Atta
D ebería volver al coche. Estaba roja de vergüenza y le ardían las orejas. Su presencia allí estaba totalmente fuera de lugar.
—He venido sin pensar. Lo siento, esto es de lo más inapropiado.
Sin embargo, el sonido no llegó.
—Bueno —dijo, invitándola a pasar con un gesto—, ¿vas a entrar o no?
Una ola de alivio la embargó. Tan pronto como Sonder bajó los escalones para coger la caja y la bolsa con las que cargaba, Atta se frotó los ojos con furia, tratando de secarse las lágrimas que habían escapado sin su permiso.
Por suerte, Sonder no hizo ningún comentario, y simplemente metió sus cosas dentro antes de pedirle que se sentara en la butaca de la que, a juzgar por el vaso lleno y el puro encendido de la mesita auxiliar, se acababa de levantar.
Sonder se fue a la cocina y regresó un rato más tarde con un elegante juego de té de plata, un vaso de leche con galletas y una copa de vino. Lo dejó todo ante ella y colocó el vaso de whisky en la bandeja, junto al resto.
—Elige la comida que más te reconforte.
Atta no pudo evitar reírse. Sonder parecía tan hecho polvo como ella.
—La única comida que hay ahí son las galletas.
—Te traeré lo que quieras —dijo él tras encogerse de hombros—. ¿Te apetecen unas patatas fritas? —Su expresión esperanzada no tardó en desvanecerse—. Hum, ahora que lo pienso, creo que no tengo…
—Me vale con el té.
Sonder le sirvió una taza antes de volver a coger el vaso de whisky y sentarse frente a ella, al otro lado de la mesita de café, igual que había hecho ella unos días antes, cuando el que había necesitado consuelo había sido él.
—¿No me vas a preguntar qué ha pasado? —dijo Atta mientras se echaba un poco de leche en el té.
—No.
—Me he presentado en tu casa en plena noche, llorando y con todas mis posesiones metidas en cajas. ¿No te pica ni un poquito la curiosidad?
—Por supuesto, pero sé que me lo contarás cuando estés lista. No me gusta fisgonear.
Atta lo estudió con los ojos entornados.
—La curiosidad y la sed de conocimiento permean cada centímetro de tu ser, así que no me lo trago.
Sonder se inclinó hacia ella para coger el puro. Atta contuvo el aliento. Todas y cada una de sus terminaciones nerviosas reaccionaron al notarlo tan cerca. Tras dar una calada y soltar el humo, Sonder dijo:
—Esperaré toda la noche a que me lo cuentes con tal de que te quedes.
A Atta se le quitaron las ganas de bromear. No estaba segura de haber entendido lo que quería decir, pero se sentía demasiado cansada como para tratar de averiguarlo, demasiado cansada como para mantener a raya el abatimiento que amenazaba con devorarla.
—Me han expulsado.
Sonder se quedó de piedra. Cuando por fin encontró la voz, se le escapó de los labios revestida de una capa de hielo.
—Por favor, dime que no hablas en serio.
Ella negó con la cabeza, intentando reprimir las lágrimas de nuevo.
—No. El excelentísimo decano Lynch —esbozó una mueca burlona— me ha dicho que sabe que me colé en el cementerio del Trinity. Sospecha que he profanado una de las tumbas, aunque no tiene pruebas. Le he dicho que solo estaba recogiendo flores, pero…
—¿Cómo sabe que estuviste allí?
Atta se encogió de hombros sin mucha convicción.
—Puede que el guardia de la linterna me viera, o que se encontrara con mi coche aparcado en la puerta. O… yo qué sé. La cuestión es que me han expulsado, y también me han obligado a marcharme de la residencia. No…
Dejó escapar un hondo suspiro, y Sonder se puso de pie.
—Bueno, tengo habitaciones de sobra, así que te quedarás aquí. Solucionaremos esto por la mañana.
—Siento mucho ponerte en un compromiso. Si se enteran de que estoy aquí, podrían castigarte a ti también.
—De mí no van a poder deshacerse así como así.
—Pero tú eres un profesor, y yo, una alumna. —Atta agachó la cabeza—. Bueno, lo era.
—Tú lo has dicho. Lo eras —confirmó él, cogiéndole la taza de té para dejarla sobre la bandeja—. Ahora eres una mujer que necesita un lugar donde pasar la noche y que ha recurrido a un amigo. —Aferró sus manos y la ayudó a levantarse—. Y encontraremos la manera de que vuelvas a ser una alumna.
La condujo hasta una habitación algo opulenta pero elegante.
Tenía las paredes pintadas del mismo verde oscuro que la habitación de su residencia, una enorme cama con dosel, situada en medio de una mullida alfombra de estampado floral, e incluso su propio aseo.
Sonder le dijo que él dormía justo al otro lado del pasillo, por si necesitaba algo, y luego la ayudó a subir todas sus cajas y guardar parte de su ropa en el armario.
También le robó uno de sus libros, lo cual la hizo reír.
Después se ausentó unos minutos, y regresó con el vaso de leche y las galletas.
—Te prepararé algo en condiciones mañana, pero prométeme que comerás un poco ahora.
Atta le prometió que así lo haría, y Sonder le dio las buenas noches.
La joven notaba el peso del agotamiento sobre su mente, su cuerpo y su alma, y aquella era la cama más cómoda en la que se había tumbado nunca. Sonder tenía razón. Encontrarían una solución por la mañana.
No tardó mucho en quedarse dormida y soñar con hadas, bosques fantásticos llenos de vida, dientes afilados y huesos en descomposición.