Sonder
«He dado de comer a Atta», decía la de la puerta de la cocina.
«No soy tu chacha», rezaba la que descansaba sobre una pila de jerséis doblados.
«Luego compraré más leche», anunciaba la del frigorífico.
Y otras tantas por el estilo.
También había colocado un organigrama de lo más detallado sobre su escritorio, junto a una copa de whisky y un puro que Sonder no había dejado allí. Todo ello acompañado de una nota que decía: «No soy tu puto secretario».
Sonder se rio entre dientes, arrugó la nota y la tiró a la papelera.
Tenía que plantearse seriamente subirle el sueldo.
Se recostó en su silla y alzó la copa en agradecimiento a Gibbs antes de dar un trago.
El alcohol le abrasó la garganta al bajar hacia su estómago vacío, pero aquel oro líquido lo ayudaría a desterrar todo el estrés del día para poder enfrentarse a la preciosa mujer que se había enfadado con él.
Cuando cogió el puro, sin embargo, se topó con otra nota, doblada tantas veces que había quedado oculta debajo.
Desconcertado, Sonder lanzó el puro sobre una pila de informes y la desdobló.
«Atta estaba algo rara esta noche. Me preocupaba dejarla sola».
Sonder se levantó de la silla de un salto y fue corriendo hasta su habitación.
Tenía la luz apagada, pero la puerta estaba entreabierta, así que entró intentando no hacer ruido. Distinguió su silueta, profundamente dormida, gracias a la luz que se colaba desde el pasillo. No quería despertarla, pero necesitaba asegurarse de que se encontraba bien.
Sonder se arrodilló junto a la cama mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra.
Las facciones de Atta quedaban difuminadas bajo la escasa iluminación, pero aun así su rostro le hizo sonreír.
Antes de pararse a pensar en que aquello podría despertarla, se inclinó para besarle la sien y pasarle los dedos por el pelo.
Atta sonrió y suspiró aún dormida, y el frío y oscuro corazón de Sonder se derritió.
Satisfecho tras comprobar que no le había pasado nada, se puso de pie y le dio un último apretón en la mano antes de marcharse, dejándola sumida en sus sueños.
Una vez en el pasillo, Sonder notó que tenía algo en la mano y, cuando bajó la vista, descubrió que al tocarla se había manchado los dedos de tierra. Rio suavemente para sus adentros. Atta no se permitiría descansar mientras hubiera trabajo que hacer.
Un escalofrío le trepó por la espalda al pensarlo, pero dejó que el fuego de la chimenea y del whisky desterraran la sensación.