El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

S onder tenía el último cuerpo que habían robado abierto sobre la mesa de autopsias improvisada que había montado en el invernadero.

Habían tenido que desenterrar el cuerpo del cementerio del Trinity tan rápido y tan discretamente como habían podido al abrigo de la noche.

En su lugar habían dejado uno de los cadáveres de la morgue de los Gallagher, pero no les había dado tiempo a cubrir el agujero con tanta meticulosidad como habrían querido.

Si alguien acudía allí por la mañana para comprobar el estado de las tumbas (presumiblemente, la misma persona que esa noche los había espantado con el haz de su linterna), le resultaría evidente que la sepultura había sido manipulada.

No obstante, después de pasar un buen rato de acá para allá, yendo del laboratorio al invernadero y viceversa para hacerse preguntas sobre sus respectivas investigaciones, él había terminado instalándose en el invernadero del espino para trabajar en el mismo espacio que ella.

Sonder, que no se había molestado en ponerse guantes, se estaba limpiando los huecos entre los dedos.

—Joder, me he manchado la manga. —Se había arremangado hasta el codo, así que Atta se preguntó si habría metido el brazo entero en la caja torácica del cadáver—. ¿Ves? Por eso siempre voy de negro en la Aquiles.

—¿Has descubierto algo relevante?

—No. —Sonder se sentó en la silla que habían traído desde la casa y se apartó el pelo de los ojos con el dorso de la muñeca—. No entiendo por qué algunos cuerpos dan flores y otros no. La presencia de vegetación debe de ser el motivo por el que la Agamenón los está enterrando.

—Plantando, querrás decir —apuntó Atta.

Sonder ladeó la cabeza mientras lo consideraba.

—Supongo que tienes razón, pero ¿por qué? ¿Por qué les salen flores? ¿Por qué los poseen en primer lugar? ¿Y si las plantas son un indicio de que la posesión no ha tenido éxito?

Atta se incorporó y se sacudió los pantalones de cuadros.

—En mis… visiones, si quieres llamarlas así, he visto retazos de un lugar extraño. Es hermoso y está plagado de todo tipo de vegetación, pero la putrefacción siempre acaba encontrando la manera de colarse en el paisaje.

Sonder se rascó la barba incipiente de la mandíbula y, durante un breve instante, Atta se distrajo pensando en cómo sería tocarla con los dedos, con los labios.

—¿Quieres decir que su mundo se está muriendo?

Atta no quería decir eso, pero la sugerencia la hizo reflexionar.

—¿Y ahora quieren hacerse con el nuestro? —propuso, a modo de hipótesis, para valorar su reacción.

Él permaneció en silencio un buen rato, sumido en sus cavilaciones.

—¿Estarán tratando de controlar nuestros cuerpos para convertirse en nosotros o…?

Atta ahogó una pequeña exclamación.

—«Seres humanos en un crisol».

—¿Cómo dices?

—«Seres humanos en un crisol» —citó de nuevo—. Es una frase del ensayo sobre folclore irlandés de W. B. Yeats. Se me quedó grabada en cuanto la leí.

Sonder se puso de pie con un brillo en la mirada.

—Atta, ¿para qué se utilizan los crisoles? —Movió las manos mientras hablaba y empezaba a caminar de un lado a otro—. Tanto en la ciencia como en la alquimia. ¿Para qué se usan?

Una descarga de agitación recorrió a Atta.

—Para calentar, para fundir…

—¿Con qué fin? —insistió Sonder, adoptando, como siempre, el papel del profesor que se desvive intentando que sus alumnos lleguen a la respuesta por su cuenta.

—Crear algo nuevo. —En cuanto Atta pronunció aquellas palabras, sus ojos se encontraron—. Sonder. —Pronunció su nombre como si fuera una pregunta. Un temor. Una chispa de emoción.

—Hay que parar esto. Creo que cada vez están más cerca de conseguirlo.