Atta
S onder había interrumpido su ducha de una forma bastante abrupta al empujarla contra la mampara y levantarle la pierna para que le rodeara las caderas.
Incluso después de asearse y vestirse (medias transparentes, una modesta falda marrón, un jersey negro de cuello alto y una holgada americana de tweed), seguía algo mareada por la forma en que Sonder la hacía sentir.
Nunca se le había dado bien compartimentar sus emociones, pero tendría que aprender a hacerlo.
Al menos, aquello fue lo que se dijo mientras se ataba los zapatos y bajaba a la cocina.
—¡Vaya! ¡La criatura vive! —exclamó Sonder con una sonrisilla.
Gibbs lo miró, y un par de miguitas le cayeron en el mentón cuando dijo:
—¿Te das cuenta de que con esos comentarios no haces más que alimentar lo del mote de doctor Frankenstein?
Sonder se rio entre dientes y, a juzgar por lo mucho que Gibbs enarcó las cejas, casi hasta el nacimiento del pelo, Atta supuso que nunca lo había oído reír antes.
—Me divierte que creas que no lo hago a propósito, Gibbs.
—Tiene sentido. —Se encogió de hombros—. Cuando te colaste por mi ventana para obligarme a comprobar que Atta estaba bien, llegué a la conclusión de que no podías ser tan malo. —Lanzó una rápida mirada en dirección a la chica.
Atta apretó los labios y frunció el ceño.
—Me surgen unas cuantas preguntas.
—Y yo estaré encantado de responderlas todas —Sonder dobló el periódico y lo dejó en la mesa—, pero tenemos que ponernos a trabajar. —Señaló un plato con comida—. Eso sí, primero desayuna.
Atta se sentó para disfrutar de aquel plato, compuesto del tradicional colcannon irlandés y huevos fritos.
—¿Lo has preparado tú? —le preguntó a Gibbs con la boca llena de col y puré de patatas.
Él le dio un mordisco a otra tostada con mermelada antes de responder.
—Yo he hecho los huevos y las tostadas. —Apuntó con su tostada a Sonder, que los miraba a los dos con cierto desagrado—. El colcannon lo ha hecho él.
Sonder apartó las miguitas que habían caído sobre su periódico con una expresión de asco.
—¿Os importaría masticar y tragar antes de hablar?
Atta se rio y engulló otra cucharada del mejor colcannon que había probado nunca.
—Esto es lo que nos toca aguantar por desayunar con un viejo cascarrabias, Gibbs.
—Vale, haced lo que queráis. Yo me voy al estudio —concluyó Sonder. Acto seguido, se sirvió una taza de té humeante y salió de la cocina.
—Bueno… —empezó Gibbs—, conque el profesor y tú, ¿eh? Ya no puedes seguir negándolo.
—Yo no lo he negado en ningún momento. Solo he dicho que no es asunto tuyo.
Gibbs asintió con cierta solemnidad y se puso a juguetear con el tenedor.
—Es una locura, ¿no te parece? —Trazó un círculo en el aire con el tenedor—. Lo de la peste feérica, quiero decir. Todavía no sé si termino de creérmelo.
—Peste feérica —repitió Atta, pensativa. Ya había aplacado su apetito—. Es un buen nombre.
—He calculado vuestras probabilidades de éxito para hoy.
Atta se enderezó.
—Cuéntame.
—Ya he hablado con Murdoch sobre el tema, pero él parece mucho más optimista. —Gibbs sacó una de aquellas libretas que siempre llevaba en el bolsillo—. Los infectados…
—Los huéspedes —lo corrigió Atta. Cuando Gibbs la miró, añadió—: Si quieres ayudar, es o todo o nada.
Él asintió con actitud escéptica y se subió las gafas.
—Lo estoy intentando, pero necesito hechos contrastables, ver lo que nos habéis contado con mis propios ojos.
Atta entendía su posición, pero no estaba de acuerdo.
—En esta vida, las cosas más increíbles e inexplicables son aquellas que no podemos ver, Gibbs.
El chico dejó escapar un suspiro tan hondo que lo hizo parecer mucho más mayor de lo que era.
—Confío plenamente tanto en el profesor como en ti, pero…
Desvió la vista hacia la ventana, y Atta siguió la trayectoria de su mirada hasta la arboleda de espinos. Un destello fugaz emergió de la niebla que la envolvía e hizo que los árboles retorcidos parecieran llenos de vida, tan frondosos como en primavera.
—Necesito algo de tiempo —concluyó Gibbs, devolviendo la atención de Atta a la conversación.
—Es comprensible. ¿Qué habías apuntado en la libreta?
—Ah. —Bajó la vista a sus notas—. Son pronósticos.
La probabilidad de que tengáis éxito hoy con el…
huésped. —Por el modo en que pasaba las páginas, casi parecía más un detective que un estudiante—.
El paciente está en estadio ii , pero he revisado las notas que Murdoch tomó anoche y creo que ya habrá entrado en estadio iii cuando vayáis a verlo.
No son muchos los que sobreviven llegados a ese punto.
Atta asintió mientras se servía una taza de té.
—He calculado la probabilidad de que todo salga bien en función de las condiciones esperables de un paciente que acaba de entrar en estadio iii y de los resultados de vuestro primer… —Se interrumpió con una mueca.
Atta tardó un segundo en entender de dónde venía su reacción.
—Sonder te ha contado que lo llamamos exorcismo, ¿verdad?
Gibbs arrugó la nariz.
—Sí. Incluso me ha enseñado esos crucifijos tan enormes y las túnicas de monje que quiere que os pongáis esta vez.
Atta se negó.
—No, por ahí no paso. Ni loca.
—Creo que lo decía en broma.
—Menos mal. —Atta se derrumbó contra el respaldo de la silla—. Los crucifijos ya eran bastante ridículos de por sí. ¿Cuándo habéis tenido tiempo de hablar de todo esto?
—Tardas una eternidad en ducharte. Ni te imaginas la cantidad de agua caliente que estamos ahorrando en el apartamento desde que te fuiste.
—Qué malo eres.
Gibbs sonrió por primera vez en lo que iba de mañana.
—Pero te echamos mucho de menos. Sobre todo Emmy.
Atta jugueteó con el asa de su taza.
—Tengo que llamarla.
—Bueno —Gibbs volvió a retomar el tema—, calculo que vuestra probabilidad de éxito es de entre el cincuenta y tres y el cincuenta y seis por ciento.
—Pero todavía estamos a tiempo de aumentar esos porcentajes. —Aunque a Atta le daban igual las probabilidades. Le quitaban toda la gracia a la vida—. He estado estudiando algunos métodos que podrían resultar más efectivos.
—¿Como por ejemplo…? —la animó Gibbs pese a no parecer muy convencido.
—Hemos descubierto que las hadas pueden transformarse en vapor; al menos la que hemos estudiado hasta ahora.
Así es como entran dentro de sus víctimas.
Por consiguiente, necesitamos encerrarlas en un receptáculo hermético.
Por supuesto, en estadio iii , el hada será más peligrosa, pero creo que nos bastará con mezclar turmalina negra con un poco de ajenjo para contenerla.
Gibbs resopló, incrédulo.
—Hablas como si estuviéramos en un cuento para niños, Atta.
Ella apretó los dientes, tratando de abordar sus dudas con paciencia.
—El folclore siempre tiene una base de verdad, Gibbs. Tienes que expandir tus horizontes. ¿Y si, en su mundo, nosotros somos las criaturas mitológicas?
Algo le llameó en el pecho, en la yema de los dedos. Le dolían los dientes, afilados al contacto con la lengua.
—¿Y si hay otros reinos o realidades ahí fuera, y las hadas se están muriendo?
¿Y si han decidido que no nos merecemos existir después de llevar toda la vida oyendo historias sobre un mundo donde los humanos van por ahí destruyendo su planeta y matándose entre sí?
¿Y si han decidido tomar las riendas de nuestra existencia?
La llama desapareció súbitamente, tan pronto como había empezado, pero se le entumecieron los dedos. Entonces, notó un sabor metálico en la boca, en la lengua, y le sobrevino un mareo.
—Oye, ¿estás bien?
Atta se estiró para coger el vaso de agua que Sonder había dejado en la mesa y tomó un sorbo.
—Sí, todo bien.
—Menudo, eh…, discurso.
—No es más que una teoría —se defendió ella con voz temblorosa—. Ven, que te enseño lo de la turmalina negra y el ajenjo.
Se levantaron y Atta condujo a Gibbs hasta el porche acristalado que había en la parte de atrás de la casa.
—¿A dónde vamos?
—¿Has visto el invernadero?
—No. Las veces que he estado aquí se pueden contar con los dedos de una mano, y Murdoch siempre me echaba de malas maneras tan pronto como le entregaba lo que le había traído.
Atta se detuvo al caer en la cuenta de que tal vez Sonder prefería mantener a Gibbs lejos de sus padres, o incluso de su investigación.
—Tal vez debería pedirle a Sonder que nos acompañe. Iré a buscarlo.
Gibbs se dejó caer sobre una tumbona y sacó su libreta.
—Aquí os espero.
Cuando Atta ya abría la puerta que conducía a la cocina, Gibbs volvió a hablar.
—Oye. —Ella se giró—. Parece distinto cuando estás tú.
—¿Distinto? —Atta lo miró extrañada—. ¿En qué sentido?
—Parece más feliz.
Atta no supo cómo interpretar el comentario del chico. La hizo sentir un millar de cosas que no alcanzaba a comprender y sobre las que no tenía tiempo para reflexionar.
Encontró a Sonder en el estudio, inclinado sobre su cuaderno de bocetos.
— Stór —le dijo en cuanto la vio entrar por la puerta—, ven a echarle un vistazo a esto.
Se apartó del escritorio y le cedió su silla. Mientras Atta estudiaba un impresionante boceto anatómico del hada que habían capturado, Sonder encendió un purito y se sentó en el borde del escritorio.
—He tenido que dibujarla de memoria, y tampoco sé cómo serán sus órganos.
—Todavía no podemos afirmar nada con seguridad, pero desde luego la has retratado tal y como la recuerdo.
Atta pasó un dedo por las alas de la criatura; Sonder las había dibujado de tal forma que parecían estar en movimiento.
Él le dio una calada al purito y soltó el humo lentamente.
—¿Dónde está Gibbs?
Atta se puso de pie y, cuando fue a rodear el escritorio, Sonder tiró de ella hasta situarla entre sus piernas. Luego le pasó un brazo por la parte baja de la espalda, y a Atta le dio un vuelco el corazón.
—Está esperándonos. Quería enseñarle el efecto que tienen la turmalina negra y el ajenjo en las plantas del invernadero.
Sonder se humedeció los labios.
—No quiero que nadie más que tú entre ahí.
Aunque habló con delicadeza, se mostró firme. Sonder Murdoch no era un hombre dispuesto a dar su brazo a torcer.
Atta le apartó el pelo de la cara, disfrutando de la sensación de sus mechones entre los dedos.
—Por eso he venido a preguntarte. Meteré un espécimen en una maceta y lo traeré aquí.
Se movió para soltarse de su abrazo, pero Sonder la agarró de la muñeca y la atrajo hacia sí para darle un beso apasionado.
Atta saboreó las especias y el humo en su lengua, deleitándose en la sensación de sus dedos en la cintura y en la suavidad de su jersey bajo las palmas, pero resistió el impulso de rendirse ante él.
—Tenemos trabajo que hacer, profesor.
— Ní mhaireann solas na maidine don lá. 2
Atta tragó saliva con fuerza. Le encantaba que le hablara en irlandés con ese tono.
—Sí, y ese es precisamente el motivo por el que tenemos que ponernos manos a la obra —dijo, separándose de él—. Hay muchas vidas en juego.
Sonder enarcó una ceja.
—Tienes razón. —Dejó el purito en un cenicero para que se terminara de consumir—. Pero es que eres una auténtica distracción. Aun así, te prometo por mi honor que me comportaré.
—Gracias. Ahora ve a ocuparte de Gibbs mientras preparo un espécimen.
2 «El sol de la mañana no brilla todo el día». Dicho irlandés gaélico que significa: la vida es finita, disfrútala mientras puedas.