El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

E staba demasiado cabreada con Sonder como para jugar a ser su ayudante.

En realidad, debía reconocer que él no se lo había pedido; pero, si iban a intentar llevar a cabo otro exorcismo antes de que fuera demasiado tarde, no les quedaba más remedio que organizar los faxes que Vasilios había enviado y trazar un plan lo antes posible.

—No tengo tiempo para esto.

Así que llamó a Gibbs; al fin y al cabo, le encantaban las tareas organizativas. Una hora más tarde, el chico se presentó en la Mansión Murdoch con comida rápida y mala cara.

—Sabes que no soy tu ayudante, ¿verdad? Y el de Murdoch, técnicamente, tampoco. Tengo al puto Lynch respirándome en la nuca y te recuerdo que es para él para quien trabajo en realidad.

Atta le quitó la bolsa de comida de las manos y sacó una patata frita.

—Pero has venido igual, ¿no?

—Qué poca vergüenza tienes —dijo él, aunque entró en la casa igualmente y cerró de un portazo. Después de dejar la comida en uno de los estantes de la biblioteca que Atta había vaciado unos días antes, Gibbs estudió las pilas de documentos—. Come algo y date una ducha. Yo me encargo de esto.

—Que Dios te lo pague, Bernard Fitzgibbon.

—Ya, ya. Ahueca el ala, que apestas.

—¡No es verdad!

—Sí que lo es. Hueles a muerto y a puro. El olor característico de Murdoch —refunfuñó el chico, metiéndose una patata en la boca y revolviendo entre los faxes.

Atta no pudo evitar sonreír, aunque siguiera molesta con Sonder. Cogió la comida que Gibbs le había traído y se marchó para dejarlo trabajar.

—¿Cómo narices esperan que respondamos a estas peticiones si no dejan un número de contacto? —lo oyó gritar antes de alejarse de la habitación.

Pero ahora aquello era su problema. Atta decidió irse a comer al invernadero, movida ante todo por la curiosidad.

Habían consumido ingentes cantidades de alcohol, té y café cerca de aquellos organismos vegetales, pero nunca comida.

Suponía que no obtendría reacción alguna, pero ¿qué clase de científica sería si no lo comprobaba?

Atta fue depositando pedacitos de comida aquí y allá, anotando su posición exacta entre bocado y bocado, pero acabó obligándose a sentarse para dejar a un lado el trabajo y terminar de comer.

Sin embargo, su cerebro no le dio tregua.

Atta se quedó mirando el espino mientras masticaba, pensando en el hecho de que todavía pudiera atisbar el corazón de Olivia Murdoch entre las ramas, intacto, cuando hacía ya tanto tiempo que había sucumbido a la vegetación feérica. No le cuadraba. No tenía sentido.

Una vez que hubo saciado su apetito, Atta dejó a un lado la comida que le había sobrado y se abrió camino entre las enormes enredaderas y flores que ocultaban el espino (y los cuerpos).

Entre lo mucho que había oscurecido fuera y la densidad de la espesura, que le impedía ver con claridad, Atta se sentía como si estuviera bajo las ramas de un sauce llorón al anochecer.

Por suerte, en aquel caso, no necesitaba emplear la vista para satisfacer su curiosidad.

Atta respiró hondo y apartó la planta que trepaba por las costillas de Olivia Murdoch para poner la mano sobre su esternón cubierto de musgo.

El dolor que se adueñó de ella en aquel momento fue tal que la dejó sin aliento e hizo que le flaquearan las piernas.

Y, de pronto, Atta ya no se encontraba allí. Había abandonado su cuerpo. Estaba encerrada en su mente. Aunque fue solo por un segundo, porque inmediatamente después se vio catapultada a otro lugar.

Un bosque encantado se extendía ante ella, repleto de árboles con hojas de color esmeralda y flores exuberantes que brillaban gracias al rocío y a la luz de la luna.

El musgo que pisaba parecía tan suave como el plumón, digno de suscitarle la misma euforia que cuando sentía la hierba primaveral entre los dedos de los pies, pero Atta no lo notaba. Y no estaba sola.

Una mujer con la melena suelta, ataviada con un camisón blanco, caminaba entre los árboles, acariciando los troncos retorcidos con la punta de los dedos.

Iba descalza, y una brisa que Atta no sentía le revolvía el camisón.

Era joven, quizá unos años menor que ella, pero no podía afirmarlo con seguridad, pues solo alcanzaba a apreciar las suaves curvas de su cuerpo y su perfil, nada más.

Una ramita se rompió bajo sus pies. La mujer se volvió en su dirección, y su asombro se transformó en miedo cuando sus enormes ojos de color avellana se posaron en Atta.

Eran los ojos de Sonder. Los ojos de Olivia Murdoch.

Atta se quedó petrificada en el sitio, o, al menos, eso le pareció, porque los árboles dejaron de moverse a su alrededor.

Olivia miró de nuevo hacia delante y se adentró en la niebla.

Atta retomó la marcha y la siguió hasta un tronco hueco; entonces, Olivia metió una mano dentro y sacó el libro más hermoso que Atta había visto nunca.

Su cubierta era de un intenso verde oliva, y tenía las letras doradas.

Olivia se volvió una vez más y dejó volar la mirada entre Atta y el libro antes de hablar con voz cantarina:

—Bienvenida al Bosque de las Hadas.

Atta regresó al invernadero con un jadeo tan intenso que por poco le provocó una arcada, y retiró la mano helada del esternón de Olivia.

No, no había sido ella quien había interrumpido el contacto. Había notado como si algo se la hubiera apartado de un empujón.

Con los nervios a flor de piel y temblando de pies a cabeza, salió del invernadero y regresó al interior de la casa.

—Por fin has vuelto. —Se topó con Gibbs en el pasillo, de camino a su habitación—.

Tengo que hacer unas cuantas llamadas más, pero casi todos los pacientes con los que he hablado se encuentran en los primeros estadios, así que hay tiempo de escalonarlos.

—Bajó la vista al calendario y Atta agradeció que desviara la mirada—.

La primera cita la he agendado para mañana a las diez; es un huésped en estadio iii .

Luego veréis a un segundo paciente en estadio ii, a las tres de la tarde.

—Bien, vale, perfecto. —Atta pasó a su lado tambaleándose un poco.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, creo que voy a seguir tu consejo: me daré una ducha y me iré a dormir.

Gibbs consultó la hora en su reloj.

—Será mejor que haga unas últimas llamadas y me marche.

—Hasta mañana, Gibbs.

La joven se duchó, se puso un camisón y se metió en la cama sin ser muy consciente de sus movimientos.

Se quedó dormida tan pronto como su cabeza entró en contacto con la almohada.

Cuando su mente se sumergió en el brumoso mundo de los sueños, Atta se encontró a sí misma abriéndose paso por la neblina, siguiendo una voz que la llamaba.

Pronto se descubrió en un bosque distinto a cualquier otro que hubiera visto antes.

La hierba bajo sus pies descalzos era abundante, mucho más de lo que habría esperado.

Los árboles se mecían con la suave brisa y unas hermosas flores salpicaban el terreno, las ramas y los arbustos.

Sin embargo, a veces, cuando parpadeaba, el bosque desaparecía y daba paso a una maraña de zarzas y plantas marchitas.

De espinos retorcidos y dientes afilados.

Y aunque Atta oía el constante batir de unas alas, las criaturas se movían tan rápido que le resultaba imposible verlas.

En la lejanía, una mujer cantaba:

Tic, tac, prende ya

el reloj y la vela avanzan al compás

hasta que todos han enfermado.

Mientras la cera cae por el cirio dorado,

las hadas con zarzas irrumpen sin más.

Atta siguió la voz, dejándose llevar por la luz de la luna que se colaba entre las copas de los árboles y un enjambre de llamas que se agitaban entre las ramas.

Las llamas de los difuntos.

«Fuegos fatuos».

La voz se apagó con la última palabra y se perdió entre la niebla.

Atta acababa de llegar a un claro salpicado de musgo y setas; allí, sobre una roca, descansaba un encantador juego de té.

Sin pensárselo dos veces, Atta se acercó y tocó una taza con los dedos para comprobar si estaba caliente, aunque le habría bastado con fijarse en las volutas de vapor que se perdían en el fresco aire de la noche.

—¿Hola? —llamó en voz alta, aunque no obtuvo más que un coro de risitas y siseos por respuesta.

Dio una vuelta completa por el lugar admirando el bosque, disfrutando de la sensación del musgo bajo los pies y del camisón bailando a su alrededor.

Fue entonces cuando reparó en el viejo espino de tronco retorcido.

Era el mismo que se veía desde el mirador de la cocina de la Mansión Murdoch.

El mismo que ahora le hablaba en susurros, invitándola a acercarse.

Y ahí estaba ella. Así que acudió a su llamada. Caminó hasta él y apoyó una mano sobre la rugosa corteza.

Había un agujero en el tronco, un hueco donde, en algún momento, alguna criatura habría escondido a sus crías para protegerlas de los depredadores.

Atta notó que una vibración brotaba de ese agujero y le llegaba hasta los huesos.

Al meter la mano dentro, el bosque se desdibujó y se convirtió en una tierra baldía, oscura y gélida.

Atta dio un respingo, pero cuando parpadeó, la mística arboleda reapareció ante sus ojos de nuevo. Lo único que notaba en el agujero del tronco era una mezcla de tierra, zarzas y huesos de animalillos.

Retoño del bosque, es momento de buscar.

Busca y entréganos lo que ella esperaba encontrar.

Y Atta obedeció. Hurgó en el agujero hasta que se partió una uña, hasta que sus dedos encontraron un objeto de cuero viejo y agrietado.

Se puso de puntillas, metió la mano tan dentro como pudo y sacó un libro.

Era verde como los árboles durante la noche y tenía los cantos dorados y el lomo resquebrajado por el uso.

Pasó los dedos sucios por encima del título: Hacia el Bosque de las Hadas.

Levantó la tapa, arrancándole una protesta al cuero encuadernado, y el bosque volvió a desdibujarse.

Atta parpadeó, pero, esta vez, el paisaje no se corrigió.

Unas nubes oscuras ocultaron la luna, y los fuegos fatuos titilaron y se apagaron.

La joven se apartó del espino para regresar a casa.

Pero ¿dónde estaba su casa? El miedo le trepó por la columna cuando algo le pasó volando por delante de la cara, rechinando los dientes.

Las ramas del árbol se curvaron hacia ella y se le enredaron en el camisón y en el pelo.

Atta echó a correr entre jadeos, apretando el libro contra su pecho. Entonces se tropezó y cayó con un golpe sordo sobre la tierra, golpeándose la rodilla con una piedra.

Algo la agarró del brazo, la arañó con sus garras y le clavó los colmillos.

Un millar de alas la rodearon hasta que tuvo la sensación de haber quedado atrapada en un vendaval.

Las criaturas estuvieron a punto de arrancarle el libro de las manos, pero ella consiguió zafarse de un tirón y volvió a caer al suelo salpicado de zarzas.

El colgante que le pendía del cuello, el frasquito de lágrimas de los difuntos, chocó con sus dientes y el dolor del impacto le reverberó por todo el cráneo.

«Las lágrimas».

Atta se arrancó el collar de un tirón y lo rompió contra una piedra.

Hubo un siseo, una nube de vapor y, después, silencio.

Atta echó a correr.

Como alma que lleva el diablo.