Sonder
Gibbs ya se había levantado, y estaba preparando café, té y gachas.
—¿Y Atta? —le preguntó después de pasarle el periódico—. No la he encontrado en la habitación donde tiene sus cosas.
—No te preocupes por eso. Pareces hecho polvo. ¿Qué te pasa, chaval?
Gibbs le dio una nota, escrita con su caligrafía perfecta.
—Ya he recibido tres llamadas desde que Marguerite desvió la línea. Todo está en marcha. Tienes un nuevo paciente esta misma tarde.
Sonder dejó el periódico en la mesa y echó un vistazo al nombre y a la dirección del infectado. «Del huésped», se corrigió para sus adentros.
—Este vive en uno de los barrios pijos de Dublín.
Gibbs asintió. Sonder sirvió una taza de té para él y un café para Atta.
—Todavía no parece haber un patrón claro para esta peste.
—No, pero nos estamos acercando.
Sin decir nada más, Sonder regresó al piso de arriba con las dos tazas. Pero se detuvo ante la puerta de su habitación.
Atta debía de haber notado que se había levantado, porque había rodado hasta quedar tumbada boca abajo, con el brazo estirado en el hueco que él había dejado libre, ofreciéndole así unas vistas magníficas de su cuerpo por detrás.
Sonder se apoyó contra el marco y la observó durante un buen rato.
Una oleada de calidez le inundó el corazón al verla desnuda en su cama, bañada por la luz dorada y acuosa del sol, que ya se colaba por la ventana.
No sabía si estaban a punto de vivir la mejor experiencia de su vida o de adentrarse en una espantosa pesadilla.
Sin hacer ruido, dejó las tazas sobre la mesita de noche y se agachó junto al borde de la cama.
Atta seguía dormida, así que le apartó el pelo de la cara con la yema de los dedos.
Al ver que eso no funcionaba, esbozó una sonrisa traviesa y empezó a dejarle una estela de besos desde el trasero hasta el cuello.
Cuando llegó a su nuca, ella ya sonreía, aunque permanecía con los ojos cerrados.
Él se apartó, y Atta abrió los ojos y rodó para quedar boca arriba.
Sonder quería retratarla en un boceto, en un cuadro al óleo, en una escultura. Quería inmortalizarla tal y como estaba en aquel momento, con la luz del sol y su olor como únicas prendas.
—Buenos días —le dijo, todavía adormilada, cuando Sonder le entregó su café.
—Ya va siendo hora de levantarse, tesoro. Tenemos otra hada que exorcizar.
—Pero no estamos preparados —replicó ella sobresaltada.
Consciente de lo peligrosamente cerca que había estado de derramar el café sobre la cama, Sonder le quitó la taza de las manos.
—Pues nos prepararemos.
—Ni siquiera sabemos cómo mantenerlas encerradas de manera indefinida —insistió Atta, y señaló la ventana—. ¡Te recuerdo que la que atrapamos ayer se me escapó y ahora anda suelta por ahí!
—Encontraremos la manera; pero primero, por mucho que me duela, te aconsejo que te vistas, porque Gibbs está esperándonos abajo. —Se agachó y le besó un pecho.
Atta se levantó a regañadientes y cogió la primera prenda que encontró: una de las camisas de Sonder. Se la puso y, cuando solo se abrochó el botón que le quedaba justo por debajo de los pechos, Sonder se quedó con otra agradable imagen más grabada en la retina.
Aunque…
No contento con eso, dejó su té a un lado y la siguió.