Sonder
–S í, eso es precisamente lo que quiero decir.
—Doctor Reyes, estoy intentando cubrir, en su totalidad, la rehabilitación de una paciente que ha venido a su clínica voluntariamente. Lo más sensato por su parte sería aceptar el dinero y comenzar el tratamiento.
Cuando regresó a la mansión, el cielo había adquirido un tono gris pizarra que auguraba un buen aguacero.
La casa estaba en silencio, así que llamó a Atta, preguntándose dónde la encontraría esta vez.
Con suerte, después de la mañana tan loca que habían tenido, estaría dormida.
Con esa esperanza en mente, fue directo a su dormitorio, pero su cama era un revoltijo de sábanas vacías.
Tampoco estaba en su estudio, así que pasó por la cocina antes de dirigirse al invernadero.
Mientras se maravillaba, divertido, ante la afición de Atta por desaparecer, se fijó en que la puerta de la bodega estaba entreabierta.
Además, había un sándwich a medio preparar sobre la isla de la cocina.
El miedo le retorció las entrañas.
Abrió la puerta de golpe, gritando su nombre a pleno pulmón, y voló escaleras abajo. La vio incluso antes de llegar al descansillo, tirada en el suelo bajo la tenue luz de la bombilla del techo, al lado de un charco de algo que no supo reconocer.
—No, no, no, no. —Sonder se arrodilló a su lado, intentando entender lo que había pasado. Se empapó los dedos con el líquido del suelo y se los llevó a la nariz—. Joder, menos mal —suspiró cuando comprendió que solo se trataba de queroseno.
Le buscó el pulso en el cuello con dos dedos y descubrió aliviado que era estable.
De un tirón, colocó los hombros y la cabeza de Atta sobre su regazo y se encorvó para llamarla suavemente al oído, con cuidado para no sobresaltarla.
¿Se habría caído por las escaleras? ¿Se habría tropezado y golpeado la cabeza?
Al ver que no reaccionaba, Sonder buscó con la mirada el farol donde habían encerrado al hada.
Seguía en el estante, intacto, con la puertecilla cerrada.
—Atta, despierta, por favor.
No obtuvo respuesta.
Le apartó el pelo de la cara mientras la acunaba entre sus brazos.
—Despierta, tesoro.
Atta se movió y abrió los ojos despacio. Frunció el ceño en un ligero gesto de confusión antes de contraer el rostro en una mueca de dolor y agarrarse el brazo. Sonder la ayudó a incorporarse un poco y comprobó el estado de su brazo como buenamente pudo en aquel espacio tan oscuro.
—Te has cortado, y tienes el brazo cubierto de queroseno y esquirlas de vidrio. Vamos arriba.
Pero Atta se quedó mirando detrás de él, boquiabierta. Sonder se giró.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Se ha escapado. —Atta se puso de pie y se acercó corriendo al farol—.
Ay, no. No, no, ¡no! ¡El hada se ha escapado!
—Se llevó las manos a las mejillas mientras el corte de su brazo sangraba profusamente—.
Va a poseer a otra persona. ¿Qué he hecho?
El nudo estaba flojo, y entonces me he tropezado y me he caído y…
Sonder fue hasta ella y la cogió en brazos.
—¿Qué haces? ¡Que estoy bien! Bájame ahora mismo —protestó la joven mientras Sonder la llevaba escaleras arriba.
—No estás bien. Estás sangrando mucho.
—¡Pero el hada…!
—Ya lo solucionaremos.
—Siempre dices eso. —Atta se retorció hasta liberarse de su agarre antes de que llegaran al salón—. Estoy bien.
Sonder la cogió por la muñeca y examinó el estado de su brazo a la luz.
—No parece que vayas a necesitar puntos, pero deja al menos que te limpie y te vende la herida.
Atta se miró el corte y arrugó la nariz, como si acabara de darse cuenta de que era peor de lo que creía.
—Está bien.
Se dejó caer en el sofá y Sonder se fue a buscar un botiquín.
—Se ha escapado por mi culpa —susurró cuando él se arrodilló ante ella para limpiarle el aceite del brazo y desinfectarle la herida.
—¿Qué ha pasado?
—Quería verla, tomar algunas notas y empezar a estudiarla, pero se ha transformado en esa especie de vapor y he entrado en pánico.
He conseguido reaccionar lo bastante rápido como para lanzarle un puñado de sal negra, pero no ha sido suficiente, y entonces se ha lanzado contra el lateral de la jaula, me ha sobresaltado y me he caído de espaldas.
—¿Te has dado en la cabeza?
—No, creo que no. No recuerdo haber tenido una visión, pero supongo que vi algo antes de perder el conocimiento. —Al fijarse en la delicadeza con la que Sonder trataba de vendarle el brazo, añadió con tono burlón—: No me voy a romper.
Él la miró a los ojos.
—¿Seguro que estás bien?
Ella le sostuvo la mirada.
—Te lo prometo.
Atta bajó la vista a sus labios un segundo y Sonder notó cómo se le aceleraba el pulso allí donde sus dedos le sostenían la muñeca. Él mismo se vio arrollado por una ola de calor. Estaban tan cerca…
Atta se mordió el labio inferior y Sonder siguió el movimiento con los ojos.
—Atta.
—¿Sí?
Mientras que la voz de Sonder se había vuelto grave y ronca, hambrienta, la de ella fue solo un susurro. Sus pechos subían y bajaban rápidamente bajo la fina tela de su blusa.
—Voy a besarte.
La joven volvió a bajar la vista a sus labios.
—De acuerdo.
Sonder le tomó el rostro entre las manos, tal y como llevaba meses imaginando. Atta buscó sus ojos justo antes de que él cubriera la distancia que los separaba y dejó caer los párpados con un aleteo cuando presionó los labios contra los suyos. A Sonder le tronaba la sangre en los oídos.
«Un beso, solo un beso».
Pero Atta entreabrió los labios y todo su autocontrol se esfumó de un plumazo.
La besó con más ímpetu y le enterró los dedos en el pelo cuando sus lenguas se encontraron.
Entonces Atta lo agarró por la corbata y separó las piernas para atraerlo hacia sí, para que se pegara todavía más a su cuerpo.
Él la cogió por la cintura, la empujó hacia atrás y la tumbó sobre el sofá.
Apretándose contra ella, le besó el cuello y le acarició las suaves y cálidas curvas del vientre por debajo de la blusa.
Tocar su piel había prendido fuego a su cuerpo, pero verla arquear la espalda, notar su respiración jadeante en el oído, con sus manos enterradas en el pelo, iba a hacerlo combustionar.
—Atta —dijo con una exhalación—, tenemos que parar.
Pero sus manos, que acababan de encontrar los pechos de la joven, contradijeron sus palabras. Joder, no podía más.
—¿Por qué? —jadeó ella mientras le sacaba la camisa de los pantalones y metía los dedos bajo la tela, jugueteando con el valle de su pelvis.
—Porque… Joder, ya no me acuerdo.
Sonder encontró sus labios de nuevo y se convirtieron en una maraña de extremidades y dientes y uñas clavadas en la espalda.
Entonces, Atta lo apartó y Sonder pensó que había cambiado de idea, pero ella se limitó a quitarse la blusa por encima de la cabeza.
Sonder tomó aire de golpe ante aquella imagen.
Deslizó el dedo corazón de cada mano bajo las tiras de su sujetador, su fino, finísimo sujetador de encaje negro, y dejó que estas le resbalaran por los hombros hasta que quedó al descubierto ante él.
Sonder la devoró con los ojos, sus labios hinchados y sus pezones erectos, su melena alborotada, sus mejillas sonrosadas.
—Dios, eres preciosa.
Atta lo atrajo de nuevo hacia sus labios con avidez, y Sonder le metió las manos bajo la falda para acariciarle el culo por encima de las medias.
—Sonder. —Atta pronunció su nombre como una plegaria mientras él le dejaba una estela de besos por los pechos y le enganchaba la cinturilla de la falda con un dedo para bajársela.
Acto seguido, le lamió la cadera y ella dejó escapar un gemido desesperado, arqueándose para él.
Y entonces alguien llamó a la puerta principal.
La mirada de Sonder voló de inmediato hacia allí y Atta se apartó de él mientras agarraba un cojín para cubrirse el pecho desnudo.
—¿Quién es? —susurró.
—No tengo ni puta idea.
Cuando Sonder se puso de pie, a los dos se les fueron los ojos a su evidente erección.
Atta se mordió el labio inferior para ahogar la risa.
Volvieron a aporrear la puerta, pero a Sonder le tronaba la sangre en los oídos con tanta intensidad que amortiguaba el estruendo.
Se dobló por la cintura, besó a Atta con fiereza y se apartó tras morderle ese labio inferior tan tentador.
Ella lo miraba con los ojos entornados; su excitación no era tan fácil de apreciar como la de él, pero, joder, lo único que Sonder quería en aquel momento era ponerla a prueba.
Cuando ella también se levantó, Sonder le lanzó la blusa para que se cubriera.
—Dios, gracias al cielo —dijo cuando Atta tuvo que soltar el cojín para vestirse y pudo disfrutar de la imagen de sus pechos desnudos otra vez—. Date prisa, stór.
A Sonder le pareció que Atta soltaba un quejido ante esa última palabra, pero ella ya se alejaba corriendo por el pasillo.
Se colocó el pantalón tan bien como pudo para disimular su erección y se asomó por la mirilla.
—¿Gibbs? —preguntó al abrir la puerta—. ¿A qué has venido?
—¿Por qué está aquí el coche de Atta?
El chaval por fin estaba empezando a echarle huevos.
—No es de tu incumbencia. ¿Qué coño haces en mi casa?
—¿Me dejas pasar? Es importante.