Atta
Aturdida, se puso unos pantalones de tweed y un grueso jersey de cuello alto e intentó recordar el camino hasta la cocina, aunque se acabó dejando llevar por el olfato.
—Buenos días, a stór.
Ay, Dios, en menudo berenjenal se había metido.
—El café está recién hecho. —Sonder señaló la brillante cafetera de plata que descansaba junto a la sofisticada máquina de café, en un extremo de la encimera—.
Y la panceta y los huevos ya están listos, aunque a la morcilla le queda un poco todavía.
También he intentado preparar magdalenas de arándanos, porque me dio la impresión de que te encantaron los del Buttery.
Atta sintió un cosquilleo en el estómago al descubrir que Sonder no solo había memorizado la forma en que le gustaba tomar el café, sino también su magdalena favorita.
—Todo esto es demasiado, Sonder. No quiero ser una molestia.
Él frunció el ceño, le sirvió un café y le pasó la taza por encima de la isla. Atta se sentó en un taburete.
—Fue culpa mía que te pillaran en el cementerio.
—Ahhhh, o sea que te sientes culpable y estás intentando resarcirte —se burló ella.
Sonder se esforzó por poner mala cara, pero no fue capaz de luchar contra la sonrisa que le tiraba de la comisura de la boca.
—Voy a arreglar esto. Pero, mientras tanto, mi casa es tu casa. Aquí tienes a tu disposición todos los instrumentos y materiales que se te antojen. Imagina la de cosas que vas a poder hacer sin que nadie te moleste o te interrumpa.
—Te está saliendo la vena de profesor.
Sonder la fulminó con la mirada, y ella escondió una sonrisa detrás de su taza.
—Muy graciosa.
Después de rellenar unos moldes de papel marrón con la masa de las magdalenas y meterlos en el horno, Sonder emplató la comida y se sentó al lado de Atta.
—Hoy tengo clase, pero ya he avisado en la Casa Aquiles de que no me pasaré por allí esta noche, así que no debería volver muy tarde.
Atta lo escuchó mientras disfrutaba de un delicioso bocado de morcilla y huevo, y pensó en lo hogareña que le resultaba la escena.
Que Sonder le hubiera preparado el desayuno, que le hablara de lo que iba a hacer durante el día y que luego fuera a regresar a casa con ella…
Era agradable. Tanto que la asustaba un poco.
No podía permitirse acostumbrarse a ello.
Mientras desayunaban, charlaron sobre algo que Sonder había leído en el periódico antes de que Atta se despertara y luego se enzarzaron en una pequeña discusión a raíz de una hipótesis científica que uno de los miembros de la Sociedad le había planteado a Sonder la semana anterior. Entonces, el horno emitió un pitido.
—¡Mis magdalenas! —exclamó él, levantándose de un salto del taburete.
Atta se echó a reír. Pensó en lo mucho que Sonder se había abierto con ella en las últimas semanas y, aunque esperaba estar haciendo lo mismo, se preguntó si aquello les convenía. Ambos tenían mucho que perder.
Después de coger una magdalena y pasársela de una mano a otra como si fuera una patata caliente al son de «¡Ay, quema, quema!», Sonder por fin la plantó en la encimera, delante de Atta. Ella todavía se estaba riendo entre dientes cuando él se llevó su plato al fregadero y le dijo:
—La casa es toda tuya, stór, no te cortes. Te veré por la tarde.
Atta dedicó más de una hora a deambular por los pasillos de la mansión después de que Sonder se marchara, asomándose a las habitaciones que no había tenido oportunidad de admirar la primera vez.
En el ala opuesta a donde Sonder y ella dormían, encontró un saloncito. Debía de haber pertenecido a su madre, pues irradiaba la misma aura que su rostro y que la habitación de la Casa Briseida en la que Atta había estado viviendo: oscura, como la de un bosque encantado.
Había un caballete, situado delante de un amplio mirador que daba a la arboleda de espinos.
Atta se asomó para contemplar los árboles desnudos, rodeados de un manto de hojas caídas.
El más viejo crecía en el centro y tenía un aspecto tan amenazador como magnético, igual que Sonder antes de conocerlo.
Igual que el Hilo Dorado con su máscara.
Desvió su atención de los terrenos de la casa y estudió la obra inacabada que descansaba sobre el caballete. Al principio, le pareció que representaba un bosque cualquiera, pero entonces se fijó en las pinceladas oscuras que surcaban los árboles, las plantas y el cielo, como manchas de podredumbre.
Las imágenes de sus visiones la asaltaron en un torbellino de fogonazos confusos y desdibujados. Atta sacudió la cabeza violentamente y salió de la habitación para ponerse a trabajar.