El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

I ntentó no pensar demasiado en la ropa que iba a ponerse. Le parecía una tontería. No había quedado con Sonder para una cita, sino para seguir con la investigación, como colegas.

Al menos, aquello era lo que se dijo a sí misma mientras se ponía unos pantalones negros y un suéter suelto marrón. Lo de aquel día no iba a ser ni una cita extraña con un hombre que se había despojado de su máscara ni una jornada laboral como auxiliar de un profesor.

Se miró por última vez en el espejo del armario, asintió con actitud resuelta y cogió su cartera. Tenía el tiempo justo para comprarse un café en el puesto del parque antes de que Sonder la recogiera.

—Estás hecho una mierda —respondió ella, cruzándose de brazos.

—Y por dentro también. Estoy empezando a acordarme de lo que hice anoche. Me comporté como un capullo contigo, ¿verdad?

—Intentaste propasarte conmigo, Dony. No aceptabas un no por respuesta.

Él se frotó la nuca.

—Joder, lo siento muchísimo.

Su arrepentimiento parecía sincero, pero eso no lo excusaba.

—Si no eres capaz de controlarte, vas a tener que dejar de beber.

Si no, acabarás haciéndole daño a alguien.

—El chico agachó la cabeza y clavó la vista en sus pies descalzos, pero Atta siguió hablando—: Basta con que la cagues una vez para que no solo le arruines la vida a otra persona, sino también a ti mismo.

—Tienes razón. No quiero hacerle daño a nadie. Y menos a ti.

—Tú… —Atta le tocó un hombro— trata de encontrar una forma de manejar el problema, ¿vale?

—Sí, gracias.

Atta salió al pasillo y dejó al chico atrás.

—A partir de ahora, o una copa o ninguna, ¿de acuerdo?

—Trato hecho.

Atta le ofreció una sonrisa, pero Dony no se la devolvió.

—También me ha venido a la cabeza la imagen de un hombre enmascarado amenazándome. ¿Eso pasó de verdad?

Atta debería haber mentido, pero aquello era algo que jamás había estado en su naturaleza, al menos hasta hacía poco, así que no le dio tiempo a inventarse algo lo bastante rápido.

—No te habrás mezclado con alguna de esas sociedades secretas, ¿no?

—No —se defendió ella con firmeza, pues era casi verdad—. Pero no tengo por qué darte explicaciones, Dony. Así que déjalo.

Él levantó las manos en actitud derrotada.

—No hay problema.

Atta cogió las llaves y salió corriendo por la puerta, molesta porque ya no tendría tiempo de comprarse un café.

Sonder la estaba esperando detrás de la Facultad de Medicina, como habían acordado.

Estaba fumándose un purito apoyado contra su Capri.

Como todavía no había reparado en su presencia, Atta aminoró el paso y se permitió observarlo sin ser vista.

Ahora que sus dos identidades habían convergido en una sola, le resultaba raro pensar en cómo su mente las había solapado sin fisuras mucho antes de que supiera con certeza que correspondían a la misma persona.

Por un lado, estaba el profesor Murdoch, con su inteligencia y sus conocimientos de las ciencias post mortem .

Por el otro, el Hilo Dorado, con su mal humor y su secretismo.

Sin embargo, ambos llevaban ya un tiempo siendo solo Sonder para ella, en muchos sentidos: por su olor a papel, tabaco y especias; por sus conversaciones sobre el mundo académico y la peste; por esa manía suya de hacerla rabiar para volver a encandilarla un instante después; por su elegancia al vestir, y por llevar siempre las manos metidas en los bolsillos.

Sonder se giró y, aunque no la vio más que por el rabillo del ojo, una sonrisa se adueñó de sus labios. Se acercó a la puerta trasera de la facultad y apagó el purito aplastándolo contra la pared.

—Buenos días.

Había dejado una taza de té de porcelana y un vaso desechable sobre el capó de su coche. La primera estaba vacía, y el segundo, lleno. Sonder le ofreció el vaso a Atta, torciendo el rostro en una mueca mientras recordaba en voz alta:

—Un café bien cargado con un chorrito de leche y azúcar moreno.

Atta lo aceptó agradecida, rezando para no estar sonriendo como una boba.

—Solo durante el otoño.

—Ah, o sea que también voy a tener que aprenderme lo que tomas en invierno, ¿verdad?

—El resto del año tomo un simple café solo. Lo más cargado posible.

—Mucho más fácil.

—Gracias. —Atta sonrió levantando el vaso.

—Un placer —dijo Sonder haciendo una reverencia ridícula, y ella se rio.

Se montaron en el Capri y él se inclinó en su dirección para abrir la guantera. A Atta se le volvió a escapar la risa.

—¡Tienes un alijo entero de tazas de té! —La joven rebuscó entre ellas—. Tres de porcelana fina y dos normalitas.

Sonder le pasó la que acababa de usar.

—Tres y tres suman seis. Odio los números impares.

Atta lo miró sorprendida antes de volver a posar la vista en la guantera.

—¿Son lo único que llevas aquí? ¿Y si te atacan o te para la policía? ¿No tienes ni una mísera linterna?

—En mi día a día, solo me muevo entre la universidad, mi casa y la Aquiles.

Muy de vez en cuando, añado el pub o el teatro.

Por lo general, no necesito llevar nada más en la guantera porque nunca he vivido una de esas situaciones tan complicadas.

No obstante, una buena taza ha demostrado ser un elemento indispensable en mi vida.

—Abrió el compartimento entre los dos asientos y sacó una petaca y una caja de puros—. Igual que esto de aquí.

—Eres más raro que un perro verde —se rio Atta.

—Y lo dice una mujer dispuesta a meterse en un coche con un hombre enmascarado para ir a un cementerio en mitad de la noche.

Y en más de una ocasión, por si fuera poco.

—Sonder frunció el ceño de manera cómica y se encogió de hombros, señalándose a sí mismo y a ella alternativamente—. La sartén y el cazo.

—Vale, vale. —Atta agitó la mano para que parara y cerró la guantera abarrotada de tazas—. Me ha quedado claro. Ahora dime a dónde vamos.

—Lo descubrirás cuando lleguemos, tesoro.

Atta no sabía muy bien por qué había empezado a llamarla así. Cabía la posibilidad de que no fuera más que un apelativo que solía utilizar con sus amigos, pero hacía que a ella le flaquearan las piernas. Cuando se lo había dicho en gaélico…, había estado a punto de darle algo.

Fue un trayecto largo. Pasado Marlay Park, la ciudad desapareció y dio paso a un paisaje otoñal, compuesto por árboles envueltos en niebla. La carretera se volvió más sinuosa, y Atta tuvo la sensación de que estaba dejando atrás el mundo que conocía.

Finalmente, accedieron a un largo camino de grava. Este los condujo hasta una intrincada verja de hierro forjado, decorada con una eme de filigrana en el centro.

Atta se había agarrado a la puerta, con los nudillos y la nariz pegados a la ventanilla. Aunque la mayor parte de la vegetación estaba muriendo, preparada para protegerse de las inclemencias del invierno, el terreno brumoso era espectacular.

Oyó que Sonder se reía de su asombro por lo bajo.

—Espinos —dijo Atta entonces, empañando el cristal con su aliento—. Hay toda una arboleda.

Destacaban en mitad del paisaje con sus hojas secas y sus bayas rojas como la sangre.

—Sí —confirmó Sonder cuando la grava dio paso a los adoquines—. Llevan en estos terrenos desde mucho antes de que se construyera la casa. Tanto mi abuela como mi madre decían que talar espinos da mala suerte, que…

—Provoca el enfado de las hadas —terminó Atta por él.

—Eso es. —Sonder la miraba de forma extraña. Lo vio en el reflejo de la ventanilla, antes de volverse hacia él—. Pensaba que no eran más que supersticiones suyas.

—Las supersticiones y los cuentos no surgen de la nada.

¿Sabías que hay registros de la mayoría de los supuestos cuentos de hadas que han llegado hasta nuestros días en diferentes civilizaciones antiguas que nunca tuvieron contacto entre sí?

Es más, entre las distintas versiones, los cambios son mínimos.

—Atta se encogió de hombros—. Y lo mismo con las historias religiosas.

Sonder paró el coche.

—Eso sí que lo sabía. También gracias a mi madre. ¿Tú dónde lo aprendiste?

Atta se examinó las uñas de los pulgares.

—Estudié Folclore y Teología, y en mi trabajo final analicé la superposición de ambos campos. —Sonder la miró sorprendido, pero Atta no supo decir por qué—. ¿No lo viste en mi expediente?

—No llegué a leerlo. Meter las luces y sombras académicas de una persona en una carpeta y no ver más allá de esa información me parece una práctica de lo más impersonal, y una manera terrible de pasar por alto su verdadera esencia. En cualquier caso, daría lo que fuera por leer tu trabajo final.

Si bien Atta oyó sus palabras, estas se perdieron en la lúgubre neblina cuando miró a través del parabrisas y se fijó por fin en el lugar en el que se habían detenido.

—Hogar, dulce hogar —dijo Sonder al abrir su puerta.

Atta salió del coche sin apartar la vista de la casa más impresionante que había visto jamás.

Era una mansión de estilo gótico, digna de una novela de las hermanas Brontë o de Ann Radcliffe, con muros de piedra de color rojo oscuro y agujas negras.

Contaba incluso con un torreón y un balcón de piedra.

Atta podía imaginarse perfectamente a Emily St. Aubert asomándose por el lateral, tratando de captar un atisbo de su querido Valancourt.

En cualquier momento, Heathcliff irrumpiría entre los espinos llamando a Cathy, envuelto en la bruma.

—Es un poco vieja —comentó Sonder, sacándola de su ensimismamiento—, pero es mi hogar.

Los adoquines que conducían a la mansión estaban rotos, lo que les confería el aspecto de unas garras afiladas que brotaran del suelo.

Sonder sacó un manojo de llaves que no pegaba nada con el estilo de la casa y abrió la pesada puerta principal.

Atta habría jurado que, cuando cruzó el umbral, la casa respiró hondo, como si estuviera sorprendida de verla.

Y el sentimiento era mutuo.