El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

–A lo mejor ha sido mala idea.

Una idea terrible, espantosa, imprudente.

«Para».

—Verás como no —la tranquilizó él—. Haremos lo que haría cualquier académico. Entraremos ahí, pondremos a prueba nuestras teorías y aprenderemos algo. Pase lo que pase, supondrá un paso más en nuestra investigación. ¿Entendido?

—Sí, profesor Murdoch —respondió Atta de la forma más irrespetuosa posible.

—Debería andarse con cuidado con lo que dice, señorita Morrow.

Atta notó que una ráfaga de calor le ascendía por el cuello, pese a que aquel era un momento de lo más inapropiado para algo así.

—¿Y si no qué?

Sonder abrió la boca y, maldita sea, Atta se moría de ganas de saber lo que iba a decir, pero entonces la puerta del edificio emitió un zumbido y una voz habló por el telefonillo:

—Suban.

Con el rostro cubierto por sendas máscaras de médico de la peste, entraron en el complejo residencial Sunny Hills (que no hacía honor a su nombre en absoluto, porque por allí no había ni una sola colina soleada) y subieron en el ascensor hasta la tercera planta.

Un bebé lloraba en uno de los apartamentos y una pareja discutía en otro.

Del C4 manaba un olor muy característico, y en el C5 parecían estar rodando una película porno.

—Un sitio con clase —masculló Sonder desde el interior de su máscara.

Además de cubrirse el rostro, habían decidido protegerse con lacrimatorios alrededor del cuello, anillos de hierro puro (puesto que las hadas odiaban ese metal) e intrincados crucifijos, colgados de cadenas de hierro, alrededor de la cintura.

No tenían pruebas de que los crucifijos fueran a protegerlos de manera efectiva, pero Sonder pensó que les daría cierta credibilidad.

Para Atta, era una idea ridícula. Le había repetido como mínimo cinco veces que parecían unos sacerdotes siniestros vestidos de paisano, pero Sonder no le hizo ni caso.

Es más, diría que su insistencia lo divirtió.

Cuando Sonder llamó a la puerta, un chico salió a recibirlos. Atta le echó unos dieciocho o diecinueve años.

—La mujer que me atendió por teléfono me dijo que vendrían con máscaras —comentó, mirándolos de arriba abajo con una mueca.

Sonder asintió con la cabeza.

—Efectivamente. ¿Podemos pasar?

—Eche el freno. También me dijo que nos pagarían.

Sonder no le había mencionado ese detalle a Atta, pero sacó un fajo de billetes y se lo entregó al chaval.

—Bueno, ¿nos dejas pasar?

El chico se hizo a un lado mientras contaba el dinero.

—Es toda suya. Si de verdad se trata de la peste, supongo que ya tiene un pie en el otro barrio.

—No te veo muy afectado —observó Atta.

El chaval esbozó una mueca y se encogió de hombros.

—Me temo que no ha sido la mejor madre del mundo. La peste me está haciendo un favor.

Sonder se puso tenso, pero Atta siguió recabando información.

—Siento mucho que no haya estado ahí para ti como esperabas. ¿Podrías contarnos algo más sobre ella?

—Ya se lo he dicho, es un asco de persona. Puede que yo no sea ningún santo, pero, joder, no habría puesto a los tíos que me follo por delante de mi hijo durante toda su vida.

Atta archivó la nueva información en su cansado, cansadísimo cerebro.

—Lo siento. No es justo que hayas tenido que pasar por algo así. ¿Te importaría decirnos dónde está?

El chico señaló por encima del hombro con el pulgar.

—Segunda puerta a la izquierda. Márchense en cuanto acaben.

Desapareció por donde Atta y Sonder habían entrado y, por primera vez, se quedaron solos con una huésped.

—¿Todo bien? —preguntó Sonder con suavidad.

—Sí.

El profesor encabezó la marcha hasta la habitación que el chico había indicado y llamó a la puerta. Como nadie respondió, giró el picaporte despacio y entró.

El hedor fue lo primero que golpeó a Atta, como un puñetazo en la boca del estómago. Parecía una mezcla entre tierra podrida, cultivos echados a perder y el dulzor de la carne pasada.

—Joder —susurró Sonder.

La mujer se hallaba tumbada boca arriba en una cama sucia, con marcas de agujas en ambos brazos y las venas colapsadas. Guiado por el médico en su interior, Sonder se sacó unos guantes del bolsillo del abrigo y se los puso apresuradamente.

—Necesita naloxona por vía intravenosa.

—Primero hay que solucionar lo de la posesión. Luego le buscaremos ayuda.

Sonder asintió y soltó el brazo de la mujer.

—Tiene las venas negras, así que como mínimo debe de estar en estadio ii . Tal vez deberías…

Atta agradeció que no terminara la frase y se limitara a señalar a la mujer. Sabía de sobra lo que debía hacer.

Despacio, con manos temblorosas, se acercó a ella murmurando naderías para tranquilizarla. Luego le susurró un poema sobre las hadas que había oído de pequeña. La mujer no se movió, pero se produjo un cambio en el ambiente.

—Enciende las velas negras —le pidió Atta a Sonder por encima del hombro.

Él obedeció y se retiró.

—Prepara los sahumerios, pero no los prendas hasta que yo te lo diga.

Atta respiró hondo y tocó la muñeca desnuda de la mujer con la yema de los dedos.

El dolor, que no fue tan intenso en aquella ocasión, le estalló en las sienes y se le asentó detrás de los ojos.

Una mujer joven y hermosa pero egoísta. Vio atisbos de piel, manos, placeres carnales compartidos con cuerpos sudorosos, distintos cada vez.

Luego oyó a un niño llorando a lo lejos, completamente solo. Tal y como el chico había dicho.

Atta se quitó la máscara de un tirón, desterró las imágenes a las profundidades de su mente y se centró en mantener el contacto, al tiempo que se obligaba a pronunciar las palabras que había preparado.

Se trataba de un exorcismo, modificado con pinceladas procedentes de los cuentos de hadas y del folclore:

El humo que prende

a las hadas ahuyenta;

la cera que se derrite

a las malvadas fulmina;

a la luz del día…

Abrió los ojos al notar que la mujer arqueaba la espalda. La huésped estaba prácticamente levitando sobre la cama; tenía los brazos extendidos a cada lado del cuerpo y la boca retorcida en un terrible grito silencioso que Atta sintió en lo más profundo de su ser.

—Prende el sahumerio —susurró.

—No pares —la instó Sonder mientras hacía lo que le había pedido.

Atta apoyó las manos en el pecho de la mujer para evitar que se separara del colchón.

Te desterramos de aquí,

criatura desconocida,

espíritu impuro.

Que toda hada malvada

y todo invasor infernal

sea expulsado de inmediato.

Atta oyó a Sonder jadear y abrió los ojos de nuevo justo cuando la mujer caía sobre la cama con un golpe seco, inerte como un cadáver.

Entonces un horrible alarido resonó en la habitación, tan estruendoso y desgarrador que Atta tuvo que cubrirse los oídos.

Sonder se quedó inmóvil, con los ojos abiertos como platos, pero el sonido no pareció afectarle lo más mínimo.

En algún momento, él también se había quitado la máscara, y ahora su rostro estaba congelado en una mueca de horror y estupefacción.

Temblando de pies a cabeza, Atta siguió la trayectoria de su mirada.

Dejó caer las manos a los costados mientras asimilaba la escena que se sucedía ante ella.

De la nariz y los ojos de la huésped manaba sangre negra; y de su boca asomó una criatura diminuta, tan pequeña que le cabría en la palma de la mano.

No tenía carne, solo un par de alas vaporosas y un cuerpo hecho de huesecillos, que repiquetearon contra los dientes de la mujer mientras salía arrastrándose entre sus labios.

—Palo santo —susurró Atta; no se atrevía a moverse porque la criatura había clavado sus cuencas vacías en ella, con la cabeza inclinada hacia un lado.

Oyó que Sonder encendía una cerilla a su espalda, y un olor cítrico y ahumado inundó la habitación.

Le depositó algo en la mano. La criatura (el hada, comprendió Atta con un vuelco del estómago) se incorporó con dificultad sobre el pecho de la mujer, cubierto por un camisón empapado de sudor.

Sus alas húmedas se desplegaron con un temblor, como las de una polilla mojada.

Con un movimiento veloz, Atta alzó el llameante palo santo ante la criatura, que chilló y se revolvió. El palo se estaba consumiendo rápido, demasiado para su gusto.

—¡Atrápala! —le gritó a Sonder, aunque él ya se encontraba a su lado, con un farol hueco en las manos. Lo habían traído precisamente con la esperanza de que ocurriera algo como aquello por muy improbable que les hubiera parecido en su momento.

El hada clavó sus afiladas garras en la mujer, abriéndole unas profundas heridas en el abdomen.

Sin embargo, la sangre que manó era de color rojo; de un precioso y glorioso rojo carmesí que salpicó a Atta de pies a cabeza.

La joven saltó sobre la cama blandiendo el palo santo, golpeó a la criatura en la espalda y la lanzó volando hacia el farol.

Sonder se apresuró a cerrarlo y a echar el pestillo de la puertecilla mientras la criatura siseaba y se retorcía en la sal negra con la que habían cubierto la base del farol: su jaula.

—¿Aguantará? —preguntó Sonder con la frente empapada de sudor.

—¡Y yo qué sé!

En el fondo, Atta no esperaba que su plan funcionara. Pensaba que fracasarían y regresarían a la mansión de Sonder para lamerse las heridas. Pero habían acabado atrapando a una puñetera hada que había salido a rastras de la garganta de una mujer.

Sonder le puso el farol en las manos.

—Encárgate tú de esto.

Luego corrió hasta la cama, se quitó el abrigo y se arremangó tan rápidamente que los botones de los puños de su camisa salieron volando y rebotaron por el suelo hasta llegar a los pies de Atta. Ella se quedó allí como un pasmarote, pensando en lo raro que era que solo pudiera ver esos dos botones.

No entendía nada de lo que estaba pasando; el caos la había dejado paralizada.

Pero entonces vio que la mujer convulsionaba y que Sonder estaba poniendo en práctica todos sus conocimientos médicos para salvarla.

Le dijo algo y tiró de ella para que se tumbara sobre el costado, mientras vomitaba un chorro de bilis negra sobre la cama y el suelo.

El farol, demasiado bonito para albergar semejante monstruo, se meció en la mano de Atta y la sacó de su estupor.

Aquella cosa, el hada, estaba trepando por el cristal con sus diminutas garras en dirección a las aberturas de la intrincada cúspide de su jaula.

Atta retrocedió al verla sisear y enseñarle los colmillos, pero todavía sujetaba el farol, así que la criatura retrocedió con ella.

Entonces el hada titiló y empezó a echar humo, a convertirse en vapor.

Con una exclamación ahogada, Atta hurgó en su bolsillo en busca de otro puñado de sal negra; y aunque solo consiguió coger una pizquita, fue suficiente.

La espolvoreó por las aberturas del farol y el hada recuperó la solidez.

Acto seguido, Atta se dejó caer de rodillas, rebuscó en la bolsa que habían traído y sacó el cordel.

No estaba segura de que fuera a funcionar, pero su investigación la había conducido hasta aquel momento y tenía que intentarlo.

Se puso a atar un nudo celta alrededor de la jaula y a través del pestillo tan rápido como sus dedos temblorosos se lo permitieron. Mientras tanto, oyó que Sonder hablaba con alguien con tono apremiante y estampaba el auricular de un teléfono contra su base.

—Date prisa, Atta. Tenemos que salir de aquí antes de que llegue la ambulancia.

—Solo me falta uno más, para la parte superior.

Sonder echó un vistazo por encima del hombro a la mujer inconsciente; luego se arrodilló junto a Atta, sacó otro pedazo de cordel y ató con destreza un último nudo celta en la parte superior de la jaula.

—¿Crees que aguantará? —Atta notó su aliento cálido en la mejilla.

—Las protecciones deberían contenerla, pero no sé por cuánto tiempo. Debería haber…

—Ahora no es momento de lamentarse. —Sonder cogió el farol y tiró de ella para levantarla—. Esa mujer sigue respirando y ha dejado de estar poseída gracias a ti.

Atta lo miró con el labio inferior tembloroso y la expresión de Sonder se desmoronó, pero la estrechó contra su pecho con un solo brazo y le besó la coronilla.

—Tenemos que irnos.