Atta
Después de parpadear unas cuantas veces, reconoció la habitación que ocupaba en casa de Sonder y se tranquilizó. Había tenido un sueño de lo más extraño.
Todavía algo adormilada, se estiró y se levantó de la cama mientras repasaba todo lo que había que hacer antes del primer exorcismo del día. Además, no había visto a Sonder la noche anterior y quería asegurarse de que las cosas estaban bien entre ellos después de la discusión.
De camino al armario, su reflejo en el espejo la hizo detenerse en seco. Retrocedió con un jadeo hasta que sus piernas chocaron con la cama y cayó sobre el colchón. Estaba cubierta de tierra y sangre.
El miedo le anegó los ojos de lágrimas al tiempo que se subía una de las mangas del camisón. No podía ser real. El sueño. La pesadilla. Era imposible.
Pero no había forma de negarlo: tenía marcas de garras en el brazo y mordiscos en la muñeca, cerca del corte que se había hecho con el farol roto y que todavía no había terminado de curar.
Se levantó con torpeza, temblando aterrorizada, y miró a su alrededor.
Allí, al lado de un juego de té que ya conocía, había un libro.
Hacia el Bosque de las Hadas.
***
—Ahí estás. —Sonder le sonrió por encima del periódico, una imagen que Atta apreciaba más y más cada mañana. Él cerró el periódico inmediatamente y le dedicó toda su atención—. Siento lo de ayer.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, distraída.
—A la discusión.
—Ah, sí. —Atta se sentó frente a él y se puso a untar mantequilla en unas tostadas, con la cabeza en las nubes—. No importa.
Sonder la estudió detenidamente.
—¿Te encuentras bien?
No debería haber dicho nada. Debería haberse quedado callada y averiguar qué había ocurrido antes de hablar.
Pero al levantar la vista de la tostada, se topó con la mirada de Sonder.
Había escapado del Bosque de las Hadas con él en mente.
Había entrado allí siguiendo a su madre.
Atta no entendía el significado de aquel sueño, pero no debería cargar con ello sola.
¿Verdad?
—He encontrado un libro —dijo, aunque no era del todo cierto.
—¿Un libro?
—Sí, un libro algo raro. Creo que perteneció a tu madre.
—¿Qué clase de libro es? —preguntó Sonder inclinándose hacia delante.
—Uno de cuentos. Hacia el Bosque de las Hadas.
Él retorció el rostro en una mueca.
—Pero si mi madre lo perdió cuando yo todavía era un bebé. Se lamentaba constantemente por ello. ¿Dónde lo has encontrado?
¿Mentir o no mentir? Atta optó por una verdad a medias.
—En la arboleda de espinos.
Sonder la contempló estupefacto.
—Dime que no fuiste allí sola anoche.
Atta dio un respingo, ofendida y asustada a partes iguales.
—No es más que una arboleda.
¿No?
—Pero hay zorros. Y ciervos. El bosque se vuelve un lugar peligroso por la noche.
Atta necesitaba que el día empezara de nuevo. Le ardía el estómago, aunque no sabía si de calor o de frío, y la sangre le hormigueaba en las venas.
—Tenemos mucho que hacer antes del siguiente exorcismo. Además, debo ponerte al día sobre lo que estuve investigando anoche.
Sonder escudriñó su rostro durante un largo rato, pero Atta se negó a reaccionar o a mirar hacia otro lado.
—Está bien —dijo él por fin, y se levantó—. ¿Qué tienes en la mejilla? —Se inclinó hacia ella y se la frotó suavemente con el pulgar—. ¿Es tierra?
Estaba tan desorientada que se le había olvidado limpiarse. Se tiró de la manga que le cubría los mordiscos y los arañazos.
—Debería darme un baño.
La preocupación que brillaba en los ojos de Sonder hizo que un pinchazo de culpabilidad le atravesara el corazón.
—Voy contigo. —Atta enarcó las cejas y él se rio entre dientes—. No lo decía en ese sentido. Cogeré lo que necesitemos para trabajar y hablaremos mientras te bañas. Tengo la sensación de que te vendrá bien pasar un buen rato a remojo.
Atta estuvo a punto de echarse a llorar, conmovida por lo considerado que era y lo mucho que necesitaba su compañía.
—Me parece genial.
Cuando entró en el cuarto de baño principal con una muda limpia y el ejemplar de Hacia el Bosque de las Hadas , Sonder llevaba ya un buen rato dejando correr el agua, y las burbujas amenazaban con desbordarse.
—Puede que me haya pasado un poco —dijo, encogiéndose de hombros a modo de disculpa, y señaló la bañera—. Toda tuya. Iré a por una banqueta.
El agua estaba a la temperatura perfecta y, aunque hizo que le escocieran los cortes, le alivió el dolor que le agarrotaba los músculos desde la caída.
Sonder regresó con una banqueta del tamaño justo para quedar a su altura.
Se sentó con una pierna cruzada sobre la otra y los codos apoyados sobre las rodillas y abrió el libro.
Mientras le leía los cuentos, Atta cerró los ojos, apoyó la nuca en el borde de la bañera y dejó que la voz de Sonder ahogara sus miedos, aunque mantuvo el brazo herido escondido bajo las burbujas.