguró ella con delicadeza, y él soltó un suspiro tembloroso—. Te lo prometo.

—Joder, me has asustado. —Su tono de voz le rompió el corazón a Atta y se lo recompuso al mismo tiempo.

Se acercó a él y le tocó la mejilla.

—Céntrate en el señor Whelan. Yo estoy bien, de verdad —insistió, aunque sabía que aquella era la segunda mentira que le contaba y que a esa le seguirían muchas más.

Sonder le depositó un beso rápido en la frente antes de centrar toda su atención en el paciente.

Las avispas habían desaparecido después de rociarlas con más agua de milenrama, pero los ojos del señor Whelan habían quedado reducidos a un par de ensangrentados agujeros negros. Aun así, saldría adelante.

—Está sufriendo bastantes dolores —concluyó Sonder—, pero sus constantes vitales son estables. Ve a buscar a su hermano.

Atta se puso su máscara y obedeció. Por el camino, hizo todo lo posible por preparar al Whelan más joven para lo que estaba a punto de ver.

—Tendrá que llevarlo al hospital para confirmar que sus órganos no han sufrido daños. Y… —lo detuvo justo ante la puerta de la habitación— debe saber que ha… perdido los ojos. —Joder, su tacto ya no era el de antaño—. Pero se recuperará.

El hermano corrió junto al señor Whelan para tomarlo de la mano. Si su aspecto lo asustó, no lo demostró.

—Le he suministrado un sedante —le explicó Sonder, anotando el nombre de la medicina en un papel—. Tendrá que comentárselo al personal sanitario cuando llegue, y pedirle que le revisen los pulmones, el corazón, la nariz y la garganta.

—La nariz, la garganta, el corazón y los pulmones —repitió el Whelan joven en distinto orden mientras miraba nervioso en todas direcciones antes de posar la vista en las cuencas vacías de su hermano.

—Además de otras zonas más evidentes, claro —concluyó Sonder con solemnidad.

—Por supuesto. Gracias. Muchas gracias a los dos.

—No hay de qué, amigo.

Sonder le dio un apretón en el hombro y, con un movimiento de cabeza, le indicó a Atta que era hora de marcharse. No habían terminado siquiera de bajar la escalera cuando Sonder soltó su maletín, se arrancó la máscara y le quitó la suya a Atta para mirarla a los ojos.

—Dímelo otra vez —exigió con la voz agitada—, pero solo si es verdad.

—Sonder, estoy bien.

Atta le tocó la mejilla de nuevo, y él ladeó la cabeza para presionarse contra su mano.

—No había pasado tanto miedo en la vida, Atta. —Volvió a colocarle la máscara y después se puso la suya, pero no le soltó la mano ni un solo segundo mientras cargaban sus materiales en el coche de Gibbs.

—¿Y bien? —El chico los asaltó tan pronto como se subieron al vehículo—. ¿Cómo ha ido?

—Ha sido un éxito —anunció Sonder sin entrar en detalles.

Atta se aferró a la bolsa donde habían guardado el frasco con el hada viva cuando se cruzaron con las ambulancias que aullaban de camino a la casa del señor Whelan.