El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

—¿Quién está sufriendo más las consecuencias de todo esto, Lynch? ¿El consejo de la Agamenón o tu orgullo?

—Debería echar el cierre de este sitio ya mismo —amenazó Lynch.

A Lynch le rechinaron los dientes.

—Tú limítate a cumplir con el cometido para el que se financia esta Casa.

Sonder se metió las manos en los bolsillos y torció la boca.

—Pues mira, es que yo pensaba que el objetivo de la Aquiles era curar la peste; pero ahora empiezo a sospechar que solo querías que recabara información para tu propio beneficio. —Chasqueó la lengua—. Qué vergüenza, Finneas.

Al decano le estaban saliendo motitas rojas en la cara.

—En cuanto encuentre pruebas de que eres tú quien se esconde detrás de esa máscara, voy a acabar contigo.

Sonder cubrió la distancia que los separaba y se agachó para quedar a su altura.

—Mira cómo tiemblo.

Lynch se alejó por el pasillo hecho una furia, y Sonder exhaló profundamente antes de dejarse caer sobre la silla de su escritorio. Se pasó una mano por el pelo y, cuando el teléfono del laboratorio comenzó a sonar, respondió al primer tono. Odiaba el ruido de los teléfonos.

—Al habla Murdoch.

—Alguien ha venido a verlo, profesor —anunció Walsh con su voz nasal al otro lado de la línea.

—Que suba.

Un instante después, Marguerite entró apresuradamente en el laboratorio y cerró la puerta a su espalda. Sonder, por su parte, se levantó de la silla y se quedó de pie junto a la pared donde guardaba sus compuestos químicos y materiales.

—¿Qué pasa?

—He reconducido la situación como he podido. —Parecía agotada—. La mujer, la señora Byrne, estaba tan afectada por la muerte de su marido que no había forma de consolarla, y nadie entendía una sola palabra de lo que decía. Me ha tocado hacer de psicóloga y ahuyentar a todos los periodistas.

—¿Sabes si alguien ha llamado a la Garda?

Marguerite negó con la cabeza.

—Por suerte, no. Solo han llamado al forense de la Sociedad.

Lo único que la viuda ha dicho sobre vosotros es que habéis hecho todo cuanto estaba en vuestra mano, y yo me he asegurado de dejar claro que la enfermedad ya lo había consumido casi por completo.

Esa ha sido la declaración oficial que se le ha mandado a la prensa.

Seguían acampados delante de su casa cuando me he marchado.

Sonder se quitó las gafas y se masajeó el puente de la nariz.

—¿Y el cuerpo? ¿A dónde se lo ha llevado el forense?

—A San Patricio. Algunos de los peces gordos quieren echarle un vistazo, pero, según me han dicho, luego te lo traerán a la Aquiles.

Sonder se frotó la mandíbula; era un alivio que Atta y él hubieran tenido la oportunidad de examinarlo bien antes de que regresara a sus manos ya manipulado por otros.

—Gracias, Marguerite.

—No hay de qué. —Se colocó bien la correa del bolso—. Será mejor que regrese a mi despacho. Se supone que Emmy me va a echar una mano esta noche, y el teléfono no ha parado de sonar ni por un momento. Como responda a alguna llamada relacionada con este asunto, no sé qué excusa voy a ponerle.

—¿Quiénes son los que no paran de llamarte? ¿Los medios de comunicación o las personas que buscan ayuda para sus seres queridos?

—Ambos. —A juzgar por la cadencia de su voz, decir que estaba agotada era quedarse corto. No debería haber metido a nadie más en aquel puto lío.

—Envíame todo lo que tengas por fax a mi casa.

—Sonder. —Marguerite utilizó un tono de advertencia lo bastante marcado como para que él supiera lo que iba a decir a continuación—.

Estás jugando a un juego muy peligroso. —Apretó la boca en una fina línea, y su pintalabios rojo la transformó en una herida abierta que contrastaba con su perfecta piel morena—. Y en más de un sentido.

Ah, se refería a Atta.

—Te preocupas demasiado. —No pensaba darle alas confirmando sus sospechas—. Buenas tardes, Marguerite.

La mujer puso mala cara ante la forma en que la había despachado, pero se marchó sin decir nada más.

Sonder esperó cinco minutos largos antes de pedirle a una de las anatomistas que retirara el cadáver que tenía en el laboratorio y preparara la sala para la llegada de otro.

La joven (Lucy, si no recordaba mal) apenas se había puesto los guantes cuando Sonder se marchó apresuradamente, con la idea de acercarse a la mansión antes de volver para la entrega.

Cuando llegó, encontró a Atta sentada en un banco del invernadero de espinos, con tres tazas vacías de café a su alrededor.

Abrirse camino entre las notas y los libros abiertos que había dejado por el suelo le resultó tan delirante como encantador.

De los dos, Atta era la verdadera científica loca, y Sonder la adoraba por ello.

Por muy experimentado, maduro y mayor que se sintiera, jamás había entendido lo que era el deseo hasta que Atta había entrado en su vida. Se agachó para besarla con ternura. Ella se lamió los labios y se los mordió fugazmente cuando él se apartó, sonrojada bajo sus pecas.

—El fax ha vomitado un montón de papeles por el suelo de tu estudio —lo informó.

—Sí, son de Vasilios —respondió él, distraído no solo por sus labios, sino también por una de las listas que Atta había redactado.

A juzgar por las múltiples pelotas de papel llenas de tachones que había a su alrededor, aquel no era su primer borrador—.

«Protocolo por estadios» —leyó en voz alta.

Atta se colocó un bolígrafo detrás de la oreja y Sonder volvió a grabarse su imagen en la memoria.

—No es definitivo. Todavía estoy trabajando en ello. —Desvió la mirada—. Y eso si encontramos la oportunidad de ponerlo a prueba, claro.

—También tenemos que hacer una lista con todos los síntomas —añadió él—. Y pasar más tiempo con la contraparte del huésped. De esa forma, podremos identificar antes la posesión, y tal vez llegar a descubrir cómo escogen las hadas a sus víctimas.

Atta se puso de pie y caminó entre el desorden de notas, libros y sustrato hasta detenerse ante un volumen desgastado. Sonder lo reconoció: había pertenecido a su madre; lo guardaba en uno de los estantes más altos de la biblioteca.

—He estado pensando en esto —dijo Atta, señalando un pasaje—. Se supone que las hadas detestan la arrogancia desmesurada. Lisle nos contó que su madre es una mujer egoísta, y mi visión me lo demostró de una forma bastante erótica.

Sonder enarcó una ceja ante ese detalle, pero prefirió no hacer ningún comentario.

—También he leído en los papeles que Marguerite te ha mandado que el señor Byrne era empresario.

Investigando un poco sobre él, me he topado con que han entrevistado a algunos de sus empleados tras su muerte.

Resulta que no le tenían mucho aprecio. —Atta se puso a caminar de un lado a otro delante de una planta que parecía sacada del fondo del mar—.

Lauren, en cambio, era un poco presumida, pero muy querida entre sus compañeros.

Así que creo que las hadas buscan algo más.

Otro factor decisivo. No escogen a sus víctimas únicamente por su vanidad desmedida, aunque parece que es algo que sí tienen en cuenta.

Sonder la contempló fascinado mientras ella cogía un mortero y se agachaba a su lado. Atta metió los dedos en la aromática mezcla de flores secas que había machacado, levantó un puñado y lo soltó, dejando que los pétalos de distintos tonos de amarillo y rosa cayeran como confeti.

—Mira esto —susurró tras posar sus ojos en los de él con un brillo travieso.

Se levantó de un salto y Sonder la imitó, aunque con más calma.

Como una doncella que se deleitaba invocando al pueblo de las hadas con su botín primaveral, Atta espolvoreó la mezcla de flores secas sobre una planta bulbosa; el ojo inexperto de Sonder la clasificó como alguna especie tropical.

Tan pronto como el confeti floral entró en contacto con sus llamativos pétalos, la planta se marchitó.

Con otro puñadito, se quedó seca, como si el sol del verano la hubiera achicharrado.

Atta sonrió y alzó el mortero.

—Hipérico, milenrama y ruda.

La mirada de Sonder voló entre su amplia sonrisa y la planta marchita.

—¿Te he dicho alguna vez que eres un genio?

Al verla sacar pecho, se dio cuenta de que haría lo que fuera por aquella sonrisa.

—No, pero has estado a puntito de hacerlo unas cuantas veces —bromeó ella con falsa modestia—. Me alegro de que por fin lo hayas admitido. Ese es el primer paso hacia la recuperación.

Sonder cubrió la distancia que los separaba, despacio, y le rodeó la cintura con ambos brazos.

—¿Y de qué me tengo que recuperar?

Atta levantó la cabeza para mirarlo y Sonder se fijó en el borrón de grafito que le manchaba la punta de la nariz y en la tinta que le salpicaba la mejilla.

—Del batacazo que se habrá llevado tu ego al descubrir que soy más lista que tú.

Sonder sabía que estaba bromeando, pero ya había empezado a preguntarse si no tendría razón. Aunque no le importaba lo más mínimo. Le besó la mancha de la nariz con suavidad.

—Hum, pues he ahí otra razón para lograr que te readmitan en el Trinity.

A Atta se le borró la sonrisa, y dio un paso atrás para liberarse de su abrazo.

—Eso no tiene gracia.

—No era ninguna broma, Atta. Hablo en serio.

—Hace unas horas has dicho que todo apunta a que la Sociedad va a ir a por mí.

—Puede que solo sea cosa de Lynch.

—Pero él es el decano —replicó ella frunciendo el ceño—. Y eso es aún peor para mí.

—Si conseguimos erradicar la peste, tendrán que comerse sus propias palabras. No les quedará otra que gritar tu nombre a los cuatro vientos y bañarte en elogios.

—A mí eso me da igual —respondió ella cruzándose de brazos, molesta.

Parecía agotada. Sonder debería decirle que se fuera a dormir, que comiera algo, pero, en vez de eso, abrió su estúpida bocaza para comenzar una discusión:

—Lo de los elogios es lo de menos, Atta. Hablo de tu futuro. De tu vida. Tienes que agarrar a esos cabrones por los huevos para que te respeten y te devuelvan tu derecho a seguir con tus estudios.

—Nada de eso importará si Dublín se convierte en el patio de recreo de las hadas, Sonder.

Atta cogió su abrigo de la mesa y salió hecha una furia del invernadero.