Atta
N ecesitaban un paciente vivo. Esa era la pieza del rompecabezas que les faltaba.
«¿Y si las víctimas de la peste no están infectadas?», había dicho Sonder. Pero ¿cuál era la otra opción?
—Venga, dame algo.
Al susurrar aquello, se acordó de la rima de un viejo cuento de hadas:
—No bajes la guardia, corazón inmaculado. Quien busque encontrará lo que yo he extraviado.
Acababa de escoger una página al azar cuando oyó la voz de Emmy desde la sala común, seguida del estruendo de la puerta de entrada al cerrarse de golpe.
—Attaaaa —canturreaba—. ¡Ariatne, querida! —Emmy se asomó a su habitación con una exagerada mueca de desaliento—. Tengo que ir a la biblioteca a estudiar, pero no veas la que está cayendo. Ven conmigo, por favor, que me da miedo ahogarme por el camino.
Atta se rio, pero no dudó en coger su cartera y meter sus libros dentro.
—Está bien, dame dos minutos.
—¡Gracias! Eres mi salvadora, mi nubecilla de tormenta. Seré tu sol si tú aceptas ser mi lluvia.
—Eres incorregible, Em.
La interpelada se rio.
—No estoy hecha para una ciudad tan lúgubre como Dublín, sino para la soleada Venecia.
—Dublín no es lúgubre, solo melancólica. Aquí la luz no la irradia el sol, sino sus habitantes. —Atta le dio un golpecito en la nariz—. Como tú.
—Ya, ya. Sé que soy maravillosa. —Emmy ayudó a Atta a recoger sus materiales de estudio y le metió un par de bolígrafos en la cartera mientras la otra se ponía los zapatos—.
¿Este lo vas a necesitar? —Señaló con un dedo el libro que Atta acababa de abrir y, cuando se inclinó sobre él, torció el rostro en una mueca horrorizada—. Madre mía, qué desagradable.
Tras atarse los cordones de sus Oxford, Atta se levantó de la cama para ver qué era lo que tanto había disgustado a su amiga.
—Ah. —Marcó la página con un tallo seco de lavanda y cerró el libro—. Es el capítulo sobre posesiones.
Emmy arrugó la nariz.
—Qué bien.
Les dejaron una nota a los chicos en la que les proponían que se reunieran con ellas en el Buttery para picar algo antes de las clases de la tarde, y se fueron a la biblioteca.
Atta sugirió que se sentaran en la mesa de una fila muy concreta donde, sin saberlo, había posado la mirada por primera vez en cierto profesor casi una década antes.
Emmy se pasó más de tres minutos quejándose de que la lluvia le hubiera estropeado el pelo y no sacó sus materiales hasta que una persona que estaba sentada en la siguiente fila se acercó de mala gana y la mandó callar. Por fin, las dos se sumergieron en su trabajo.
Atta voló directa a la página que había dejado marcada tras recitar la curiosa rima del cuento de hadas.
Entonces descubrió que formaba parte del inicio de un capítulo sobre posesiones que recordaba haber visto cuando estudiaba la carrera, pero al que no le había prestado mucha atención, solo la justa para aprobar el examen correspondiente.
La imagen que tanto había espantado a Emmy era un cuadro que inmortalizaba a la hermana Palmerín, una monja que había sido poseída después de que Urbain Grandier, un sacerdote católico, hiciera un pacto con el diablo.
La pobre aparecía postrada sobre una cama, aterrorizada ante un demonio alado que solo ella podía ver.
Atta siguió leyendo, deteniéndose para examinar las ilustraciones del supuesto pacto entre Grandier, Satanás, Leviatán, Astaroth y otros tantos demonios menores.
La siguiente página le heló la sangre tan pronto como posó la vista en ella.
En el cuadro aparecía una mujer tirada en el suelo, con la espalda arqueada y los ojos en blanco.
Un sacerdote se alzaba ante ella, y un resplandeciente icono de la Virgen María iluminaba a unos diablillos alados que le habían brotado del pecho.
Atta acercó el libro a la luz para verlo mejor y, por primera vez, se fijó en que las venas de la mujer estaban negras y le trepaban por el cuello como enredaderas.
Las bestias le habían abierto el pecho de par en par y, en lugar de un corazón anatómicamente correcto, tenía una rosa ensangrentada.
La adrenalina se mezcló con el hielo que le inundaba las venas cuando se encorvó para inspeccionar a los diablillos más de cerca. Salvo por los cuernos, eran casi idénticos a las hadas.
Atta ahogó una exclamación. ¿Y si resultaba que no eran diablillos?
—Tengo que irme.
Barrió la mesa con el brazo para recoger sus cosas y las apretó contra su cuerpo mientras salía de la biblioteca a toda prisa, desoyendo a Emmy, que la llamaba desde lejos.
Cuando irrumpió en el despacho de Sonder, tanto ella como sus cosas estaban empapadas y goteaban.
Sonder se levantó de su silla tan deprisa que la taza de café que estaba tomando cayó al suelo y se rompió.
—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
Ella no respondió. Respirando con dificultad, cerró de un portazo con el pie, soltó todas sus cosas en el suelo y se arrodilló para extenderlas a su alrededor.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Sonder, agachándose a su lado.
Atta continuó sin responder. Abrió el libro por la página del cuadro, señaló las bestias y lo miró.
—Atta, ¿qué pasa?
—¿Y si no son demonios, sino hadas?
—Lo que dices no tiene sentido…
—¿Y si la peste no es una infección sino una posesión? ¿Y si no estamos hablando de infectados sino de huéspedes? —Sonder la miró confundido mientras seguía hablando—. Piénsalo. Esas monedas tan raras, la vegetación… ¿De dónde viene todo eso?
Sonder se quedó boquiabierto. Su mirada voló de Atta al cuadro, y levantó el libro para verlo mejor.
—Las venas del cuello…
—Y mira el corazón.
—Dios santo. —Sonder se sentó sobre los talones—. Atta, esto es una locura.
—Pero sabes que tengo razón.
—Yo… —La conmoción le había grabado grandes surcos en el rostro—. Sí, creo que sí.
—Necesitamos un paciente vivo, Sonder. Un huésped vivo.
—Primero tenemos que entender por qué está ocurriendo esto, qué podrían querer de nosotros y cómo nos seleccionan. También necesitamos más cadáveres.
—Sonder.
Cuando la miró y vio su expresión, la sorpresa y la fascinación que sentía se tornaron en desconcierto.
—¿Qué pasa?
—Hay algo que no te he contado. Sobre el corazón de tu madre. Y…
Atta apartó el rostro, pero él le tomó la barbilla entre los dedos y, suavemente, la obligó a mirarlo a los ojos.
—Tranquila.
—Es lo de mis migrañas. Creo…, creo que vi la muerte de Lauren Kennedy antes de que ocurriera. También vi a tu madre, riendo en mi habitación. Y luego la vi morir.
Un millar de emociones atravesaron el rostro de Sonder. Miedo, rabia, estupefacción.
—No lo entiendo. ¿Como…, como si fueras una médium?
No se le había pasado por la cabeza ponerle nombre. No había tenido tiempo siquiera de considerar cuál era su conexión con todo aquello.
—No lo sé. —Atta se frotó los ojos—. ¿Soy una médium feérica? —Se le escapó una risotada salvaje—. Tal vez.
—¿Y qué pasa con el corazón de mi madre? —preguntó Sonder, cambiando de tema.
—Lo vi. Estaba ennegrecido pero intacto.
A Sonder se le desenfocó la mirada, y entonces un brillo que Atta no logró interpretar surcó sus ojos.
—Eso es imposible.