El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

Cuando entró en el pub, el grupo ya iba por la tercera ronda.

A Emmy le había dado la risa tonta y Dony estaba intentando ligar con Imogen.

A Gibbs no parecía hacerle nada de gracia la situación e intentaba no mirar a la chica cada vez que su conversación con Lucas, uno de los amigos de Dony, decaía un poco.

—Hola a todos —saludó, quitándose el abrigo y la bufanda para colgarlos del respaldo de la silla.

—¿Te has maquillado? —le preguntó Imogen sin decirle hola, con el rostro contraído como si acabara de chupar un limón.

Emmy se rio por lo bajo, con los labios pegados a su pinta, e Imogen resopló echándose el pelo hacia atrás, porque estaba claro que iba pintada como una puerta. Por supuesto, ninguno de los chicos se había dado cuenta.

A medida que la noche avanzaba, Atta sintió que los hombros se le relajaban más y más. Pero, en un momento dado, la conversación acabó transformándose en un interrogatorio sobre Sonder.

—He oído que su mansión tiene un campanario lleno de murciélagos —soltó Imogen.

—Y yo que le va la nigromancia —apuntó Lucas.

Emmy agitó una mano en todas direcciones como si fuera un pescado muerto.

—Atta dice que es algo taciturno, pero que, por lo demás, es un tipo normal y corriente.

Atta, que nunca había dicho tal cosa, descubrió que no lo veía para nada como su amiga lo había descrito.

Pero, movida por la extraña e imperiosa necesidad de protegerlo, dejó pasar el comentario.

Por suerte, la conversación no tardó en volver a girar en torno a los exámenes, las parejitas que se habían ido formando durante el curso y otros temas banales.

—Hablando del rey de Roma, el mismísimo señor oscuro acaba de entrar por la puerta —anunció Dony arrastrando las palabras.

Emmy silbó una nota larga por lo bajo, y Atta giró la cabeza en la dirección en que todos estaban mirando.

—Joder, nunca lo había visto de negro. —Emmy lo contemplaba boquiabierta, y Atta tuvo que esforzarse por no hacer lo mismo.

Si Sonder Murdoch era el señor oscuro, el alma de Atta estaba pidiendo a gritos que la redujera a cenizas.

Sonder cruzó el pub con soltura, vestido de negro de pies a cabeza, igual que un espectro. Igual que el hombre enmascarado con el que Atta había cometido actos ilícitos.

Era imposible. No se podía creer que el estricto profesor Murdoch fuera el mismo hombre que había estado dispuesto a colarse en el cementerio y a enseñarle el sanctasanctórum de huesos de una sociedad secreta.

«Pero esa risa…» . Esa que se hacía un hueco en su pecho y la dejaba sin aliento. Era la misma, estaba segura de ello.

Gibbs clavó la vista en las profundidades de su bebida y eso le proporcionó a Atta una muy bienvenida distracción.

Así no prestaría atención al calor que le subía por el cuerpo.

Estaba a punto de preguntarle si se encontraba bien; pero entonces Sonder reparó en ella y se acercó a su mesa como atraído por un imán, y a Atta se le desbocó el corazón.

—¡Eh! —gritó Domhnall, agitando la mano como un idiota—. ¡Doctor Frankenstein!

Emmy le dio un empujón en el hombro y Gibbs le ordenó que cerrara el pico.

—Joder… —Imogen se quedó mirando al profesor con la boca tan abierta que Atta temió que se fuera a babear encima.

—Buenas noches —dijo Sonder cordialmente cuando llegó hasta ellos con un whisky en la mano—. Conque celebrando las últimas gotas de libertad antes de los parciales, ¿eh?

Miró a todos y cada uno de los presentes, pero dejó a Atta para el final. Mantuvo sus ojos sobre ella un segundo más de lo necesario, y la joven estuvo a punto de ponerse a sudar de los nervios.

—¡Exacto! —confirmó Domhnall a voz en grito—. No podía ser de otra manera cuando nos tenéis como un puto zarandillo con vuestros recaditos, cabrones.

—Oye, oye. —Emmy agarró a Dony del brazo y se lo estrujó—. No le haga caso, profe. Es que está un poco estresado.

Pero Sonder sonrió sin acritud.

—Kelleher es un tocapelotas de cuidado. Os invito a la siguiente ronda. Ahora aviso en la barra.

Todos prorrumpieron en vítores salvo Gibbs, que parecía estar más interesado en su cerveza, y Atta, que había sido incapaz de apartar la vista de los labios de Sonder. A juzgar por su sonrisilla, al muy desgraciado no se le había pasado por alto ese detalle.

—Gibbs. —Sonder saludó con la cabeza al chico antes de volver a posar sus penetrantes ojos de color avellana en la joven—. Atta.

Virgen santa. En su embriaguez, su propio nombre le había sonado pecaminoso en los labios de Sonder.

—Madre mía —murmuró sin darse cuenta.

Clavó la vista en la mesa y oyó que Sonder se reía entre dientes y les deseaba que pasaran una buena noche antes de alejarse.

—Necesito comer algo —les dijo Atta a sus amigos—, pero ya.

Emmy corrió a la barra para pedir dos raciones de patatas fritas y otras dos rondas de bebidas.

Atta no bebió ni una sola gota más de alcohol, pero se zampó casi todas las patatas y las acompañó con un litro de agua para intentar mitigar la borrachera.

Sonder se pasó el resto de la noche sentado en una mesa en la otra punta del pub, con Marguerite Vasilios y otros profesores a los que Atta no conocía.

Sin embargo, de vez en cuando, él miraba en su dirección y le sonreía.

En una ocasión, incluso bajó la mano a su costado y le hizo un gesto para que se diera la vuelta.

¿Se había quedado mirándolo embobada? Evidentemente.

Sonder tenía un aspecto irresistible, y el alcohol había nublado el buen juicio de Atta.

Cuando dieron las once, ya casi estaba sobria, pero seguía observando a Sonder a hurtadillas. Por Dios, ¿de verdad se había encaprichado de un profesor?

—Necesito tomar el aire —anunció y, como nadie le estaba prestando atención, se levantó y cogió su abrigo de la silla sin esperar respuesta.

Al pasar junto a la mesa de Sonder, se fijó en que ya no estaba allí, así que rezó como una boba para verlo fuera del pub. Para verlo meterse en su coche y marcharse en dirección opuesta a la Casa Aquiles, que era donde ella pensaba ir una vez que estuviera lo bastante sobria como para conducir.

La calle seguía plagada de transeúntes, luz y risas.

Se abrazó a sí misma y enterró la nariz en la bufanda mientras veía a la gente pasar y se preguntaba si su vida estaba a punto de cambiar.

Todavía les quedaba una incógnita por resolver.

Lo presentía. Algo le decía que estaban a punto de entender cómo se propagaba la peste.

Tal vez, si estudiaban a pacientes vivos en vez de muertos…

Alguien le tocó la espalda, y Atta dio un respingo.

—Joder, Domhnall, qué susto.

—Lo siento, guapa. Te he visto salir y he pensado que tal vez querrías compañía.

Como no le apartaba la mano de la espalda, Atta se zafó de él y dio un paso atrás.

—Gracias, pero no hace falta. He salido porque necesitaba un poco de tranquilidad.

Dony era un buen chico, pero, si ya le encantaba soltar comentarios subidos de tono cuando estaba sobrio, cuando estaba borracho no había manera de razonar con él.

—Anda, venga. Ya sabes que entre nosotros saltan chispas, preciosa.

Dio un paso hacia ella y, aunque la vio retroceder, se negó a tirar la toalla y la arrinconó contra la pared del bar contiguo al pub.

Atta le puso una mano en el pecho.

—Dony, para. Llevas un pedo de narices.

El chico hizo ademán de tocarla y Atta se apartó bruscamente. Pero, entonces, una mano apareció de la nada, agarró a Dony por el cuello y tiró de él hacia atrás.

Una silueta oscura emergió de las sombras, ataviada con una desconcertante máscara de médico de la peste.

—No es no —le escupió a Dony.

Atta le tocó el brazo al Hilo Dorado, aliviada por su intervención.

—Está borracho. No pasa nada.

—No, sí que pasa. El muy imbécil debería aprender a beber.

Le dio un empujón a Dony con tal fuerza que este cayó de culo al suelo. Los transeúntes, que los observaban con mirada de­sorbitada, se alejaban lo máximo posible al pasar a su lado.

Dony, que se había serenado de golpe, se puso de pie a toda prisa.

—¿Qué eres? ¿Uno de esos raritos de esa sociedad secreta?

Con el corazón martilleándole en el pecho, Atta vio que el Hilo Dorado avanzaba hasta detenerse justo delante de él.

—Como se te ocurra ponerle un puto dedo encima, me encargaré de hacer que desees estar muerto. Eso es lo único que necesitas saber de mí.

Dony fingió que la amenaza le resbalaba, pero enseguida dio media vuelta y se marchó en dirección al campus.

—¿Ese es tu coche? —le preguntó Atta al Hilo Dorado, tensa.

Él asintió una sola vez.

—Bien, pues vamos.