Atta
—Dime algo, a stór.
—Ojalá hubiéramos llegado antes.
—Pero si hubiéramos salido antes de casa…
Hemos… —Se interrumpió abruptamente, aunque no sabía si era porque le daba vergüenza, porque sentía remordimientos o porque no quería decir nada que llevara a Sonder a pensar que se arrepentía de lo que habían estado haciendo aquella mañana—. Nos dejamos llevar por la frivolidad.
Sonder la rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí hasta que sus muslos se apretaron contra los suyos.
—Eso no es verdad. Acababan de informarnos sobre el caso del señor Byrne, y hemos acudido cuando nos lo han pedido.
De hecho, hemos llegado doce minutos antes de tiempo a la cita.
—Atta apoyó la cabeza en su hombro y clavó la vista en la coronilla de Gibbs—.
Los demás no tenemos que poner en pausa nuestra vida solo porque alguien se esté muriendo.
Es más, hacerlo sería un insulto a los días que nos quedan en este mundo.
No te dejes llevar por lo que podría haber pasado.
Mira la parte positiva. Has atrapado a un hada, y esta vez de manera definitiva. Ahora podremos estudiarla.
—Cazan de dos en dos.
Sonder se puso rígido, y Gibbs buscó su mirada a través del retrovisor.
—¿Cómo dices?
—Las hadas —explicó Atta, hurgándose las uñas—.
Para que la posesión tenga éxito, no solo necesitan un huésped, sino también una persona de la que alimentarse.
Primero plantan su semilla en la tierra, el sacrificio, y luego se nutren de un segundo huésped vivo para florecer.
La señora McDonough tenía a su hijo; Lauren, a su compañera de residencia, y el señor Byrne, a su mujer.
Como Gibbs estaba delante, Atta no mencionó a los padres de Sonder, pero le bastó con echarle un vistazo a su expresión para saber que él ya los había añadido a la lista.
—Entonces has salvado a la mujer del señor Byrne, Atta. Esa hada ha estado a punto de salirse con la suya. Ya has visto lo poco que le ha faltado. Y ahora nos encontramos un paso más cerca de averiguar por qué está ocurriendo todo esto y cómo detenerlo.
—Atta tiene una teoría —apuntó Gibbs desde el asiento del conductor.
—Ah, ¿sí? —Sonder la miró enarcando una ceja.
—¿No se la has contado?
Atta lo fulminó con la mirada a través del retrovisor.
—Empiezo a sospechar que no solo buscan poseer a la gente.
No es que quieran utilizarnos como marionetas de carne y hueso, sino que pretenden adueñarse de nuestro mundo.
—Atta dejó que sus palabras calaran y Sonder, aunque frunció el ceño, permaneció en silencio—. Creo que el suyo se está muriendo.
No necesitaba explicar por qué pensaba aquello. Bastante los tachaba ya Gibbs de locos como para encima contarle lo de sus visiones.
—La razón por la que están haciendo crecer toda esa vegetación es que necesitan crear un ambiente adecuado para su especie.
—«Seres humanos en un crisol» —citó Sonder.
Atta asintió.
—Los seres humanos somos el suelo fértil.
Continuaron el trayecto en silencio hasta que Gibbs aparcó ante los árboles que rodeaban la Casa Aquiles.
—Tengo que coger unas cosas para Lynch. —Le lanzó las llaves a Sonder—. Volved en un par de horas y os acercaré a casa.
Cuando se trasladaron a los asientos delanteros, Atta pensó en las noches que habían pasado en su coche o en el Capri de Sonder. Él le estrechó la mano mientras conducía, un gesto reconfortante y tranquilizador que consiguió mantener su nerviosismo a raya hasta que entraron en el campus.
—Yo no debería estar aquí.
Sonder sacó la llave del contacto.
—¿Habrías llegado tan lejos de no haber roto algunas reglas?
—Como Lynch se entere, podrían detenerme.
—No va a llamar a la Garda. Te recuerdo que la Agamenón depende de las decisiones de un consejo.
Sonder le dio un apretón en el muslo, justo por encima de la rodilla, y Atta se distrajo, aunque solo por un momento.
—Pero esto es cosa del Trinity, no de la Agamenón.
—No hay diferencia entre uno y otro, tesoro —le dijo Sonder con una sonrisa triste—.
No te expulsaron por colarte en el cementerio, sino porque tus ideas asustan a la Sociedad.
Igual que las mías. Si erradicáramos la peste sin la participación de la Agamenón, estaríamos tirando por tierra todo su trabajo de estos años.
—Puede que la gente no reconozca el nombre de Agamenón, pero todo el mundo ha oído hablar de la sociedad secreta que asegura haber hecho grandes avances por Irlanda —insistió ella.
—Pero nunca se habían comprometido a combatir algo tan gordo como la peste. Si no son los primeros en encontrar la cura, la población perderá la fe en ellos. El HPSC se llevará un buen varapalo. Y los políticos también.
—Bien —concluyó Atta con tono incisivo.
Sonder le acarició la mejilla con un nudillo.
—Ellos no dirán lo mismo. Somos una amenaza para los cimientos de la Sociedad.
—Acabarán descubriendo nuestra implicación en esto. La mía como mínimo.
—Seguramente.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Ya encontraremos una solución.
—¿Cómo?
—No te puedo dar una respuesta… todavía.
Pero te prometo que lo haré. —Una sonrisilla astuta se adueñó de su rostro y, aunque Atta sabía que intentaba hacerla reír, por desgracia no funcionó—.
Acabamos de empezar a poner en práctica nuestra investigación y todavía estamos tratando de averiguar qué es lo que queremos comprobar.
Cuando lo averigüemos, empezaremos a cometer errores.
Las hadas no dejarán de poseer a la población y la Sociedad continuará siguiéndonos la pista.
Tenemos que continuar. No podemos rendirnos.
Tras un largo silencio, Atta por fin hizo acopio de valor.
—Está bien.
—Esa es mi chica. —Sonder sonrió y se inclinó para darle un beso en la mejilla—. Quiero enseñarte algo.
El campus estaba muy tranquilo, incluso para ser domingo. Apenas se cruzaron con un par de alumnos y no vieron a ningún miembro de la administración o del claustro mientras se dirigían a la biblioteca Freeman.
Una vez allí, en cambio, se encontraron con varios estudiantes encorvados sobre las mesas, tratando de dar un último empujón a los trabajos que les quedaban por entregar.
Atta sintió una punzada en el pecho al pasar por su lado.
Había estado tan enfrascada investigando el tema de las hadas y los exorcismos que ni siquiera había caído en la cuenta de que ella debería haber estado en la misma situación que aquellos alumnos.
Joder, ¿de verdad había pasado solo una semana desde que la habían expulsado? Le parecía que aquello había sucedido ayer y que, a la vez, había pasado una eternidad.
Sonder se dirigió a un rincón del fondo, a una puerta en la que la joven nunca se había fijado antes; sacó su llavero para abrirla y dejó pasar a Atta.
La diminuta sala estaba patas arriba, llena de libros sin encuadernar. En el centro había una mesa de trabajo sobre la que descansaba un aparato compuesto de tablones y tornillos, rodeado de madejas de hilo y otros materiales. Atrapadas entre dos tablas sobresalían las hojas desnudas de un libro.
—¿Es un taller de encuadernación?
Sonder cerró la puerta y rodeó la mesa de trabajo.
—Aquí es donde vengo cuando me quedo atrapado en el campus y necesito escapar.
—¿Así es como lidias con los días malos? ¿Encuadernando libros? —le preguntó Atta en tono burlón. En realidad, se alegraba de que Sonder hubiera conseguido levantarle el ánimo.
—Pues sí. Se trata de un trabajo lo bastante laborioso como para impedirme pensar en nada más. —Se metió las manos en los bolsillos—. También me gusta tocar el banjo. —Sonrió y sus mejillas adquirieron un tono rosado justo por encima de la barba.
—¿Qué? —balbució Atta.
—Cuando estoy triste, toco el banjo.
—Dios, eso sí que tengo que verlo. —La joven notó que una amplia sonrisa se le extendía por el rostro.
—Ven. Primero te enseñaré a encuadernar un libro.
Como bien había dicho, el proceso requería tanta concentración que la obligó a dejar la mente en blanco, salvo en los momentos en que Sonder le tomó las manos con las suyas para guiarla en ciertos pasos.
—¿Crees que Gibbs habrá acabado ya? —Habían terminado de reencuadernar un ejemplar muy maltratado de Jane Eyre, y Atta se sentía mucho mejor—. Tenemos que llevar el hada a casa para empezar a estudiarla.
Al fin y al cabo, el suelo del coche no era precisamente el mejor sitio donde dejar a una criatura mitológica.
Solo llevaban un par de minutos delante de la Casa Aquiles cuando Gibbs salió a toda prisa, mirando con nerviosismo por encima del hombro, como si algo lo estuviera persiguiendo.
—Tenemos que irnos —susurró atropelladamente mientras cerraba la puerta del coche con torpeza—. Atta, agáchate.
Sin perder un solo segundo, la joven se escondió entre los asientos y Sonder pisó el acelerador, derrapando por el camino de grava.
—¿Qué ha pasado? —preguntó cuando alcanzaron la carretera principal y Atta se hubo vuelto a sentar recta.
Gibbs se quitó las gafas y se las limpió en la camisa.
—Tienes que regresar a la Aquiles lo antes posible.
Tu ausencia no ha pasado desapercibida, y Lynch está buscando guerra.
Por si fuera poco, ya se ha corrido la voz sobre la muerte de esta tarde.
Han enviado a Vasilios a hablar con la viuda y a atender a los reporteros que acudan a cubrir la noticia, pero ya andan tras la pista de los cabrones que están poniendo en peligro la preciada reputación de la Agamenón.
—Os dejaré a los dos en casa e iré directo allí —concluyó Sonder con diplomacia.
Atta se mordió el labio mientras pensaba en todo lo que Gibbs acababa de decir. Parecía que los riesgos de su investigación empezaban a pesar más que los beneficios, aunque en el fondo sabía que no era así.
«El premio, el premio —canturreó la vocecilla de su cabeza que parecía sacada de un cuento de hadas— requiere siempre pagar un precio».