Sonder
La ira le hervía bajo la piel y le nublaba la vista, tanto que los faros de su coche parecían brillar tras una neblina oscura. Ni siquiera apagó el motor cuando aparcó ante el imponente edificio de ladrillo y columnas que cobijaba a aquel demonio que tan bien conocía.
—¿Cómo te has atrevido a expulsar a unas de las mentes más brillantes que han pasado por el Trinity? —escupió él con los dientes apretados.
—¿Esto es por la señorita Morrow?
—Por supuesto. Te digo que es brillante, Finneas. Esto es ridículo.
—Se ha colado en una propiedad privada del Trinity en mitad de la noche —replicó Lynch, cuyo rostro había adquirido un tono macilento a la luz del porche.
—Algo que forma parte de la experiencia universitaria, ¿no te parece? ¿Cuántas veces hicimos nosotros lo mismo? ¿Cuántas estupideces cometimos cuando éramos estudiantes?
No creía que Lynch fuera a tragarse ese argumento, pero debía intentarlo.
—En nuestro caso no había cadáveres infectados de por medio, Sonder.
Él levantó los brazos en un gesto exasperado y alzó aún más la voz.
—A lo mejor solo quería darse un paseo por el cementerio.
Lynch se lo quedó mirando.
—¿Con una pala a cuestas?
«Mierda».
—Además, no iba sola —añadió el decano, entornando los ojos, consciente de que acababa de revelar su mano ganadora.
Pero aquel era un juego al que los dos podían jugar.
—Sabes tan bien como yo que esto es por ese puto informe que redactó —gruñó Sonder, dando un paso adelante y mirando a los ojos a aquel cabrón—. ¿De verdad creías que no me iba a dar cuenta de que tus esbirros y tú habéis estado husmeando entre mis cosas? Estás cagado de miedo.
—Le sugiero que salga de mi propiedad, doctor Murdoch —lo interrumpió Lynch, y la papada le tembló al hablar—, o me encargaré de averiguar por qué se opone de manera tan visceral a la expulsión de una alumna claramente desequilibrada.
Aquella amenaza hacia Atta golpeó a Sonder de lleno en la mandíbula, con casi tanta fuerza como un puñetazo.
Le dieron ganas de arrancarle la cabeza a Lynch allí mismo.
Sin embargo, si pronunciaba una sola palabra más, si enarbolaba un solo argumento más, únicamente conseguiría ponerle las cosas más difíciles a Atta.
Así que giró sobre los talones y se metió en su coche.