Atta #2
Sonder la guio por el recibidor, de suelo de madera oscura y paredes empapeladas con flores de tonos medianoche, antes de dejar las llaves en un antiguo gancho de latón al lado de la puerta.
Luego se quitó el abrigo y, una vez que lo hubo colgado en un perchero, se ofreció a coger el de Atta.
Ella se lo quitó muy despacio, absorta como estaba admirando la casa.
Sonder la condujo en silencio a otra habitación que la dejó sin aliento.
Una de las paredes se componía enteramente de ventanas divididas con parteluces e interconectadas por medio de volutas de hierro negras.
Por lo demás, el salón consistía en una colección magistral de obras de arte y objetos peculiares, que no tenía nada que envidiarle al Louvre o al archivo del Vaticano.
Las paredes eran de color carbón, tan oscuras que casi parecían negras, aunque apenas quedaba espacio entre las estanterías y los cuadros como para apreciarlo.
Atta se detuvo primero ante el retrato de una mujer de espaldas, sola en una playa bajo la luz de la luna; luego pasó al de un hombre desdibujado, con el rostro enterrado entre las manos. Notaba cómo Sonder la observaba en silencio, permitiendo que se empapara de cada rincón de su hogar.
Una parte de ella se preguntó si dejaba hacer aquello a las mujeres con frecuencia, si les permitía entrar en el corazón de su hogar.
Sin embargo, todos aquellos pensamientos se esfumaron cuando dejó atrás una de las dos estanterías que llegaban hasta el techo para contemplar la pintura que había entre ellas.
Era casi tan alta como la propia Atta y cuatro veces más ancha.
Mostraba a un hombre de aspecto estoico, más joven que Sonder pero clavadito a él, de pie junto a una mujer preciosa; esta última era la viva imagen del romanticismo, con su vestido verde oliva y sus rizos cobrizos cayéndole con elegancia por encima de un hombro.
Mientras que él era todo seriedad, ella estaba radiante y lucía una de esas sonrisas capaces de iluminar toda una estancia.
Sonder tenía los mismos ojos que ella, cautivadores y de color avellana.
—Edmund y Olivia Murdoch —susurró Sonder—. Mis padres.
Atta se volvió para mirarlo al reparar en la tristeza de su voz.
—No…
—La peste se los llevó.
A Atta se le partió el corazón.
—Sonder, lo s…
Él levantó la mano para que no siguiera hablando y le ofreció una sonrisa amable que no se reflejó en su mirada.
—No pasa nada. Supongo que ahora entiendes mejor mi obsesión con la peste.
Ella asintió y volvió a contemplar el retrato una vez más antes de continuar.
Después, pasó a una enorme escultura de una mujer desnuda; tenía la cabeza echada hacia atrás, aunque resultaba difícil adivinar si se trataba de un gesto de placer o de dolor.
Los brazos le colgaban inertes a los costados, y había un hombre arrodillado ante ella, aferrándose a su cintura y a su hombro con todas sus fuerzas, con los músculos tensos y apretando la cabeza contra su abdomen, como si tratara de evitar que se elevara hacia el cielo.
A Atta se le saltaron las lágrimas.
—¿Cómo se llama esta estatua? —preguntó sin aliento.
—Es una réplica de Anhelo fugaz , de Ruperto Banterle. —Sonder se detuvo a su lado—. La auténtica custodia el Cementerio Monumental de Verona.
Permanecieron en silencio unos instantes mientras admiraban la escultura, que casi parecía tener vida propia.
—Me gusta pensar que el alma de la mujer está ascendiendo a los cielos, pero que él no es capaz de asumir su pérdida —murmuró Sonder un poco más tarde.
—Por eso está intentando sujetarla, para que no se vaya —concluyó Atta, experimentando la misma sensación que cuando había posado la vista en la estatua por primera vez.
Sonder emitió un ruidito de conformidad desde las profundidades de su garganta y se alejó caminando con tranquilidad en dirección al otro extremo de la amplia estancia, rebosante de lujosas fruslerías e intrincadas alfombras de ricos colores.
—¿Quieres tomar un té? Así, mientras te lo preparo, tendrás tiempo para seguir explorando.
Habló con tono divertido, y, cuando Atta le echó un vistazo por encima del hombro, descubrió que estaba sonriendo.
Experimentó una sensación de lo más peculiar, allí plantada, mientras lo miraba a los ojos desde la otra punta de la estancia; como si se estuviera convirtiendo en la protagonista de una novela gótica.
Pese a lo mucho que la emocionaba la idea, una advertencia resonó en su corazón. Aquellas historias siempre terminaban en tragedia.
Ἀμαρτἰα.
Hamartía.
El defecto trágico, el error fatal.
Estando allí, en la casa en que Sonder se crio, con su mirada clavada en ella, Atta supo en lo más profundo de su ser que ambos eran la hamartía personificada. El ingrediente clave para un aciago final.
—Un té suena de maravilla.
Tan pronto como Sonder salió de la estancia, Atta sintió frío y tuvo que frotarse los brazos para entrar en calor.
Tras echar un último vistazo a la escultura, siguió los pasos de Sonder. Dejó atrás una estancia decorada con sedas de un intenso color verde y un antiguo piano de cola, así como una sala de billar, antes de dar por fin con la cocina.
Sonder estaba inclinado sobre unos fogones antiquísimos, abriendo el gas.
—¿Te has cansado ya de Banterle?
—Jamás.
—Hay muchas más esculturas repartidas por la finca.
Estaré encantado de enseñártelas. Mi madre encargó una réplica poco menos que ilegal de El rapto de Proserpina y la puso en el jardín.
Le suele gustar a todo el mundo, aunque resulta evidente que el artista no le llega ni a la suela de los zapatos a Bernini.
Sonder se había arremangado la camisa en su ausencia, así que era imposible pasar por alto el movimiento de los músculos de sus antebrazos mientras llenaba la tetera de agua y la colocaba sobre las llamas azules del fuego.
Cuando sacó una lata de té y sirvió unas cuantas hojas en dos tazas, un aroma terroso inundó el espacio que Atta había dejado entre ellos al sentarse en la isla de madera.
—¿Por qué escogiste Folclore y Teología? —le preguntó Sonder en tono distendido.
Ella se mordisqueó el labio mientras pensaba en su respuesta.
—Una parte de mí quería ser profesora. O escritora.
Pero, en el fondo, creo que lo elegí porque sé que quienes han perdido a algún ser querido necesitan una nueva perspectiva, una fuente de esperanza alternativa.
—A Sonder se le formó una arruguita entre las cejas mientras la escuchaba con atención—.
Tanto la tradición popular como los relatos de la Iglesia albergan cierta oscuridad, pero eso no es nada nuevo, pues todos la hemos visto en los ojos de nuestros difuntos.
Sin embargo, al mismo tiempo, los cuentos de hadas también nos dan alas para soñar y la espiritualidad nos impide caer en la desesperanza.
Sonder retiró la tetera del fuego antes de que soltara su presuntuoso silbido habitual.
—Nunca lo había visto de esa manera —admitió. Al servir el agua en las tazas, su rostro quedó oculto por el vapor—. No es la primera vez que me haces ver otra perspectiva..
El vapor eligió ese preciso momento para disiparse. La forma en que Sonder la miraba hizo que a Atta le trepara un calorcillo por el cuello.
Sonder le pasó una de las tazas por encima de la isla y ella la rodeó con los dedos para disfrutar de su calidez.
—¿Tienes frío? —le preguntó él al ver cómo sujetaba la taza—. Con tantas corrientes de aire, esta vieja casona siempre está helada.
—Un poco, pero no pasa nada.
Sonder levantó su taza y le hizo un gesto con la otra mano.
—Te enseñaré la casa mientras voy encendiendo los braseros.
Lo primero que hizo fue conducirla de vuelta por el pasillo, que parecía sacado de una película de la época victoriana y comunicaba con la habitación donde había visto el piano.
Era un instrumento precioso, antiguo, cuidadosamente tallado en madera.
A Atta estuvo a punto de darle un ataque cuando Sonder dejó su taza sobre la tapa y se sentó en el banco.
—¿Alguna petición? —le preguntó por encima del hombro con una sonrisa.
Atta levantó el mentón en actitud desafiante.
—Réquiem en re menor, K. 626.
La sonrisa de Sonder se tornó vorazmente traviesa antes de volverse hacia el piano.
Sus dedos se movían por las teclas sin esfuerzo alguno, creando una evocadora melodía que calmó el alma de la joven como si de un bálsamo se tratara.
Fue casi mágico; uno de esos efímeros momentos en los que una se siente rebosante de alegría y, al mismo tiempo, terriblemente desdichada porque sabe que nunca volverá a experimentar nada igual.
Como Atta esperaba, Sonder dejó de tocar un minuto más tarde, pues la obra estaba incompleta.
—Una misa de réquiem. Qué apropiado. —Sonrió—. Pensabas que me ibas a pillar con esa sugerencia, ¿eh?
—Bueno, venga, deja de echarte flores, Murdoch.
Su risa hizo que a Atta le hormiguearan hasta las yemas de los dedos.
—¿Sabías que está inacabada?
—Claro.
Sonder entornó los ojos.
—Nunca dejarás de sorprenderme, Ariatne Morrow.
Atta agachó la cabeza y clavó la mirada en sus zapatos cuando Sonder se levantó y caminó hacia ella.
—¿Cuál es nuestra próxima parada?
—¿Qué te parece la biblioteca?
Sonder tardó unos segundos en darse cuenta de que Atta había frenado en seco, de que ya no lo estaba siguiendo.
—¿En serio tienes una biblioteca?
—Para que una colección se considere como tal bastan mil libros, y nosotros tenemos tres.
—¿¡Tres mil!?
Sonder se rio por lo bajo y la agarró de la mano para que lo acompañara.
—Ahora verás.
No había exagerado, desde luego.
—Jesusito de mi vida —susurró Atta, girando sobre sí misma para tratar de empaparse hasta del más mínimo detalle.
Sonder la observaba apoyado contra el marco de la puerta.
—Entiendo que te gusta.
—Podría venirme a vivir aquí. —Atta levantó la cabeza para recorrer con la mirada los estantes más altos, cercanos al techo abovedado.
—Pues seguro que esto también te va a encantar…