El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

T an pronto como cerró la puerta del coche, Atta se giró hacia él en el asiento del pasajero.

—¡Eres un cabronazo!

—No me jodas. No me digas que te cae bien el puto Domhnall.

Mierda. No debería haber revelado que conocía a aquel imbécil; pero, después de la conversación que había tenido con Atta aquella tarde, después de todo lo que le había revelado sutilmente, no le apetecía continuar con aquella pantomima.

—No lo digo por él, pedazo de idiota. Lo digo porque no me has dejado analizar las muestras que conseguimos entre los dos.

—Menuda cara tienes —replicó él—. Te recuerdo que me robaste una.

—¿Y qué pasa con el resto? ¿Tienes intención de contarme lo que has hecho con ellas?

—Iba a llevarte a ver la tumba del estadio iv después de dejar a una amiga en su casa, ya que no tiene coche propio. Pero mira tú por dónde —levantó los brazos hacia el cielo—, ahora la pobre se ha quedado tirada.

Atta lo miró como si le hubiera arrojado un cubo de agua fría encima.

—¿Estabas en una cita?

Una chispa prendió en el pecho de Sonder. ¿Estaba celosa?

—¿Acaso importa?

—No. —Atta se cruzó de brazos y se volvió hacia el salpicadero—. ¿Y llevabas esa estúpida máscara puesta?

—¿Tú qué crees?

Sonder estudió la expresión de Atta mientras ella se devanaba los sesos intentando contar las veces que lo había mirado durante la noche, con aquella expresión que amenazaba con volverlo loco.

Podría retractarse en aquel mismo instante si lo deseaba.

Hacerle creer que estaba equivocada en lo tocante a su identidad.

Pero, joder, no quería hacerlo.

—Solo es una amiga —dijo con suavidad.

Atta volvió a girar la cabeza hacia él, pero, en vez de mirarlo directamente, clavó la vista en el volante.

—Vale.

Sin decir nada más, Sonder salió del aparcamiento y condujo hasta el cementerio del Trinity.

Atta también permaneció en silencio, mostrándose más cautelosa de lo que había estado en semanas.

Sonder quería tranquilizarla. Decirle que no había sido una cita para nada.

Que Marguerite y él habían ido juntos en su coche para reunirse con sus amigos.

Que en quien no podía parar de pensar era en ella, en Atta.

Que no había sido capaz de pensar en ninguna otra mujer desde que ella había puesto un pie en su aula por primera vez.

No. Desde la primera vez que la vio en la Casa Aquiles, cuando llegó con un cadáver que ella misma había abierto ya.

Sonder no era ningún eunuco, pero siempre había estado más centrado en su trabajo que en el amor.

Los libros, las ideas y la ciencia habían llamado su atención mucho antes que las mujeres.

Ellas constituían un medio para lograr un fin, una forma de saciar un apetito primitivo, pero no veía la necesidad de cortejarlas o de construir una vida con ellas.

Con Atta era distinto. Ella lo atraía de todas las formas posibles e incluso despertaba en él sentimientos que jamás se habría creído capaz de albergar.

Apagó los faros del coche y aparcó en el mismo lugar que la vez anterior, detrás de unos arbustos.

Miró a Atta, que estaba escudriñando la oscuridad; pero, cuando vio que se pasaba la lengua por el labio inferior, reprimió un gemido y se apresuró a salir del coche.

—El cuerpo en estadio iv está…

—Lauren —lo interrumpió Atta, ofreciéndole una de las palas que llevaba en el asiento trasero—. Se llama Lauren.

—Lauren —se corrigió Sonder— está enterrada bajo el árbol, justo ahí.

Tras señalarlo, se sorprendió al descubrir que Atta seguía la dirección de su dedo y se volvía repentinamente para mirarlo con los ojos muy abiertos.

—¿Bajo un espino?

—Sí, ¿es importante?

—Era el árbol que aparecía grabado en las monedas que encontramos la última vez. Dime que todavía las tienes.

—Sí, están en el laboratorio de mi casa.

Había estado en lo cierto al pensar que sus propiedades eran inusuales, seguramente tan extrañas como las plantas que plagaban los cuerpos de los infectados.

La actitud de Atta cambió, dando paso a la curiosidad. A Sonder le habría encantado dejarse llevar por ella.

—¿También tienes un laboratorio en casa? —Antes de que él pudiera responder, Atta continuó hablando, pensativa, con una mueca adorable en el rostro—. ¿No habías dicho que querías enseñarme algo? —Se detuvo, vacilante—. Un momento, no. —Negó con la cabeza—. Da igual. Sigamos.

Se detuvieron ante el montículo de tierra fresca que había bajo el árbol y se agacharon al mismo tiempo. Atta pasó por dedos por la tierra para inspeccionarla.

—Le han echado fertilizante, igual que a las otras. Alúmbrame un poco más cerca.

Sonder hizo lo que le había pedido e iluminó una colonia de setas dispuestas en fila.

—Como una diminuta tropa de hadas —comentó la joven para sus adentros—. ¿Has traído guantes?

Sonder le ofreció un par sin pronunciar palabra y, mientras ella se los ponía, se sacó un bote de muestras del bolsillo interior de la chaqueta.

Atta se puso a escarbar en la tierra con cuidado, y Sonder deseó que no se hubiera agachado con esa falda que llevaba. La joven no se detuvo hasta que extrajo el hongo entero, con las raíces intactas.

—Esto es justo lo que necesitaba —dijo con tono casi reverencial—. Micelio fresco.

Sonder le pasó el bote de muestras, agradecido de haber cogido uno de los grandes, y Atta metió con cuidado su hallazgo en él. Entonces le robó el farol y acercó el rostro al punto que el hongo había ocupado hasta hacía un momento.

—Me pregunto si habrá brotado del interior de Lauren o si se habrá visto atraído por ella.

—¿Qué significa eso? —inquirió él, aunque ya sabía la respuesta. Al fin y al cabo, se había leído su informe tres veces.

Atta se sentó sobre los talones.

—Básicamente, los hongos «hablan» con los árboles al conectarse a sus raíces por medio de esto, su micelio.

Es una maraña de filamentos microscópicos.

Gracias a ellos, se crea una red de comunicación subterránea que permite que los árboles y las plantas permanezcan conectados e intercambien nutrientes y agua. Mira.

Atta lo agarró del antebrazo y tiró de él para que se acercara más; pero entre la oscuridad y la condenada máscara, Sonder no veía nada. Agarró los extremos de la máscara y se la levantó por la barbilla, un gesto que le arrancó una exclamación a la joven.

—¡No! —Lo sujetó con más fuerza por el brazo—. ¡Para!

—No veo nada, Atta.

Aunque, tal vez, lo que quería decir era que no la veía a ella. No en condiciones. No como él quería. Así que se quitó la máscara con un rápido tirón.

Atta se quedó boquiabierta. Sus ojos, abiertos de par en par, refulgían bajo la luz del farol.

—Sonder. —La manera en que ella pronunció su nombre lo hizo sentir como si acabara de recibir una puñalada en el corazón.

—Atta. Tienes una mente brillante. No me digas que no sabías que era yo.

Lo miraba con una expresión de alivio, o eso habría jurado él; pero, entonces, ella dijo:

—¡Por supuesto que sabía que eras tú, pero ahora ya no voy a poder negarlo de manera plausible si alguien me intenta sonsacar tu identidad!

Sonder trató de contener una carcajada. Le encantaba lo cerca que estaban el uno del otro. Lo solos que se encontraban en aquel momento. Quería tomar su hermoso rostro entre las manos y descubrir a qué sabía esa boca tan respondona.

—Si llega el momento en que haya que recurrir a eso, será porque estamos bien jodidos, a stór 1 .

Justo entonces, un haz de luz pasó por encima de su cabeza.

Sonder soltó una palabrota, empujó a Atta al suelo y le pidió al oído que guardara silencio mientras la cubría con su cuerpo.

La luz recorrió los terrenos del cementerio y se detuvo por un momento en la zona donde se encontraban, antes de desaparecer.

El estrépito de la pesada verja de hierro les confirmó, unos minutos más tarde, que habían vuelto a quedarse solos.

Inquietos, regresaron al coche agazapándose entre las sombras y se alejaron sin encender las luces hasta que no estuvieron lo bastante lejos del cementerio.

Al menos tenían el hongo.

Al menos Atta ya sabía que tras la máscara se escondía él.

1 A stór significa «querida» o «tesoro» en gaélico.