El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

El pulso le tronaba en los oídos. Se obligó a apartar la mirada del invernadero y posarla en Sonder.

—Ah. —Él se quitó el abrigo y se metió las manos en los bolsillos de los pantalones.

Parecía más nervioso aún que cuando la había arrastrado a las sombras para decirle que quería enseñarle algo—.

Se podría decir que representa la última gota de cordura que me queda yéndose al garete.

—Se pasó una mano por el pelo con una sonrisa en los labios—.

Pero yo prefiero llamarlo «mi investigación».

—Este es el epicentro —explicó Sonder—. Parece que toda la vegetación brota de este cuerpo. Cuando leí tu trabajo sobre el micelio y la manera en que se relaciona con su entorno, con las plantas que lo rodean, caí en la cuenta de que eso explicaría todo esto.

—¿Por qué me has mostrado esto? —le preguntó, estupefacta.

—Porque creo que esta es la pieza que te falta para encontrar la manera de erradicar la peste.

Atta dio un respingo.

—¿A mí?

—Sí, a ti. Creo que hay algo que estamos pasando por alto, y que la clave radica en las plantas.

Sabes tan bien como yo que esto no es un fenómeno natural.

De nuestros pulmones, corazones u otros órganos no brotan flores.

En nuestro interior no crecen cosas ajenas a nuestro…

—movió las manos, paseándose de un lado para otro ante un árbol de hoja perenne— nuestro planeta.

Atta notaba su propio pulso latiéndole con fuerza en las palmas de las manos, en la garganta, en el pecho.

—No soy ningún experto en botánica, pero sé que estas plantas no son naturales.

Que de las tumbas recientes no brotan estas cosas, que la vegetación normal no saca los cadáveres de las profundidades de la tierra pese a haber sido enterrados como es debido.

Atta… —Se frotó la mandíbula y, luego, el pelo, dejándoselo todo revuelto—. ¿Y si…? —Se interrumpió una vez más.

—Escúpelo ya, Sonder.

Dejó de deambular y la miró a los ojos.

—¿Y si las víctimas de la peste no están infectadas?

—¿Qué quieres decir? —A Atta se le habían pasado todo tipo de locuras por la cabeza, por supuesto. Pero no eran más que eso…, locuras.

—Aquí hay algo que va más allá. La peste no se comporta como los virus o las enfermedades normales. No es contagiosa, escoge a los humanos de manera aparentemente aleatoria. ¿Y si no estamos lidiando con una infección o una enfermedad, sino con algo distinto?

—Lo que dices suena a los desvaríos de un loco, doctor Frankenstein.

—Por supuesto. Pero tiene sentido, ¿no te parece?

Lo tenía. Madre mía, lo tenía de verdad.

—Sonder, ¿de dónde has sacado estos cadáveres?

—Puede que ahora sea el momento en que sales huyendo y me denuncias a la policía. Joder, puede que incluso me encierres en un loquero.

—Son tus padres, ¿no?

Sonder asintió, sombrío.

—Eso me temo.

A Atta se le rompió el corazón por él. Por sus padres. Por la belleza que había derivado de su muerte. Porque aquello no distaba mucho del beso de Julieta, de la decapitación de Macbeth o del asesinato de Desdémona. Tampoco del dolor de Aquiles ante la muerte de Patroclo.

—Lo siento muchísimo, Sonder.

El viento aullaba fuera del invernadero. Sonder se dejó caer sobre un taburete, un gesto que lo hizo parecer más mayor y, de alguna forma, también más joven.

—Lo siento —susurró haciéndose eco de las palabras de ella—. Nunca le había enseñado este sitio a nadie antes.

Atta se acercó y deslizó su mano en la de él. Sonder se aferró a ella sin pensárselo dos veces, como si fuera lo único capaz de mantenerlo a flote.

—Volvamos a la casa —le dijo ella.

Sonder la guio, todavía algo conmocionado, a través de la finca.

Atta sentía cómo su propia melena, revuelta por el viento, le azotaba el rostro.

Una vez dentro de la gélida mansión, sin haberle soltado aún la mano, dejó que la guiara hasta una nueva estancia, que hizo que se le encogiera todavía más el corazón.

Si su despacho en el Trinity le había parecido un adusto refugio académico que encapsulaba su esencia a la perfección, el estudio que tenía en casa era la severidad draconiana hecha estancia.

Las paredes revestidas de negro, el mobiliario de aspecto masculino hecho de cuero y madera oscura, los numerosos frascos con órganos flotando en etanol…

Todo aquello constituía un homenaje a Sonder Murdoch.

Sonder le apretó la mano antes de soltársela.

Luego sirvió dos whiskies sobre un aparador, se hundió en una desgastada butaca de cuero y le tendió uno de los dos vasos a Atta.

Ella lo aceptó, pero lo dejó en una mesita auxiliar para poder prender la chimenea.

En su ensimismamiento, solo habían encendido la de la biblioteca.

Cuando el fuego ya crepitaba con fuerza e iluminaba todos los ángulos del rostro de Sonder, Atta se sentó sobre la mesita de café, ante él.

—Cuéntame lo que pasó.

Él se acabó el whisky y se desabrochó el cuello de la camisa.

—Por aquel entonces, yo vivía en el condado de Cork y estaba a punto de regresar a Dublín.

Acababa de conseguir el puesto de profesor de Anatomía Patológica, después de presentar ante el tribunal un fluido embalsamador que yo mismo había desarrollado.

Con él se podían preservar los cadáveres durante más días de lo normal.

—Se frotó los ojos con el pulgar y el índice—.

La idea era proporcionar a los anatomistas y los patólogos más tiempo para llevar a cabo sus autopsias. Nada más.

Hizo una pausa para rellenarse el vaso.

—Esto fue hace poco más de seis años. Mi plan era regresar al Trinity y comenzar mi carrera, pero entonces recibí una llamada de mi padre: me pidió que me trasladara aquí, a la Mansión Murdoch.

Estaba preocupado por mi madre, que había enfermado, y ella quería que yo estuviera a su lado.

Como es natural, la noticia me dejó aterrorizado.

Mi madre, la mujer tenaz y brillante que prácticamente me había echado de casa a patadas para que explorara el mundo y encontrara una vida que me hiciera feliz, me estaba pidiendo que regresara con ella, que volviéramos a compartir techo.

»El Trinity ya me había adjudicado un alojamiento en Dublín, pero les dije al rector y al decano de la Facultad de Medicina, Lynch, que prefería vivir fuera de la ciudad, y no pusieron pegas.

Cuando llegué de Cork… —Sonder cogió el vaso de Atta y se lo bebió de un trago antes de devolverlo a la mesa con un tintineo—.

Nunca había visto a una persona viva que pareciera estar muerta.

Me bastó con echarle un solo vistazo a mi madre para saber que, a lo sumo, le quedaban unos días.

No me aparté de su lado ni por un momento. Intenté salvarla, pero…

Atta le estrechó la mano mientras se le formaba un nudo en el pecho. Esa debía de ser la razón por la que odiaba que lo llamaran «doctor Murdoch».

—Se despertó en dos ocasiones. En la primera me dijo que se alegraba de verme, y que nos quería mucho a mi padre y a mí.

En la segunda volvió en sí aterrorizada.

Irreconocible. E incapaz de reconocernos a nosotros.

—Se pasó un dedo por el borde de las gafas—.

Falleció aquella misma noche. —Carraspeó—.

Corrí al piso de abajo a llamar al forense y, cuando volví a su habitación, me encontré a mi padre muerto a su lado, con las mejillas todavía húmedas por las lágrimas.

Se había bebido un frasquito de mi fluido embalsamador.

—Le falló la voz al pronunciar aquella última palabra, y Atta le tomó una mano entre las suyas—. Lo mató en el acto.

De poco servirían las palabras de apoyo. No había nada que pudiera decir. Nada que pudiera aliviar aquel indescriptible dolor. Así que Atta guardó silencio sin soltarle la mano, y él se lo permitió.

—Mi madre siempre dijo que no quería un velatorio. Que su único deseo era que la enterraran bajo el viejo espino de tronco retorcido que teníamos en la finca. Y eso hice. Los enterré el uno al lado del otro. Dos amantes alimentando la arboleda en una tumba compartida.

Sonder se aferró a las manos de Atta con fuerza, y permanecieron así durante un rato, hasta que la soltó y señaló el collar que le había puesto antes.

—Le habrías caído bien a mi madre. Ella tampoco se dejaba pisar por nadie, y tenía una mente brillante e indomable.

Extendió la mano para sostener el lacrimatorio entre los dedos, y sus nudillos le rozaron el esternón a Atta.

La calidez de su mano hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

Sonder soltó el frasquito con cuidado, para que volviera a descansar sobre su pecho, y luego se incorporó y se quitó la corbata suelta.

—Ven conmigo.

—¿A dónde vamos?

Él cogió un cuaderno y un bolígrafo de su desordenado escritorio y se los ofreció.

—Ahora que ya estás al tanto de mi triste historia, es hora de que tomes esas notas que tanto te mueres por tomar.

¿Cómo era posible que la conociera tan bien después de solo un par de meses? Atta tenía la sensación de que Sonder era capaz de asomarse a las profundidades de su alma y leerla como un libro abierto.

Aceptó los materiales, agradecida, y lo siguió de vuelta a la arboleda de espinos.

Sin embargo, antes de salir, Sonder se detuvo ante un vestidor más grande que la habitación de Atta en la residencia y le ofreció un chaquetón de lana que olía a él, porque ambos se habían dejado los abrigos en el invernadero.

Atta se arrebujó en él mientras Sonder se ponía otro casi idéntico, de color verde oscuro.

El sol se encontraba ya más bajo, y la temperatura había descendido de manera drástica a causa del viento.

Sin embargo, aunque el cielo se estaba empezando a encapotar, no parecía que fuera a llover con muchas ganas todavía.

En cuanto entraron en el magnífico invernadero de hierro y cristal, se quitaron los chaquetones y los dejaron encima de los abrigos que habían abandonado antes.

—No sabía que tuvieras tan buena mano con las plantas —comentó Atta, pasando las hojas del cuaderno, abarrotadas de notas anatómicas, para encontrar una en blanco.

—Y no la tengo. —Atta lo miró—. En absoluto. Todas estas plantas han crecido sin ninguna ayuda.

—Pero aquí dentro hace la temperatura perfecta para este tipo de vegetación. —Echó un vistazo alrededor, pero nada tenía sentido—. No hay lámparas de calor.

—Como te he dicho, los cadáveres comenzaron a dar flores antes de que me percatara de lo que pasaba. Cuando vine a visitar su tumba, toda esta vegetación ya estaba bien crecida.

Atta tomó notas frenéticamente mientras deambulaba por el invernadero y se acercaba a algunas plantas para tocarlas o plasmarlas en un boceto.

La mayoría pertenecían a especies bastante similares a las que ya conocía, pero, igual que con las plantas que habían encontrado en Lauren y los cuerpos de los desconocidos, no era capaz de identificarlas con seguridad.

Se abrió paso con cuidado a través de una maraña de hojas de aspecto casi acuático para aproximarse al lugar donde yacían los huesos de la madre de Sonder, arrancados de la tierra y encajados en el viejo espino.

Sabía que era ella y no su marido porque el hueso del dedo anular izquierdo lucía un hermoso anillo. El mismo que había visto en el retrato. Se volvió hacia Sonder.

—¿Te importa si…? —Señaló con el bolígrafo a su madre.

—En absoluto. Haz lo que tengas que hacer.

Pero Atta lo pilló dándose la vuelta justo cuando se agachó para examinar de cerca el brazo.

Siguió los huesos hasta encontrar la caja torácica, cubierta de micelio y musgo.

Ojalá pudiera ver el corazón. O el lugar que ocupaba antes.

Aquel debía de ser el núcleo no solo del cuerpo en sí, sino también del micelio. Su centro de control.

Utilizó el bolígrafo para, con suma delicadeza, tocar el minúsculo sistema de raíces, responsable de todo aquel follaje. Tras unos instantes, se las arregló para abrirse camino hasta vislumbrar el lado izquierdo de la caja torácica.

Ahogó una exclamación. El corazón seguía ahí, más de seis años después. Estaba negro como el carbón y recubierto de sangre coagulada, tan espesa y granulosa que se había convertido en tierra fértil para el micelio. Pero era imposible…

—¿Atta? —la llamó Sonder, desde algún punto que sonaba más alejado de lo que esperaba.

Se le resbaló la mano.

Debería haberse puesto guantes.

Aquello fue lo último que pensó antes de que el dolor le abrasara los ojos. Antes de que todo se volviera verde a su alrededor para después adquirir un negro sanguinolento y un blanco cegador.

Una mujer. Una mujer frágil y hermosa. Olivia Murdoch se marchitaba en su cama de sábanas blancas, manchadas de sangre infectada.

Llamaba a alguien. A su hijo. La visión cambió.

La blancura se transformó en un bosque de niebla y helechos cubiertos de nieve.

Unos dientes plateados, tan afilados como dagas, se lanzaban a por su cuello.

Atta sacó la mano de la caja torácica de Olivia y, al retroceder con torpeza, quedó atrapada entre las enredaderas.

Sonder apareció a su lado al instante y comenzó a cortar las plantas con un machete.

—¡No! —exclamó la joven, aunque él ya casi había terminado de abrirse paso hasta ella.

Entonces oyó un siseo, una voz en su cabeza.

«Sácales los ojos y desgárrales el corazón. Danos cuanto se nos antoje sin más dilación».

—¿Te encuentras bien? —Sonder tiró de ella hacia atrás, hasta una zona libre de zarzas.

—Sí, no te preocupes. —Atta se llevó la mano al pecho—. ¡Ay, no! La cadena de tu madre se ha roto.

Corrió de vuelta al lío de tallos partidos con Sonder pisándole los talones, pero ambos se detuvieron en seco.

No les hizo falta buscar el frasquito. Se había caído al suelo de piedra y, al romperse, las lágrimas de los difuntos se habían derramado sobre una hoja que ahora se marchitaba, se pudría ante su mirada atónita.

—Salgamos de aquí.

Sonder agarró a Atta de la mano y tiró de ella hasta el gélido exterior.

Ella apretó el cuaderno contra su pecho, arrebujándose en el abrigo de Sonder, y dejó que la condujera hasta el interior de la casa, donde cerró la puerta con llave.