El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

—¡Tenemos que ir a buscar al hada antes de que posea a alguien más! —exclamó, agitando las manos en todas direcciones. Llevaban una hora hablando, y aquella era ya la trigésima vez que intentaba hacerlo entrar en razón.

—Pues tomaremos precauciones. Encontraremos la forma de volvernos infranqueables —concluyó Sonder.

—Ni siquiera sabemos cómo hacerlo —replicó ella. Tenía los nervios destrozados después de aquel día tan movidito.

Sonder frunció el ceño y se puso de pie. Tras acercarse a ella, le posó ambas manos en la parte superior de los brazos y se los frotó de arriba abajo, como si quisiera ayudarla a entrar en calor.

—Lo importante es que lo de esta mañana ha sido un éxito.

Una parte de ella odiaba que Sonder siempre supiera en qué estaba pensando; la otra se sentía inmensamente agradecida por no tener que explicarse.

—Pero la he dejado escapar.

Encontró los ojos verdes como el bosque de Sonder y permitió que él también escudriñara los suyos.

—No ha sido culpa tuya. Yo soy el primero que defiende la importancia de asumir responsabilidades cuando la situación lo requiere, pero este no es el caso. Quién sabe, a lo mejor he sido yo quien ha aflojado el nudo celta sin querer al bajar esa maldita cosa a la bodega.

A Atta se le anegaron los ojos de lágrimas pese a lo mucho que se estaba esforzando por mantener la compostura. Cuando una le cayó por la mejilla, Sonder no dudó en colocarle la palma en la mandíbula e interceptar la traicionera gotita salada.

—Pero va a hacerle daño a alguien más.

—Eso no lo sabemos, a stór —la tranquilizó Sonder, hablando en un susurro—, y ahora tenemos que seguir adelante. El éxito y los avances científicos no son lineales, pero al menos estamos en el buen camino.

Tenía razón. Eso no podía negarlo.

Atta se sorbió la nariz, dio un paso atrás y dejó que su lado analítico tomara las riendas de su mente.

—Hay que proteger la casa. Puedo encargarme de ello mientras hablas con la profesora Vasilios.

Sonder asintió una sola vez y ambos salieron de la habitación para reunirse con Marguerite y Gibbs, que mantenían una incómoda conversación en la sala de estar.

Tan pronto como los vio, Marguerite se levantó del sofá. Un evidente desagrado se adueñó de sus bonitas facciones cuando posó los ojos en Atta.

—Señorita Morrow —dijo con voz gélida—, no esperaba encontrarla aquí. —Le lanzó una mirada a Sonder—. ¿Es este el motivo por el que Finneas está tan cabreado?

—No te he pedido que vengas para hablar de Lynch, Marguerite. —Sonder, que había adoptado la actitud fría y comedida del doctor Frankenstein, se sentó en uno de los sillones de orejas que había frente al sofá—. Por favor, siéntate.

—Y una mierda. Pues claro que vamos a hablar de Finneas Lynch —siseó Vasilios, aunque se sentó, alisándose la falda de su carísimo traje de dos piezas—. Está hecho una furia y ya ha empezado a investigar quién está actuando a espaldas de la Sociedad. No tardará nada en descubrir que has sido tú.

Sonder ladeó la cabeza con indiferencia y Atta se hundió en el pequeño sofá junto a Gibbs, que la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué narices estás haciendo, Sonder?

—Curar la peste —se limitó a responder—. ¿Acaso no es ese el cometido de la Casa para la que trabajo dentro de la Sociedad de Agamenón?

Marguerite dejó escapar una risotada estridente y vulgar que desentonaba con su aspecto refinado.

—Ya sabes cómo funciona esto —dijo, gesticulando en todas direcciones—. Solo nos quieren como marionetas o como huesos.

Ante esas palabras, Atta sintió que un escalofrío le trepaba por los brazos, y Gibbs le dio un apretón en la mano. Ella le dedicó una diminuta sonrisa agradecida mientras Sonder respondía a Marguerite:

—Ya nos hemos convertido en sus huesos, y quien piense lo contrario es un ingenuo. Encontrar la cura y poner fin a la peste ha sido el cometido de la Aquiles desde el principio. Nuestro trabajo nunca ha tenido nada que ver con la gloria o el control. Al menos, no para mí.

Atta cayó en la cuenta de que el nombre que Sonder había escogido para la Aquiles le venía como anillo al dedo. Era ingenioso, brillante, e ilustraba a la perfección la jerarquía y la relación entre las dos, ¿no? Agamenón y Aquiles. Un bofetón en la cara. Todo empezaba a cobrar sentido.

—Lynch quiere que los de la Agamenón sean los héroes de la historia —intervino Atta, y los otros tres depositaron su atención en ella.

—Y podemos dar por hecho que Rochford también —murmuró Marguerite.

¿Rochford? ¿De qué le sonaba ese nombre?

—En resumidas cuentas, así es —coincidió Sonder.

Marguerite se recostó contra el sofá, desalentada.

—Menos mal que llevabais máscara. Al menos así pueden intentar llevarse el mérito públicamente.

—No le tengo miedo a la Sociedad —le aseguró Sonder.

—Pues yo sí. —Marguerite señaló a Atta—. ¡Y ella también debería tenerlo! ¡Y tú! —Miró a Gibbs—. Como Lynch descubra que se la estás jugando, te vas a enterar de lo que es bueno.

Sonder se puso de pie y sirvió vino para todos.

—Tendremos que ser discretos. Lynch no es tonto, así que no me sorprendería que ya sospechara de nosotros. Pero no creo que nos monte un numerito. Ante todo, Lynch es un hombre que respeta la tradición.

—O sea que nos someterá a juicio —dijo Marguerite, y dio un trago a su vino, nerviosa.

Los ojos de Atta y Sonder se encontraron, y él respondió a su silenciosa pregunta:

—La Agamenón todavía está dirigida por un consejo. Es una práctica algo anticuada pero efectiva.

—¿Y qué pasa en esos juicios? Antes habéis dicho que acabáis convirtiéndoos en los huesos de la Sociedad.

Sonder volvió a sentarse y dejó la botella de vino en la mesa que había entre los cuatro.

—No es tan malo como parece.

—¿De verdad se dedican a matar gente?

Marguerite se acabó su copa de vino y se sirvió otra.

—Hay suertes mucho peores que la muerte.

Atta y Gibbs tomaron un trago de vino al unísono. Entonces, Atta se levantó; aunque entre la caída de antes y el estómago vacío, el alcohol ya se le había empezado a subir a la cabeza.

—Si me disculpáis, tengo cosas que hacer.

La conversación que acababan de mantener se repitió en bucle en su mente mientras iba de una habitación a otra, protegiendo discretamente toda la casa.

Dejó una pizquita de sal negra en cada alféizar que encontró, colocó manojos de hierbas en distintos puntos del edificio y, tras seleccionar las puertas de las habitaciones que más frecuentaban, tomó una tiza y dibujó sobre ellas los símbolos que aparecían en uno de sus libros.

En la puerta de la bodega, trazó un símbolo antiguo pensado para impedir la entrada a los malos espíritus. Ojalá surtiera efecto.

Cada vez que pasaba por delante de la sala de estar, veía a Marguerite y a Sonder enfrascados en su queda conversación y, cada vez, la tensión de sus músculos crecía un poco más. En un momento dado, los oyó reír, y acto seguido se echó una segunda copa de vino al estómago vacío.

También oyó a Gibbs, interviniendo aquí y allá para asegurar que no existían las hadas, pero el chico, que había empezado a beber movido por el pánico (una de sus señas de identidad), acabó quedándose dormido en el sofá, hecho un ovillo como un bebé.

Cuando Marguerite se marchó, Sonder condujo a Gibbs a una de las habitaciones de invitados.

Cuando por fin se quedaron solos, Sonder le ofreció a Atta una sonrisa que ella no fue capaz de devolverle.

Sonder suspiró, la ayudó a levantarse del sofá y la condujo hasta su estudio, donde hacía más calor gracias a la chimenea encendida.

Atta se dejó caer sobre una de las butacas favoritas de Sonder y él se detuvo ante el aparador.

—Parece que hubieras visto a alguien envenenando a un cachorrito —comentó mientras servía un par de copas—. Por favor, cuéntame en qué estás pensando y ponle fin a mi sufrimiento.

—Eres un teatrero —se quejó Atta con un resoplido divertido.

Sonder le pasó una copa de vino y se sentó en uno de los reposabrazos de su butaca.

—Por favor.

Atta cerró los ojos para no tener que mirarlo.

—Marguerite y tú estáis muy unidos.

Resultaba evidente. Ambos eran doctores muy inteligentes, más o menos de la misma edad, y habían formado parte de la misma sociedad secreta durante años.

Fueron juntos al pub la noche en que Sonder le había confesado a Atta que era él quien se escondía bajo la máscara del Hilo Dorado, y al principio su intención había sido llevar a Marguerite a casa.

—Así es —admitió Sonder, con cuidado—. Somos amigos íntimos desde que estudiábamos el posgrado. Mariana O’Sullivan y ella son lo único bueno que me queda de aquellos años.

Atta se odió por lo que estaba a punto de decir, pero se sentía agotada. Aquel día había vivido una montaña rusa de emociones, y Sonder acababa de servirle la tercera copa de vino de la noche.

—¿Y nunca habéis sido más que amigos?

Él arqueó una ceja, pero una sonrisilla se le extendió lentamente por el rostro.

—¿Estás celosa, Ariatne Morrow?

Parecía tan encantado que a Atta le entraron ganas de darle un bofetón.

—No te hagas el tonto conmigo, Sonder —le espetó—. Te recuerdo que me has visto desnuda.

—Ahí te equivocas. No te he visto desnuda del todo, aunque eso es algo a lo que pienso ponerle remedio pronto.

Tanto sus palabras como su sonrisa hicieron que Atta sintiera mariposas en el estómago.

—Hablo en serio. Después de lo de antes, necesito saber si hay algo entre vosotros.

Sonder asintió con solemnidad.

—Lo entiendo. Marguerite y yo nos hicimos amigos el primer año de doctorado.

Hace unos siete u ocho años, nos emborrachamos y acabamos en su habitación.

Por si no lo recuerdas, vivimos juntos en la Casa Briseida.

Para serte sincero, a la mañana siguiente ya lo tenía todo borroso, así que puedes imaginar el recuerdo que me queda de aquella noche ahora.

Eso es todo. Te prometo que no hay nada entre nosotros.

Atta estudió su rostro. El rostro de aquel hombre del que, sin darse cuenta, se había enamorado tan profundamente.

—¿Fue algo puntual?

—Te lo juro.

—¿Y lo nuestro?

Una expresión dolida reemplazó la sonrisa de Sonder.

—Atta…

—Lo siento —dijo ella agitando la mano—. Eso ha sido muy infantil por mi parte. Es que estoy cansada.

Sonder le quitó suavemente la copa de vino y la dejó en la mesa antes de arrodillarse ante ella, por segunda vez en lo que iba de noche.

—¿Quieres que te diga que no puedo dejar de pensar en ti?

¿Que no he mirado a otra mujer desde que te presentaste en la Casa Aquiles con un cadáver que tú misma habías abierto?

—Le sujetó la barbilla entre los dedos—.

¿Que no he pensado jamás en una mujer como pienso en ti?

—La besó con delicadeza en los labios—.

¿Que me creía destinado a estar solo hasta que descubrí que languidecía a la espera de encontrarte?

Ella tragó saliva.

—A lo mejor… —Sonder le apartó el pelo del cuello y le besó la clavícula— quieres que te hable de todas las noches que he pasado pensando en ti, solo en mi habitación.

A Atta cada vez le costaba más respirar.

—¿Sigues estando celosa, a stór?

—Solo de las paredes de tu habitación —suspiró ella.

Sonder se rio contra el hueco de su cuello, haciéndole cosquillas con la barba. Un estremecimiento la recorrió desde la cabeza hasta los dedos de los pies.

—Puedo enseñártelas si quieres.

En cuanto la puerta se cerró a su espalda, Sonder la arrinconó contra la pared, besándola mientras le recorría todo el cuerpo con ambas manos.

Atta se apretó contra su pecho, negándose a interrumpir el beso cuando la condujo de espaldas hasta la cama.

Cayeron sobre el colchón en una maraña de extremidades, y Sonder se rio por lo bajo, con ese timbre grave que a Atta ya se le había metido bajo la piel.

Sus dedos le prendieron fuego allá donde la tocaba, a medida que se desvestían el uno al otro con torpeza.

Sonder la tumbó de espaldas sobre la cama y aminoró el ritmo para saborearla, hasta que Atta sintió que no podría soportarlo ni un segundo más. Notaba sus labios explorando cada centímetro de su piel, sus cuerpos entrechocando una y otra vez.

Sonder se cernió sobre ella y le susurró al oído:

—¿Estás segura de esto?

—Por favor —confirmó Atta con voz entrecortada.

Sonder no necesitó más. Se introdujo en su interior y tomó una bocanada de aire.

—Dios, Atta.

La joven jadeó, arqueando la espalda, y le enterró los dedos en el pelo mientras él la miraba con el ceño fruncido de puro placer, como si quisiera devorarla.

Un instante más tarde, Atta lo detuvo, lo empujó a un lado y se colocó encima de él.

Sonder la agarró por las caderas y empezó a mecerla adelante y atrás.

Pero entonces perdió el control; Atta vio en sus ojos el momento exacto en que sucedió.

Sonder rodó para volver a ponerse encima y la acarició con destreza, besándole los pechos, recordándole en un susurro lo preciosa que era.

—Sonder, por favor —le suplicó ella, arrancándole un estremecimiento.

—Tus deseos son órdenes, tesoro.

Volvió a introducirse dentro de ella, y Atta gimió, arqueando la espalda.

El cuerpo le vibró de pies a cabeza cuando Sonder dejó escapar otra grave, sonora carcajada.

Entonces sus caderas empezaron a marcar un ritmo casi familiar, como si hubieran hecho aquello cientos de veces.

Como si se hubieran amado cientos de veces, en cientos de vidas pasadas, en otros universos.

Sonder le rodeó la parte baja de la espalda con el brazo y tiró de ella hasta sentarla sobre sus muslos, sin interrumpir su conexión ni por un momento.

La apretó contra su pecho, dejando que su pelo le cayera sobre el hombro y echándole el aliento cálido en el cuello mientras subía y bajaba, de rodillas, embistiéndola una y otra vez.

—Atta —suspiró él cuando notó que la joven se contraía a su alrededor, a punto de alcanzar el clímax—, mírame.

Cuando ella levantó la cabeza de su pecho, Sonder la agarró de la cintura para mantenerla erguida. Entonces Atta lo miró a los ojos y se corrió. Echó la cabeza hacia atrás, sumida en un plano alternativo de puro placer, y notó que Sonder se corría dentro de ella mientras le besaba los pechos.

La segunda vez fue más tierna, más lenta, más prolongada. Querían saborearse, familiarizarse el uno con el otro.

Cayeron rendidos en la cama de Sonder, y él la abrazó contra su pecho como si no quisiera soltarla nunca.