Atta
S e puso una blusa limpia con torpeza mientras trataba de recuperar la compostura. En lo único en lo que era capaz de pensar era en los dedos de Sonder bailando por su piel, en los besos que le había dejado por el cuerpo, en sus manos sujetándole las caderas…
Pero hizo cuanto estuvo en su mano para dejar todos esos pensamientos a un lado mientras se colocaba bien la falda.
Era una suerte que los hubieran interrumpido.
Tenían cosas más importantes de las que ocuparse que la atracción que había estado creciendo poco a poco entre ellos a lo largo de los últimos meses.
Se detuvo ante el espejo del pasillo, se peinó un poco con los dedos y se aseguró de que tenía la venda del brazo en su sitio antes de bajar a ver quién había venido.
—¿Gibbs? —Todavía iba por la mitad de la escalera cuando interrumpió la conversación entre Sonder y él—. ¿Qué narices haces aquí?
Gibbs se levantó del sofá con el gesto de un padre decepcionado.
—Podría preguntarte lo mismo. ¿Te estás tirando al profesor?
—Joder —siseó Atta, al tiempo que Sonder se levantaba de la butaca de un salto y decía:
—Bueno. Ya es hora de que te marches, Gibbs.
—No, espera. —El chaval levantó las manos—. Lo siento. De verdad que he venido para contarte algo importante. —Miró a Atta y luego a Sonder, que asintió una única vez con la cabeza—. Entonces, ¿lo sabe todo?
—Más o menos.
—¿Más o menos? —resopló ella, cruzándose de brazos—. Agradecería que me pusierais al día.
—Por descontado —la tranquilizó Sonder—, pero primero escuchemos lo que el chaval tiene que decir.
—Creo que Lynch me ha pinchado el teléfono.
—Un momento. —Atta se llevó dos dedos a la sien—. ¿Lynch?
Sonder se volvió hacia ella.
—Lynch forma parte de la Agamenón. Igual que Vasilios, Kelleher y, como bien sabes… —señaló a Gibbs—, este cabroncete de aquí.
—Espera. Entonces, ¿Dony y Emmy…?
—No —intervino Gibbs—. Creo que Emmy sospecha de Vasilios, pero dudo que tenga pruebas de nada. Y Dony…
—Es un tarugo.
Gibbs se encogió de hombros, pero coincidió con Sonder.
—Ahora ya estás al día.
—Y una mierda —le espetó Atta a Sonder.
Él apretó los dientes.
—Atta, te lo contaré todo más tarde, pero ahora deja terminar al chaval.
—Sí, que esto es importante. ¿Qué hora es?
Sonder echó un vistazo a su reloj de muñeca.
—Las siete y tres.
—¡Ya ha empezado! Corra, ponga las noticias.
—No tengo tele.
—Dios bendito —masculló Atta—. En mi habitación hay una.
—¿En serio?
—¿Tan poco conoces tu propia casa?
Atta lo vio encogerse de hombros por el rabillo del ojo.
La televisión estaba escondida dentro de uno de los dos armarios del dormitorio.
—No me jodas —farfulló Sonder cuando Atta abrió las puertas de roble para enseñarles el aparato.
La joven le ofreció el mando a Gibbs, que encendió la tele. Fue pasando de un canal emborronado por la estática a otro hasta detenerse en un plano general de una reportera con un micrófono en la mano.
—El bloque de apartamentos de esta mañana —señaló Sonder, mirando primero a Atta y luego a Gibbs.
Tenía razón. Ya había anochecido y el edificio parecía menos deprimente al abrigo de la oscuridad, pero no había duda de que era el mismo.
—Sí, gracias, Adam. Hoy nos hemos acercado al complejo residencial Sunny Hills para hablar con un hombre que asegura que, esta mañana, dos enmascarados han salvado a su madre de la peste.
—Mierda —dijeron Atta y Sonder al unísono.
La cámara enfocó al chico al que habían conocido aquella misma mañana. Parecía nervioso y llevaba la misma ropa que cuando los había recibido en su casa, pero se había quitado la gorra y se había peinado.
—Lisle McDonough, por favor, explícanos lo sucedido con tus palabras.
—Gracias, Katie. Siempre había querido conocerte. Eres todavía más guapa en persona que en la tele.
La mujer se rio incómoda.
—Eres un encanto. Pero cuéntanos qué le ha pasado a tu madre.
—Sí, bueno, la cosa es que mi madre llevaba varios días enferma; ya sabes, tosiendo, con mocos y esas cosas.
Pero de pronto empezó a ponerse peor. No recordaba nada.
Se pasaba todo el día dormida, y luego las venillas de los brazos se le pusieron negras.
Por eso llamé al teléfono de asistencia, ya sabes, ese que sale en las noticias para que llames si crees que tú o alguien a quien conoces habéis pillado la peste.
—La reportera asintió pacientemente—. Después de eso, una mujer me llamó y me dijo que iba a enviarme a alguien, a un hombre que…
, eh…, iba a pagarme para poder hacer una especie de investigación especial o algo así.
Sonder miró a Atta, pero ella era incapaz de apartar los ojos de la pantalla.
—¿Y qué ocurrió cuando llegó ese hombre? —preguntó Katie, acercándose el micrófono antes de volver a colocarlo ante la cara de Lisle.
—Pues vino vestido como de domingo, ya sabes, hecho un pincel.
Aunque llevaba máscara. —El chico hizo un gesto que cualquiera habría interpretado como la trompa de un elefante, aunque Atta sabía de sobra que se refería a un pico de cuero—.
Una de esas que ponen los pelos de punta, viejas, con anteojos grandes y pico de pájaro.
Por primera vez, Katie parecía genuinamente interesada en la conversación.
—¿Te refieres a una de esas máscaras que llevaban los médicos de la peste negra?
—¡Sí! Exacto. Pero el hombre no vino solo.
Lo acompañaba una chica. También llevaba máscara, así que no pude verle la cara, pero el resto…
—Movió las manos trazando varias curvas verticales, y Atta se sonrojó al entender que se refería a su cuerpo—.
Era una de esas chicas difíciles de olvidar, ¿sabes?
Katie volvió a reír incómoda y Sonder le lanzó una sonrisilla a Atta.
—¿Qué pasó después?
—Pues no lo sé. Me marché en cuanto me dieron el dinero y, cuando volví, los de la ambulancia se estaban llevando a mi madre, pero ya no tenía la peste.
Katie volvió a pegarse el micrófono a los labios.
—¿Y no sabes qué le hicieron? ¿Cómo la curaron?
—No, ni idea. Y los médicos tampoco. La han tenido ingresada durante unas horas, porque, eh…, la vida no se lo ha puesto fácil. Pero entonces ha venido un médico de la universidad y la ha llevado a un centro de desintoxicación. Y le ha pagado el tratamiento y todo.
—¿De verdad? —preguntó Katie, sorprendida.
Atta giró la cabeza lentamente hacia Sonder, con los ojos muy abiertos en una expresión acusadora.
Él se estremeció—. Bueno, ¡veo que has conocido a un buen puñado de héroes anónimos hoy!
—Katie se volvió hacia la cámara—. Ya lo han oído, en primicia.
La peste tiene cura. Y estamos haciendo todo lo posible por encontrar a estos héroes enmascarados para que den un paso al frente y nos ayuden a erradicarla de una vez por todas.
Gibbs apagó la tele y los tres se quedaron allí de pie, mirándose los unos a los otros.
—El teléfono de asistencia está colapsado —dijo el chico por fin—. ¿Qué narices habéis hecho?
—Necesitamos a Marguerite —dijo Sonder, pasando junto a Gibbs sin hacerle ningún caso.
Los otros dos lo siguieron hasta su estudio. Una vez allí, Sonder descolgó el auricular del antiguo teléfono que Atta siempre había considerado decorativo.
Mientras Sonder marcaba, Gibbs se acercó a la joven furtivamente.
—Entonces, ¿te lo estás tirando? —le preguntó en un susurro acusatorio.
—Cierra el pico —le espetó ella, dándole un codazo en las costillas.
—Creo que tengo derecho a preguntártelo —replicó él, masajeándose el costado.
Atta giró sobre los talones y se encaró con él.
—¿Por esto te has pasado las últimas semanas sin poder mirarme a la puta cara? ¿Porque eres parte de la Agamenón?
Gibbs desvió la mirada.
—Tenía pensado buscarte. Más adelante. Quería averiguar a dónde habías ido y asegurarme de que estabas bien.
Atta se libró de darle una respuesta cuando Sonder empezó a hablar por teléfono. Ambos volvieron a prestarle atención, dejando a un lado su discusión susurrada.
—Hola, Marguerite. Soy Sonder. ¿Te…?
Se apartó el auricular de la oreja y Atta oyó perfectamente la voz chillona que llegaba desde el otro lado de la línea.
—Marg… —Sonder se alejó el aparato de nuevo, con mala cara—. ¡Marguerite! ¿Te importaría dejar de gritar?
Escuchó con atención mientras Atta y Gibbs intercambiaban una mirada. Atta tenía los nervios a flor de piel.
—Sí. —Una pausa—. No estoy para nada de acuerdo. —Otra pausa—. Bien. Nos vemos entonces.
Sonder colgó con un golpetazo.
—¿Y bien? —preguntó Atta.
—Marguerite vendrá dentro de una hora para hablar de lo ocurrido.
—¿Y qué tiene que ver ella con todo esto? —preguntó Atta, sintiéndose molesta por alguna razón.
—Ella también está metida en este lío, y la necesitamos para seguir adelante.