Atta
L os árboles estaban ya casi desnudos, y la mayoría de los estudiantes, quemados de tanto hincar los codos. Iban a clase a un ritmo más pausado, estudiaban menos y salían de fiesta con menos frecuencia.
En cuanto llegó a la sala común del tercer piso de la Casa Briseida, dejó la cartera en el suelo y se hundió en el sofá junto a Gibbs, que estaba jugando a la Nintendo.
—¿Qué tal va todo? —le preguntó el chico sin apartar la mirada de la tele.
—Venga. Tráeme un Club de naranja, porfa.
Atta cogió el refresco que le había pedido y otro de vainilla para ella y le lanzó a Gibbs el suyo.
—Ah, oye —le dijo él, aporreando los botones del mando de la consola—. Tu orientadora te ha dejado un mensaje. Creo que Lynch quiere hablar contigo; o sea, como decano.
Atta se quedó de piedra, con la lata a medio camino de los labios.
—¿Lynch? ¿Por qué?
—No ha dado detalles —dijo Gibbs, encogiéndose de hombros—. Solo ha pedido que vayas a verla en cuanto puedas.
Atta dejó el refresco en la mesita que había delante del sofá y se dirigió a toda prisa a la oficina del estudiante, tratando de no entrar en pánico.
Había hecho todo lo que le habían pedido.
Había cumplido con sus tareas de auxiliar docente y había trabajado tantos turnos en la morgue como le había sido posible para pagar la parte de la matrícula que el puesto de auxiliar no cubría.
Incluso se había racionado las comidas para no abusar de la manutención que le proporcionaba la universidad.
Si querían más dinero, o habían descubierto que estaba pasando más tiempo con Sonder del estrictamente apropiado, encontraría la manera de solucionarlo. No le quedaba otra. Pero no, no podía tratarse de eso. Lynch era el decano de la facultad donde trabajaba de auxiliar, no de la de Botánica.
No. Debían de haberla llamado por otra cosa, así que todo saldría bien.
La mujer de recepción no la llevó al despacho de la señora O’Sullivan, sino directamente al del decano Lynch.
Tras anunciar su llegada, pasó junto a Atta y se perdió por el pasillo.
Lynch la miró con una expresión que la joven no supo descifrar pero que la dejó con los nervios a flor de piel.
Solo había visto a aquel hombre de pasada en alguna que otra ocasión, así que era la primera vez que se fijaba en sus ojos hundidos y su cabello ralo.
—Señorita Morrow. Por favor, tome asiento.
Atta no quería sentarse. Quería salir corriendo.
El decano era corpulento y no tenía pinta de ser de ese tipo de hombres que se mueven con elegancia. Entrelazó las manos sobre su prominente barriga y se recostó en su silla.
—Señorita Morrow, me han informado de que ha estado usted deambulando por los terrenos del campus de noche. ¿Es eso cierto?
Atta se quedó muda. ¿Acaso no transitaban todos los estudiantes el campus de noche? En el Trinity no había toque de queda.
—No entiendo por qué me pregunta eso, señor.
—Me refiero —respondió él, marcando con fuerza cada consonante— al cementerio, una zona en la que está estrictamente prohibido entrar, por un centenar de razones.
«Ay, no». Atta se sentía al borde de las lágrimas. O del colapso.
—No…
—Es más —añadió Lynch, pronunciando la última ese en un siseo—, me han informado de que alguien profanó una de las tumbas la misma noche en que la vieron a usted por allí.
«Madre mía». Iba a vomitarle todo el escritorio.
—Dígame, señorita Morrow, ¿qué interés podría tener un cementerio para una joven estudiante de Botánica?
—Pues…
«Joder, di algo. ¡Lo que sea!». Una voz, muy distinta a la suya habitual, manó de su interior, tan calmada y untuosa como el aceite:
—Es posible que usted no lo sepa, pero crecí en un apartamento situado justo encima de la morgue de mis padres, así que los cementerios me resultan de lo más reconfortantes.
Mientras caminaba por allí, encontré unas flores muy bonitas y cogí unas cuantas.
Pero no he profanado ninguna tumba, señor, se lo aseguro.
Para mí los difuntos son sagrados, sobre todo si han perdido la vida a manos de la peste.
Al decano Lynch le dio un tic en el ojo.
—Sea como fuere y por mucho que nos pese, el rector y yo hemos llegado a la conclusión de que no podemos pasar por alto esta infracción. Así pues, queda usted expulsada del Trinity College. La quiero fuera de nuestras instalaciones esta misma noche.
Atta boqueó como un pez fuera del agua.
—¡No puede hablar en serio! —Sabía que sonaba fuera de sí, pero ya no le importaba—. Saco buenas notas. Me he dejado la piel para pagarme la matrícula. ¿Y ahora quiere expulsarme por pasear por un cementerio?
—Vigile su tono conmigo, señorita —le escupió el decano inclinándose hacia delante—. Estamos hablando de un tema muy serio. ¡Tiene suerte de que no vayamos a presentar cargos contra usted por colarse en una propiedad privada!
Atta se levantó de golpe.
—No me lo puedo creer. Esto es…, es…
—No me trago ni por un puto momento que estuviera recogiendo florecillas.
De hecho, algo me dice que no le haría ninguna gracia que me pusiera a investigar esto más a fondo, ¿verdad, señorita Morrow?
—Ahora que su rabia se había esfumado como un fantasma, su voz se había transformado en un espeluznante susurro.
—Es usted un malnacido —siseó ella.
—¡Fuera de aquí! —aulló el decano, levantándose de la silla al tiempo que volvía a montar en cólera—. O les pediré a los de seguridad que la acompañen a la salida. Recoja sus cosas. Aquí ya no hay sitio para usted.
A Atta le ardían los ojos de contener las lágrimas de rabia y angustia.
En aquel momento, no sabía si prefería salir corriendo o tirarse al suelo y llorar.
Todo a su alrededor se convirtió en una mancha borrosa, en una neblina, y de pronto se descubrió de nuevo en su dormitorio, sin saber cómo había llegado hasta allí.
Se encontraba de pie en medio de la habitación, mirando sus cosas: los trabajos esparcidos por el escritorio; los libros amontonados en pequeñas pilas por el suelo; el abrigo de Sonder, que todavía seguía colgado en la puerta del armario porque siempre se olvidaba de devolvérselo, o porque tal vez no quería hacerlo.
Posó los ojos húmedos en la taza del Trinity College que descansaba sobre su mesa y entonces la realidad la golpeó de lleno.
Se derrumbó sobre su cama y se echó a llorar.
Después de un rato, Emmy acabó por oírla. Entró en su habitación y le acarició la espalda describiendo círculos mientras esperaba a que le contara lo que había pasado. Cuando lo hizo, Emmy explotó de rabia por aquella injusticia.
Un poco más tarde, Gibbs le llevó un vaso de agua y comentó en voz baja que Lynch era un imbécil.
Dony volvió a la residencia con unas cuantas cajas, en silencio, con el aspecto de un cachorrito triste.
Juntos guardaron todas las cosas de Atta, y ninguno habló más que para expresar su estupefacción.
Fuera hacía un frío de mil demonios y estaba lloviznando, pero los tres la ayudaron a bajarlo todo al coche y se despidieron de ella con un abrazo.
—Seguro que solo es algo transitorio —le susurró Emmy cuando la rodeó con ambos brazos y la estrechó con fuerza—. No es más que un malentendido. Encontraremos la manera de solucionarlo.
Gibbs no era capaz de mirar a Atta a los ojos, pero la abrazó por el cuello.
—¿A dónde irás ahora?
—Pues… no lo sé.
Y no mentía. Galway estaba demasiado lejos, y no podía abandonar su investigación, y tampoco a Sonder y a sus amigos.
Dony le dio un suave golpe en el hombro.
—El Mulligan’s no está dentro del campus. Nos vemos allí en un par de días, en cuanto te hayas asentado, ¿vale?
Aturdida, Atta se subió al coche y dejó atrás la residencia.