El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

Aquella cosa que habían atrapado flotaba en el farol hueco, sobre la mesita de café. Batía las alas tan rápido que no eran más que un borrón.

—Hay que llevarla a otro lado —dijo Sonder con delicadeza.

Tenía razón. A saber cuánta información estaba recabando en aquel momento. Puede que incluso ya hubiera informado a sus compañeras de alguna manera.

No necesitó darle más explicaciones. Él sabía tan bien como ella que la criatura requería un entorno propicio para mantenerse fuerte.

Sonder se levantó, cogió la jaula sin pronunciar palabra y salió de la habitación sosteniéndola a cierta distancia de su cuerpo.

Cuando regresó, le dijo que la había dejado en la bodega. Bajo tierra pero sin acceso al micelio de su especie, no tendría forma de escapar. Al menos, eso esperaba.

El teléfono sonó y Sonder, desconcertado, tardó un momento en reaccionar e ir a responder. Atta no alcanzaba a oír lo que decía la voz al otro lado de la línea, puesto que no era más que un murmullo lejano.

—Gibbs —interrumpió por fin Sonder a su interlocutor—, frena un poco.

Atta se volvió, todavía algo aturdida. ¿Gibbs? ¿Por qué estaba Gibbs llamando a casa de Sonder?

—Sí, lo entiendo —dijo él, antes de colgar y volver junto a Atta.

—¿Gibbs? —le preguntó ella.

Sonder suspiró.

—La respuesta corta es que también forma parte de la Sociedad.

De la Casa Aquiles, para ser exactos. Te lo contaré todo mejor cuando regrese, pero ahora tengo que ir al hospital.

La huésped, aunque supongo que ya no podemos considerarla como tal, está con un terrible síndrome de abstinencia y su hijo ha llamado a Gibbs…

—¿Tu informante? —El cerebro de Atta por fin empezaba a volver en sí.

—Uno de ellos, sí. Lo ha llamado y le ha dicho que está viva, pero que necesita ayuda.

—No puedes ir a verla a cara descubierta —protestó ella.

—No te preocupes. Gibbs solo le ha dicho que va a enviar a alguien, no le ha mencionado que soy el hombre que ha estado antes en su casa.

—Te acompaño —dijo Atta, aunque lo que quería decir era «No me dejes sola».

A juzgar por la arruga que se le formó entre las cejas, Sonder estaba librando una dura batalla interna.

—No quiero que te quedes sola con esa cosa…

—Pero alguien debe vigilarla —terminó Atta por él—. Tienes razón. Hay que encontrar la manera de contenerla indefinidamente. No podemos permitirnos perder más tiempo.

Sonder la miró a los ojos durante un largo rato.

—Está bien. Volveré lo antes posible.

Una vez que se hubo marchado, la casa se quedó fría; parecía casi tan asustada como la propia Atta.

Un vendaval azotó el edificio, y este se estremeció como si fuera consciente de lo que había bajo sus cimientos, de lo que invadía sus profundidades.

De la nueva criatura que se hospedaba en la Mansión Murdoch.

Atta estaba temblando, así que fue al estudio de Sonder a robarle uno de los tres jerséis que había dejado allí tirados. En cuanto se puso uno de ellos e inhaló su aroma, se sintió más segura.

«Mentira, mentira —canturreó la vocecilla en su interior—, mentiras y espinas, con zarzas te desgarran y te echan a la pira».

Atta salió con paso firme y maldiciendo entre dientes y se dirigió al invernadero, a por unos cuantos utensilios más, así como dos plantas que tenía intención de analizar. En cuanto regresó al estudio de Sonder, encendió la chimenea y se fue a la cocina a hacerse té y un sándwich.

Mientras reunía los ingredientes, se puso a pensar en lo curioso que era que se diera un suceso trascendental, sin precedentes, y que, aun así, la humanidad siguiera respirando, moviéndose y viviendo como si nada.

Ciertos aspectos de la vida, como el hambre o el cansancio, deberían desaparecer ante lo sublime y lo trágico.

Y, sin embargo, ahí estaban. Le resultaba ofensivo.

Atta se paró en seco, con una loncha de embutido a medio camino del pan.

—Hay una puta hada en la bodega.

Dejó los ingredientes del sándwich en el plato y salió corriendo en dirección a la puerta de la bodega.

Entonces se detuvo un momento, con la mano en el picaporte, preguntándose si estaría cometiendo un terrible error.

Tras pensarlo mejor, decidió buscar un arma con la que protegerse. Por si las moscas.

Una vez que hubo preparado sal negra, sahumerios de artemisa y palo santo, Atta abrió la puerta de la bodega.

Jugueteó un segundo con el lacrimatorio que le pendía del cuello antes de encender la luz y aventurarse escaleras abajo.

Consternada pero no sorprendida, pues la casa ya era muy vieja, descubrió que la estancia estaba iluminada únicamente por una bombilla parpadeante.

Sin embargo, al final de la escalera, encontró un estante de lámparas de queroseno.

«Estos Murdoch y sus condenadas lámparas».

Encendió una con una cerilla y la sostuvo en alto para estudiar la bodega.

Se trataba de un espacio húmedo, con olor a rancio, y se componía casi enteramente de estanterías abarrotadas de botellas de vino, whisky, whisky escocés y cualquier tipo de bebida alcohólica que se le pudiera antojar.

Atta sospechó que allí había más dinero del que sus padres ganarían en cinco años.

Más de lo que ella misma ganaría en diez años trabajando en la morgue de los Gallagher.

En realidad, después de haber faltado dos días sin dar explicaciones, Atta ya no estaba segura de seguir teniendo trabajo.

Pero tenía cosas más importantes de las que preocuparse.

Allí estaba. Un hada, una criatura del reino feérico, revoloteando dentro de su jaula en uno de los estantes, justo al lado de una botella de absenta, una bebida conocida como «el hada verde».

Desde luego, Sonder tenía un sentido del humor de lo más curioso, aunque a Atta le resultaba inmensamente divertido.

La ornamentada etiqueta de la botella, que rezaba La Fée Verte , estaba decorada con una hadita desnuda de cabello verde.

Atta acercó la lámpara a la jaula que albergaba al hada, un hada de verdad, y se inclinó para examinarla con detenimiento por primera vez.

Lamentó no haber cogido su cuaderno para retratar a aquella criatura de huesos, tendones y alas delgadas como el papel crepé.

Una parte de ella quería subir a por el cuaderno; pero cuando la criatura ladeó la cabeza y Atta imitó su movimiento, el tiempo se detuvo, solo por un segundo, mientras se miraban la una a la otra.

Entonces, la criatura se lanzó hacia delante más deprisa de lo que Atta fue capaz de asimilar y golpeó el grueso cristal del farol.

Atta retrocedió, sobresaltada, y la lámpara cayó al suelo, se rompió en mil pedazos y se apagó.

Una vez que logró recomponerse, la joven volvió a acercarse a la jaula con cautela mientras sacaba un puñado de sal negra del saquito que había traído consigo.

Bajo la escasa luz de la bombilla del techo, ya no veía con tanta nitidez como antes, pero se las arregló para examinar el pestillo del farol.

Estaba bien cerrado, pero tendrían que hacerse con algún receptáculo hermético para la próxima.

No se les había ocurrido que las cabronas pudieran disiparse en el aire, aunque en parte tenía sentido.

¿Cómo si no iban a entrar en sus huéspedes humanos sin que se dieran cuenta?

Entonces lo vio. Uno de los nudos celtas se había aflojado. Se había desatado.

Le pareció oír una carcajada oscura y siniestra antes de que el humo comenzara a colarse por las rejillas que había en la parte superior del farol. No. Dio un paso atrás. No era humo; era vapor.

El hada estaba tratando de escapar.

Desesperada, Atta le lanzó un puñado de sal negra y recitó partes inconexas de su oración, su hechizo, su encantamiento…

, como quisiera que se definieran aquellas condenadas palabras.

Saltaron chispas cuando la sal entró en contacto con la nube de vapor, como las ascuas que bailan sobre el fuego, pero eso no la detuvo.

Atta no había podido prender los sahumerios ni el palo santo.

No tenía velas negras a mano ni cordel para hacer un nudo de contención.

Un siseo resonó en su oído y Atta gritó, sintiendo que un dolor cegador se enterraba en lo más profundo de su cráneo. Se dobló por la mitad, presa de una visión tan intensa que la dejó sin aliento.

La arboleda de espinos.

Había hadas por todos lados, revoloteando entre la niebla, con manchas de sangre en los dientes afilados y pedazos de carne y vegetación en las encías.

Atta se derrumbó en el frío suelo de la bodega. Un extraño tintineo llegó hasta sus oídos antes de notar la punzada de un corte, y todo se volvió negro.