Atta
A l menos tenían el hongo.
—Entonces, sí que eras tú el que quería enseñarme algo después de todo —dijo la joven con timidez.
—Sí —dijo él—, pero no era lo del cementerio. Te lo puedo enseñar ahora si quieres. —Echó un rápido vistazo al reloj del salpicadero—. Aunque ya es bastante tarde. Y será mejor esperar a que haya luz.
—¿Mañana? —propuso.
Sonder esbozó una amplia sonrisa.
—Te recogeré a las nueve.