El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

G ibbs se la quedó mirando mientras ella apuntaba a un helecho con un pulverizador.

—Lo que buscamos es que el tratamiento sea efectivo, no refinado —escupió ella, señalando la planta, que había pasado de estar mustia a echar humo, y de ahí a quedarse completamente seca.

—Efectivo parece, eso no te lo voy a negar. —El chaval se puso de pie y se metió las manos en el bolsillo central de su sudadera del Trinity—. Supongo que ya solo falta llevaros hasta el paciente.

Los tres debían de parecer unos auténticos lunáticos cuando aparcaron el Volvo ante aquella casa tan lujosa con sus máscaras picudas. Sin embargo, su aspecto no desalentó a la mujer, que salió corriendo a recibirlos tan pronto como las ruedas del coche de Gibbs pisaron el camino de entrada.

Iba vestida con el atuendo típico de una mujer de clase media, con sus pantalones chinos y su blusa de punto, pero estaba claramente fuera de sí. La señora Byrne se acercó a Atta en cuanto salió del coche, con los labios temblorosos y los ojos empañados de lágrimas.

—Ay, gracias al cielo que han llegado. Vengan, rápido.

Tiró de Atta con tanta vehemencia que la joven estuvo a punto de tropezarse. Sonder las siguió pisándoles los talones.

Antes incluso de cruzar el suntuoso vestíbulo de suelos encerados, comprendieron por qué la mujer tenía tanta prisa. El huésped, el señor Byrne, gritaba a pleno pulmón desde dondequiera que lo hubieran dejado a la espera de su último aliento.

Atta intercambió una mirada con Sonder, lamentando no poder verle la cara. Ambos aceleraron el paso y subieron los escalones de dos en dos.

—Ay, cielos. Ay, Dios mío —lloraba la señora Byrne—. ¿Qué habrá pasado? Llevaba días sin hacer el menor ruido. No…

Ya ante la puerta de la habitación donde se encontraba el enfermo, Sonder sujetó a la mujer con firmeza por los hombros.

—Ha llegado el momento de que confíe en nosotros y nos deje hacer lo que hemos venido a hacer. Salga a tomar un poco el aire y, oiga lo que oiga, no entre. —Las lágrimas corrían por el rostro de la mujer—. ¿Me ha entendido?

La pobre temblaba de pies a cabeza; su mirada se paseó entre Sonder y la puerta cerrada, pero asintió.

—Muy bien. —Sonder le apretó los hombros con delicadeza y la ayudó a dar media vuelta para que se marchara al piso de abajo.

Ya fuera movido por los gritos o por la curiosidad, Gibbs se había aventurado a entrar en la casa y esperaba al pie de la escalera.

—Vaya con nuestro amigo. Él cuidará de usted, ¿de acuerdo?

—Vale. —La mujer habló en apenas un susurro, pero hizo lo que Sonder le pedía y solo miró atrás en dos ocasiones.

Gibbs, tan amable como siempre, le rodeó los hombros con uno de sus delgados brazos y salió con ella a esperar bajo el cielo gris de la tarde.

Sonder se quitó la máscara, y Atta lo imitó. En sus ojos había algo que rozaba el temor, aunque a la joven no le cabía duda de que los suyos reflejaban la misma emoción.

—Está gritando —dijo, a pesar de que era una obviedad; pero aquello hizo que la expresión de Sonder cambiara.

Fue el profesor Murdoch quien le devolvió la mirada.

—El plan no ha cambiado. Estás preparada para esto. Confía en tu instinto.

Su instinto había sucumbido al miedo. Estaba patas arriba.

—Lo primero es lo primero —dijo Atta entonces, obligándose a mantenerse tiesa como un palo—. Tengo que comprobar qué puedo percibir.

—A tus órdenes, tesoro.

Atta asintió una vez, agarró el picaporte y respiró hondo antes de girarlo y abrir la puerta.

Nada en el mundo podría haberla preparado para lo que vio entonces.

Aquel hombre no tenía salvación. No cuando la vegetación que crecía desatada en sus pulmones y su corazón ya le había perforado el pecho.

Atta avanzó rápidamente para no permitirse pensar ni sentir. Sonder se apresuró a colocarse al otro lado del hombre, con un bisturí en una mano y un puñado de sal negra en la otra.

Al huésped no le quedaba mucho tiempo. Sus pulmones ya se habían convertido en una masa sanguinolenta de carne y hiedra que trepaba por la pared.

—Si ves alguna nube de vapor —le dijo Sonder—, ponte la máscara o sal de aquí cagando leches.

Atta trató de ignorar los gritos y se negó a prestarle atención a la forma el que el huésped se retorcía.

Cuando todo acabara, se permitiría sentir, lamentarse, vomitar, incluso consolar a la viuda que esperaba fuera, rezando por que salvaran a un hombre que ya estaba sentenciado a muerte. Pero ahora necesitaba concentrarse.

Cerró los ojos para tranquilizarse, extendió la mano y tocó la cara interna del brazo del huésped con la yema de los dedos.

El dolor estalló tras sus párpados con un zumbido, y ambos se extendieron por su cabeza hasta alcanzar la parte trasera de su cráneo. No veía nada, pero oía una voz, inocente y pura como la de una niña. Aunque había algo raro en ella. Algo que no encajaba.

«Arráncate los ojos, uno y dos, sácalos de sus cuencas y entrégamelos» .

Atta jadeó.

—¡Cierra los ojos! —le gritó a Sonder por encima de los alaridos del paciente.

—¿Y qué pasa con el vapor?

—¡Tú hazme caso! —le ordenó.

—Atta, ¿qué está pasando? —exclamó él.

—No la veo, pero puedo sentirla… e incluso olerla.

—¿Cómo? ¿Puedes seguir su rastro?

—¡No soy un puto sabueso!

—¡Pero hay que hacer algo!

Sonder tenía razón. Había que actuar. Si el huésped moría, el hada se les iba a escapar. Según las conclusiones que habían sacado de los padres de Sonder, el hada necesitaba tanto un huésped que le sirviera de sustrato como una persona viva que le sirviera de alimento.

«Madre mía. Cazan de dos en dos». La señora McDonough y su hijo. Lauren Kennedy y su compañera de residencia. Los padres de Sonder.

Con los ojos todavía bien cerrados, Atta aguzó el oído y siguió la voz de la niña, el aroma a tierra y a lluvia. Ahí estaba. Bajo los gritos del hombre despedazado por las plantas, había un hada diminuta, escondida detrás del corazón. Y ya había empezado a transformarse en vapor.

—¡La turmalina! —exclamó Atta—. ¡Colócala detrás del corazón! ¡Corre!

Notó que Sonder se movía a su lado y metía las manos en el desgarrón de la caja torácica con destreza. La vocecilla aniñada se puso a chillar y sus gritos se unieron a los del señor Byrne.

¿Cómo iban a atraparla con los ojos cerrados? Atta dio con la solución tras un instante de pánico. Tenían que inmovilizarla.

—Llena una jeringuilla con tu fluido embalsamador. ¡Y no dejes de darle la espalda!

Poco después, tan pronto como notó que Sonder le ponía una jeringuilla en la mano izquierda, Atta la clavó en el punto exacto donde se escondía el hada.

Al principio pensó que no había acertado, pero entonces el olor se volvió frío. No desapareció ni se diluyó, sino que se transformó en el aroma de la primera helada del año: escarcha sobre hojas muertas.

Los gritos del señor Byrne se atenuaron hasta convertirse en quejidos.

Y los del hada, en sollozos.

De esos que sirven de cebo para atraer a una persona de buen corazón solo para arrancárselo del pecho y después devorarlo.

—Está inmovilizada —anunció Atta—. Ya podemos abrir los ojos, pero no la mires a la cara.

Abrió los ojos despacio, luchando contra la parte aterrorizada de su ser que temía haberse equivocado. Sonder, que parecía confiar en ella más que la propia Atta, ya tenía los suyos bien abiertos, e intentaba desesperadamente detener la hemorragia negra que manaba del cuerpo del señor Byrne.

—Ponle fin a esto —le pidió Atta—. No podemos hacer nada por él.

Sonder asintió brevemente y, con expresión compungida, tomó su bisturí y practicó un corte irreparable en el corazón del huésped. El señor Byrne dejó escapar su último aliento, el primero que había tomado al salir del vientre de su madre.

Ya no necesitaban darse prisa. Esta realidad abrió una fisura en el corazón de Atta, pero no podía permitirse pensar en ello. Todavía no.

—Mueve el corazón —le pidió a Sonder, que volvió a meter las manos en la cavidad torácica—.

Procura no mirar a la criatura a los ojos.

—Él hizo caso de su advertencia y apartó la cara mientras desplazaba ligeramente el corazón—.

Un poco más a la derecha —le indicó Atta, con la esperanza de que el hada siguiera en la misma posición que cuando había sentido su presencia; si era así, cuando la mirara, solo vería sus piececillos huesudos.

Efectivamente, allí estaban. Esqueléticos y diminutos.

Atta apartó una hoja con los dedos y asió las falanges de la criatura con unas pinzas.

Cuando tiró de ella, el hada salió del interior del señor Byrne con la rigidez de una estatua, como si estuviera congelada o disecada.

Sonder soltó el corazón y sacó el bote de muestras, pero tenía las manos tan empapadas de sangre negra que no podía sujetarlo bien.

Se las limpió en la chaqueta con una palabrota y sostuvo el bote mientras Atta, con mucho cuidado, introducía al hada en su interior.

Sonder cerró la tapa, y ambos dieron un paso atrás mientras contemplaban estupefactos el burbujeo del fluido embalsamador.

La criatura se estremeció y volvió a quedarse inmóvil.

Muerta. Congelada en el tiempo. La intervención había sido todo un éxito.

Era un milagro. Pero Atta contempló el cuerpo del señor Byrne, pensó en su mujer y sintió un vacío en su interior.

Mientras Sonder se quitaba la chaqueta sucia y bajaba a la cocina para llamar a una ambulancia, Atta recogió muestras de las plantas que habían ido trepando por la pared de detrás del huésped durante su intervención.

Se habían extendido prácticamente por todo el techo, y de las aspas del ventilador pendían ramas como las de un sauce llorón.

—¿Vamos? —le preguntó Sonder desde la puerta. Atta asintió y cubrió al señor Byrne con una sábana.

Tras recoger todos sus materiales, salieron a informar a la señora Byrne del fallecimiento de su esposo.