El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Entonces oyó el crujido de la grava bajo unos neumáticos y miró el reloj. Eran las once y media. Dejó el puro y el whisky a un lado y se encaminó a la puerta principal, donde encontró a Atta, con una caja bajo un brazo y una vieja bolsa de viaje colgando del otro.

—Lo siento —dijo con un hipido—. No sabía a dónde ir.