El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

N o quería ir a la Casa Aquiles. Quería quedarse encerrado en aquel invernadero asfixiante con aquella mujer tan hermosa, resolviendo juntos los problemas de Dublín.

De hecho, temía que, si no lo hacían, la peste acabara extendiéndose por todo el país, incluso fuera de este.

Por mucho que vivieran en una isla, ¿por qué no iba a llegar más allá?

¿Y si cruzaba el mar de Irlanda hasta Gales o surcaba el Atlántico hasta Canadá o Nueva Inglaterra?

Sin embargo, no le había quedado más remedio que acudir y allí estaba, ante un cadáver en estadio i con la sangre todavía parcialmente roja, redactando observaciones falsas para una Sociedad en la que había dejado de confiar hacía ya mucho tiempo.

—Hola, profe —dijo Gibbs desde la puerta—. Lynch acaba de llegar y quiere que le eche un vistazo a la nueva remesa.

—Y te ha enviado a buscarme, ¿no?

Gibbs agachó la cabeza. El chaval había estado comportándose de una forma muy extraña desde la noche en que habían coincidido en el pub.

—Me pillaba de camino —dijo, encogiéndose de hombros.

—Está bien. Ahora mismo bajo.

Sonder esperó a que Gibbs retomara su camino hacia el despacho de gestión de datos antes de salir del laboratorio y bajar a la cámara frigorífica.

Estaba vacía, salvo por los cuerpos almacenados en los cajones metálicos y el que yacía sobre la mesa de autopsias.

Sonder se puso las gafas y examinó a la fallecida.

Era joven; rondaría los veinte años. No había nada en ella que llamara la atención a primera vista; solo una pequeña mancha de lo que parecía ser sangre menstrual en la parte superior de los muslos.

Si no supiera ya cómo había muerto, jamás habría adivinado que había sido la peste (la posesión) lo que le había arrebatado la vida.

Pero claro, de no haber sido así, ¿por qué habría acabado su cadáver en aquella mesa?

Sonder se puso unos guantes y tomó una muestra de sangre, que todavía exhibía un sano tono carmesí.

Entonces, cuando estaba a punto de regresar a su laboratorio para estudiarla bajo el microscopio, reparó en algo.

El cadáver tenía algún tipo de sustancia incrustada bajo las uñas.

Le levantó una mano para inspeccionarla, pero lo único que pudo dilucidar fue que era una especie de material terroso.

Decidió recoger una muestra con una espátula y meterla en un bote de muestras limpio.

Tal vez pudiera identificarla bajo el microscopio o pedirle ayuda a Atta.

Con el recipiente en la mano, Sonder volvió por fin a su laboratorio; pero, tan pronto como puso un pie en la estancia, se le erizó el vello de la nuca.

Algo había cambiado. Recorrió la habitación despacio, intentando recordar cómo la había dejado, o qué podría haber querido llevarse alguien.

Pero todo aquello que lo incriminaba estaba a buen recaudo en su casa. O en manos de Atta.

Salvo el informe que la joven había redactado para él. Y su trabajo final, que Sonder había estado ojeando.

«Mierda».

Sonder se abalanzó sobre el escritorio y buscó los dos documentos frenéticamente. Cuando los encontró, se dejó caer sobre su silla, aliviado, con el corazón aún martilleándole en el pecho.

Pero entonces se fijó en que, en uno de ellos, había una mancha. Al inspeccionarla más de cerca, comprobó que era ceniza de cigarrillo. La forma más burda de consumir nicotina. Una a la que él jamás recurría.