El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

T rató de disimular lo mucho que le temblaban los dedos.

—Venga, te llevo a casa.

Aunque se esforzó por sonreír, sabía que no conseguiría engañar a Atta. Tenía demasiadas cosas rondándole la cabeza y el alma.

Tomó el camino más largo hasta la ciudad, y, sin que se diera cuenta, las tumultuosas olas de sus pensamientos lo arrastraron hacia la costa. El sol ya se había puesto cuando detuvo el coche en el aparcamiento frente al puerto. Atta lo miró por fin.

—¿Dónde estamos?

—En Dun Laoghaire. En ese puesto de ahí preparan un fish and chips para chuparse los dedos. —La joven siguió la trayectoria de sus ojos hasta una caseta destartalada que parecía llevar generaciones resistiendo al paso del tiempo—. No has comido nada.

—Me vendría bien picar algo. —Atta esbozó una sonrisa que, pese a no ser muy amplia, hizo que a Sonder le diera un vuelco el corazón.

Ambos se arrebujaron en sus respectivos abrigos para protegerse de la brisa marina mientras Sonder pedía dos raciones y dos Guinness.

—¿Qué está pasando en la playa? —le preguntó al hombre que los atendió.

—¡Ah, hoy se celebra el Samhain! —gritó el hombre para hacerse oír por encima del viento y del alboroto de la gente que abarrotaba la orilla—. Dicen que van a encender una hoguera y toda la pesca.

Sonder cogió las bebidas y se reunió con Atta en la mesa de pícnic que había encontrado tras una amplia roca. Ella le dio las gracias, pero no apartó la vista del agua.

—Hoy es Halloween —comentó—. No me había dado cuenta.

—Están a punto de encender una hoguera en la playa.

Cuando ya le habían dado un par de bocados al pescado frito, la fogata prendió con un rugido. La muchedumbre imitó el sonido mientras se ponían máscaras y repartían cerveza y comida.

—Ah —suspiró Atta—, esto está mejor.

Una luz cálida le iluminaba el rostro.

—¿Lo dices por la hoguera o por la comida?

—Por las dos cosas. —Sonrió—. La compañía tampoco está mal.

—Escucha, Atta…

Pero ella levantó la mano para interrumpirlo.

—No. No quiero que me digas que te arrepientes de haberme metido en esto, que es muy peligroso o que estamos jugando con fuego.

—No voy a…

—Era eso lo que me ibas a decir, ¿verdad?

Con otras palabras, quizá. Puede que el resto del mundo te vea como un hombre taciturno y misterioso, pero a mí no me engañas.

Ya no. Además, esto va mucho más allá de nosotros.

¿Por qué no iba a desatarse una revolución gracias a una sola persona?

¿A una sola decisión? ¿Y por qué no iban a poder dos personas provocar un cambio?

Hay quien dice que un único hombre nos salvó a todos, y nuestro pasado, presente y futuro.

Hay quien dice que la toma de la Bastilla dio pie a la Revolución francesa, que Shakespeare transformó la lengua inglesa o que los Beatles supusieron un punto de inflexión para la música.

Todo sería distinto si asumiéramos ese puto miedo que tanto nos paraliza y lo usáramos para motivarnos.

Sonder la miró. Con el viento revolviéndole la melena, le recordó a una aparición. A una oscura reina de las hadas. «Joder». Se estaba enamorando de ella.

—¿Y bien? —insistió la joven, con una buena dosis de insolencia—. ¿Qué tienes que decir ante eso?

—¿Qué propones que hagamos primero, oh, voz de la sabiduría?

Ella lo miró con mala cara, pero relajó la postura.

—Necesitamos un paciente vivo.

—Atta…

—Para. No hagas eso. No intentes disuadirme.

—¿Quieres dejarme terminar una sola frase por lo menos?

—Está bien.

Cuando Atta se cruzó de brazos y volvió el rostro, Sonder intentó seguir molesto con ella; pero le resultó imposible al ver lo bien que le sentaba el abrigo que le había prestado.

—Puede que eso nos lleve un tiempo. Aunque conocemos los síntomas de la peste, cuando los detectamos ya suele ser demasiado tarde.

Atta se estremeció y Sonder se quitó el abrigo y se lo colocó sobre los hombros, dejándola enterrada bajo dos prendas que le quedaban demasiado grandes.

—Acerquémonos un poco al fuego para que entres en calor —sugirió.

—Hay demasiada gente. ¿Por qué no nos marchamos ya?

Una punzada de decepción atravesó a Sonder. Sabía que hacía frío y que era tarde, pero aún no estaba preparado para darle las buenas noches.

—Claro.

Una vez dentro del Capri, Sonder puso la calefacción al máximo para que Atta dejara de temblar, y ella retomó la conversación donde la habían dejado.

—Sé que los síntomas más típicos no aparecen hasta que ya no hay esperanza, pero ¿y si logramos hablar con alguna persona infectada antes de que muera? Para tomar notas e intentar hacer algo por ella.

Sonder sujetó el volante con más fuerza.

—Tengo algunas notas que tomé durante los últimos días de mi madre, y puedo recopilar las que he ido recabando en la Casa Aquiles. Si lo combinamos todo con mis observaciones sobre el invernadero y tu investigación…

—Sería un buen punto de partida para empezar a atar cabos. Pero creo que vamos a necesitar un paciente vivo de todas maneras.

—Veré lo que puedo hacer.

Sonder detuvo el coche en el aparcamiento. Atta agarró la manilla de la puerta y le dedicó una sonrisa burlona.

—No tienes por qué esperar a que entre. Me parece que eres el único por aquí con intención de secuestrarme.

Sonder ahogó una carcajada.

—Y, sin embargo, eso no me tranquiliza en absoluto. Ah. —Se sacó una navaja del bolsillo y se la ofreció—. Toma. En caso de que ese cabrón de Domhnall vuelva a acercarse a ti.

—Llevar este tipo de armas es ilegal —respondió ella, aunque la aceptó igualmente.

—Violar también lo es, y todavía hay hijos de puta que lo siguen intentando.

Atta frunció el ceño, pero se guardó la navaja en su abrigo (prestado).

—Buenas noches, Sonder.

—Que duermas bien, Atta.