El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

–¡A tta! —Comenzó a llamarla tan pronto como cerró la puerta principal a su espalda—. ¡Atta!

Joder, sentaba bien volver a casa sabiendo que alguien lo esperaba. Que Atta lo esperaba. Dejó las bolsas de la compra en el vestíbulo y fue a buscarla.

No estaba ni en la cocina ni en su habitación, ni siquiera en la biblioteca, pero había dejado señales de su presencia por todas partes: un vaso de agua en su estudio, un jersey abandonado en el salón, una magdalena mordisqueada en la cocina y cuatro nuevas pilas de libros sobre la mesa de la biblioteca.

No le sorprendería nada que se hubiera pasado el día enfrascada en su investigación.

Sonder corrió fuera y sobresaltó a la joven al abrir la puerta del invernadero de par en par.

—¡Madre mía, Sonder! —Atta se agachó para recoger las tijeras de podar que estaba usando antes de que se le cayeran al camino empedrado.

—He encontrado a alguien.

—¿Qué? —preguntó ella, abriendo mucho los ojos.

—Una infectada…

—Una huésped.

—Una huésped —se corrigió— reciente y viva. Se llama Pam McDonough, y tenemos permiso para ir a verla mañana por la mañana.

Atta soltó un gritito, volvió a dejar caer las tijeras al suelo y se abalanzó sobre él con tanto ímpetu que lo obligó a dar un paso atrás. Sonder le estrechó la cintura con los brazos mientras reía y recuperaba el equilibrio, y ella entrelazó las manos detrás de su cuello.

El tiempo se detuvo cuando Atta se echó hacia atrás, pero ninguno soltó al otro.

Habían dejado de reír. La mirada de Sonder resbaló de los ojos de Atta hasta sus labios, y los observó entreabrirse, exhalando una bocanada de aliento cálido y dulce como la miel.

Tuvo que parpadear para aclararse la vista y las ideas.

Tenerla presionada contra su pecho, entre sus brazos, con los labios tan cerca de los suyos, era una experiencia increíble.

Pese a lo que le había dicho la noche anterior, él seguía siendo un profesor, y su puesto estaba en la cuerda floja. Si llevaba su relación más allá, Atta jamás podría regresar al Trinity.

Los pechos de la joven subían y bajaban rápidamente contra su torso, y Sonder notó que su cuerpo reaccionaba ante cada centímetro de ella en contacto con él. Necesitaba romper el hechizo que lo había atrapado. Tenía que soltarla. Y, ya que estaba, darse una ducha fría.

Atta desenlazó los dedos de su cuello y se dejó caer hasta que sus pies tocaron el suelo, lo cual no ayudó en absoluto a Sonder a serenarse. Luego dio un paso atrás y desvió la mirada.

—Entonces, nos espera una larga noche de trabajo —dijo en un susurro.

Sonder carraspeó.

—Ya. He parado en el Dunnes de camino. Comamos algo para coger fuerzas antes de empezar, ¿vale?

Una vez que hubieron preparado algo de cena, Atta empujó el viejo carrito donde había reunido todos los hallazgos del día hasta el estudio. Sonder, mientras tanto, encendió la chimenea y sirvió dos copas del cabernet sauvignon que se había traído de Francia en el 84.

Cuando se pusieron manos a la obra, Atta fue sacando los objetos uno por uno, explicándole a Sonder por qué creía que podrían servir para ahuyentar a los espíritus de las hadas, mientras los dos se esforzaban por autoconvencerse de que no habían perdido la cabeza.

—La muestra que extrajiste de las uñas de aquella mujer —dijo Atta, levantando un frasquito de cristal— era artemisa: una hierba común con innumerables usos, como aliviar los dolores de cabeza o regular los ciclos menstruales.

Sonder arrancó una uva de uno de los racimos de la bandeja que habían preparado.

—El cadáver presentaba restos de sangre menstrual, pero no te lo había mencionado porque lo consideré irrelevante y pensé que podría interferir en tus conclusiones.

Atta dejó el frasco de artemisa en el carrito, del que tanto parecía haberse encariñado, y asintió.

—Lo mínimo que puedo inferir es que probablemente utilizó la hierba por esa razón.

Se trata de un remedio bastante anticuado, pero supongo que hay quien todavía prefiere mantener las viejas costumbres.

En cualquier caso, la artemisa también se uti­lizaba para repeler a los malos espíritus, sobre todo durante el Samhain.

—Qué interesante.

—Desde luego.

Atta se volvió con un gesto teatral hacia su carrito de curiosidades y cogió un…

—¿Me podrías explicar qué es esa cosa? —le preguntó Sonder.

—Un sahumerio. Mira. —Sacó una maceta que contenía una planta llena de espinas, de un estridente color fucsia—.

Esto estaba enredado en el micelio principal, pero parece haber desarrollado su propia red desde que lo he liberado.

Llevo todo el día documentando su progreso, pero fíjate en lo que pasa cuando hago esto…

—Extendió el sahumerio hacia él y lo meneó—. Enciéndemelo, por favor.

Sonder reprimió una sonrisilla y se sacó una caja de cerillas del bolsillo, obediente. Una estela de humo, larga y constante, se elevó hacia el techo, inundando la estancia con un olor terroso. Un momento después, Atta acercó la maceta a la columna de humo, y la planta se replegó sobre sí misma.

—¿Qué coño…?

—Atento.

Atta acercó la maceta aún más y la planta se marchitó, igual que le había pasado a la del invernadero cuando las lágrimas de los difuntos habían caído sobre ella.

—Esto es un gran descubrimiento, Atta.

Ella le dedicó una sonrisa complacida y dejó la maceta a un lado.

—Volverá a crecer. Estas plantas están demasiado evolucionadas como para no hacerlo, pero parece que la artemisa sí funcionó con la huésped de la que tomaste la muestra. Puede que ella no fuera consciente de lo que ocurría, pero la cosa es que funcionó.

—Aunque acabó muriendo igual que el resto —reflexionó Sonder en voz alta antes de darle un buen bocado a una manzana.

Atta dejó caer los hombros y se mordisqueó el labio inferior. Joder, aquello era toda una distracción.

—Imagino que la artemisa no detiene la posesión, solo la ralentiza.

—Entonces tenemos que encontrar una manera de… ¿qué? —Sonder era incapaz de mantener la deformación profesional a raya—. ¿En qué consisten los clásicos exorcismos de la religión católica? ¿Qué utilizan los sacerdotes para contener a los demonios?

—Generalmente, agua bendita o sal.

—Muy bien. Y luego ¿cómo los expulsan? ¿Cómo completan el exorcismo?

Atta tardó un poco más en responder en aquella ocasión.

—Existen varios métodos. Ese es precisamente el razonamiento que he estado siguiendo, aunque hay que tener en cuenta que no son demonios. Estoy barajando algunas ideas, pero no creo que podamos sacar nada en claro hasta que tengamos un sujeto de prueba.

—Además, tenemos que averiguar cómo contener a esas cosas, a las hadas, o de lo contrario les bastará con ocupar otro cuerpo. Quizá sea eso lo que ocurre cuando el huésped humano fallece. El hada se limita a buscar uno nuevo que se ajuste a sus criterios.

—Es la explicación más lógica. —Atta se miró las manos. Tenía el pintaúñas oscuro descascarillado—. Pero ¿cómo es posible que la vegetación del invernadero se haya desarrollado de esa manera?

—A lo mejor le he proporcionado la protección que necesitaba —conjeturó Sonder.

Atta se levantó del suelo, que parecía ser su lugar favorito para trabajar pese a tener escritorios o mesas disponibles. Sonder adoraba esa pequeña manía suya.

—No creo que se trate de eso. Me parece… —Se interrumpió mientras reflexionaba—. Me parece que se debe a que han tenido dos huéspedes. Uno del que se alimentaron mientras vivía…

Sonder se enderezó.

—Y otro del que se alimentaron ya muerto.

Atta asintió con gesto sombrío. Sonder no quería que la joven sintiera que no podía tocar ciertos temas por tratarse de los cadáveres de sus padres, pero él tampoco se veía capaz de hablar con total libertad de ellos.

—Adelante —la animó—. Di lo que estás pensando.

—Todavía no sé muy bien lo que estoy pensando; pero que sean dos es clave, ¿no te parece?

Sonder asintió, y Atta volvió a sentarse mientras hablaba del desarrollo de las plantas y de lo que necesitan obtener del sustrato.

Después de un rato, Sonder dejó de prestar atención a lo que estaba diciendo por culpa del fuego que se reflejaba en sus ojos, del vino que empezaba a anular su inhibición y de ella, Ariatne Morrow, que se hallaba sentada con las piernas cruzadas en el suelo de la habitación en la que él había trabajado, reído, llorado y vivido toda su vida, vestida con un jersey suyo que había encontrado sobre la silla de su escritorio y hablando con pasión y elocuencia.

En ese momento, Sonder supo, sin un ápice de duda, que estaría dispuesto a sacrificarlo todo, lo que fuera, por ella.

—¿Me estás escuchando? —la oyó preguntar, con tono molesto, antes de meterse un pedacito de queso en la boca—. ¿Se te ha subido el vino a la cabeza?

—El vino no, tú. —Las palabras escaparon de su boca antes de que tuviera oportunidad de morderse la lengua.

Atta hizo un mohín y frunció el ceño con escepticismo.

—Vete a dormir, Murdoch.