El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta #3
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Atta #3

Sonder se separó de la puerta y se dirigió a uno de los rincones que Atta todavía no había tenido la oportunidad de admirar.

—¿Me tomas el pelo?

Sonder tiró de una escalera corredera, que llegaba hasta el techo y se movía por todas las filas de libros.

—Ya sabes que yo no suelo bromear, a stór .

Atta se giró hacia él al oír aquel apelativo cariñoso que le había dado por utilizar para referirse a ella.

—¿No necesitarás por casualidad una bibliotecaria que se quede aquí de interna?

Sonder dejó escapar una carcajada profunda y sincera que casi hizo que a Atta le estallara el corazón.

Pasaron la siguiente hora sacando libros de las estanterías para enseñárselos el uno al otro y comentarlos.

Entonces el reloj de pie del rincón dio la una, y Atta reparó de pronto en el hambre que tenía.

Estaba a punto de sugerir que fueran a prepararse algo de comer cuando una vitrina repleta de cachivaches llamó su atención.

No, no eran cachivaches, sino pequeños frasquitos decorados con filigranas. Los había de distintos colores, formas y tamaños, y colgaban de finas cadenas.

—¿Y qué te parece este? —Atta oyó la voz de Sonder desde el otro lado de la estancia, justo antes de que sus zapatos golpearan el suelo de madera a medida que se aproximaba a ella por detrás—. El crepúsculo celta .

—Lo tengo en mi estantería de la Casa Briseida —contestó ella por encima del hombro.

—Ah. —Sonder le habló casi al oído—. Esa es la colección de mi madre.

—¿Qué son? —Atta pasó un dedo por el borde de madera de la amplia vitrina, forrada de terciopelo.

—Lacrimatorios.

Ella lo miró.

—¿Eso son las botellitas que utilizaban los dolientes para guardar las lágrimas de sus seres queridos?

—Chica lista. Sí, mi madre decía que no solo permitían recordar a los difuntos, sino que servían como un magnífico amuleto de protección.

Pasó años coleccionándolos. Toma. —Abrió la tapa de la vitrina y escogió una botellita de un intenso color ámbar decorada con enredaderas de filigrana que trepaban desde la parte inferior hasta el intrincado taponcito superior.

El hermoso frasquito se meció colgando de su cadena—. Date la vuelta.

Demasiado impactada para rechistar, Atta se colocó de espaldas a él y se echó el pelo hacia delante, por encima de un hombro, cuando él abrió el cierre de la cadena.

Entonces Sonder la rodeó con los brazos; y su cercanía, el embriagador aroma que desprendía, el roce de su pecho contra su espalda, hicieron que a la joven le diera vueltas la cabeza.

Le abrochó el collar con suma delicadeza, acariciándole la nuca con los nudillos; Atta jamás se había alegrado tanto de no haberse puesto un jersey de cuello alto.

—Ya está —dijo, tocándole suavemente los hombros para darle la vuelta—. Te queda bien. —Atta lo miró, incapaz de pronunciar una sola palabra, y él se aclaró la garganta—. Bueno, será mejor que te enseñe ya por qué te he traído aquí, ¿no crees? Vamos a por los abrigos.

—¿Tu madre también vivió en la habitación verde de la Casa Briseida? —le preguntó Atta de camino al recibidor.

—Sí, eso es. Tanto mi madre como mi padre se alojaron allí, al igual que yo. Mi familia lleva mucho tiempo vinculada a ese edificio y a la Sociedad.

Sonder no le preguntó cómo sabía lo de su madre o por qué se lo había preguntado, y Atta lo agradeció.

Cruzaron la finca envueltos en sus bufandas, en un intento de protegerse del gélido viento invernal que arrastraba la lluvia hasta ellos.

El jardín y el bosquecillo quedaban ocultos tras la niebla, así que resultaba difícil distinguir nada.

Sin embargo, en la distancia, se alzaba un descomunal espino, cuyas ramas desnudas sobresalían como brazos huesudos entre la bruma.

Su tronco era una masa de madera retorcida, y tenía un agujero abierto en el centro, como si de una caja torácica se tratara.

—El espino —dijo Atta, levantando la voz para hacerse oír por encima del viento.

Sonder miró hacia donde ella señalaba, cubriéndose las orejas con la bufanda.

—Ah, ese es el árbol más viejo de nuestros terrenos, pero no te he traído hasta aquí para ver eso.

Un instante más tarde, Atta volvió a quedarse muda de asombro.

Una estructura de vidrio esmerilado e intrincados diseños de hierro negro se alzaba ante ellos, casi tan alto como la propia mansión.

Sonder abrió la puerta, que era una obra de arte en sí misma, y Atta vio las… plantas. Muchísimas plantas.

—¿Es un invernadero? —preguntó, estupefacta.

—Exacto. Entra a echar un vistazo.

Sonder le sujetó la puerta para que pasara y ella se adentró en el edificio.

El calor artificial y la presencia de flora salvaje que no había visto nunca consiguieron que se olvidara del frío que había sentido hasta hacía un momento.

Aquello era una auténtica jungla. Había plantas vasculares similares a helechos apeloto­nadas en el suelo; varios tipos de enredaderas repartidas por las paredes y el techo de cristal; flores de colores indescriptibles desperdigadas por doquier, salpicando aquel hermoso caos.

Y más allá, al final de un camino de piedras cubierto de maleza, se alcanzaba a entrever un tronco y un brazo esquelético, sostenido por la hiedra.