El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta #2
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Atta #2

—Pero no ha sido por ella —farfulló él, forcejeando con la tapa de su bebida—. Odio los vasos desechables —añadió, para cambiar de tema, y soltó una palabrota al tiempo que le quitaba la tapa negra de plástico al vaso de papel y polímero.

Atta vio su oportunidad y se apresuró a aprovecharla.

—¿Por qué no puedo compartir mi investigación con la Casa Aquiles? —preguntó, sin andarse con rodeos.

—Dios, menuda manera de cambiar de tema. Y tú de qué conoces la Casa Aquiles, ¿eh?

Atta se puso colorada al caer en la cuenta de su torpeza, pero Sonder la miraba con ojos brillantes, como el lobo que persigue las huellas de una liebre. Al final decidió no responder.

—Me he dejado la piel en ese informe, Sonder. Es el culmen de mi carrera académica —dijo moviendo las manos en todas direcciones—, algo en lo que llevo trabajando seis años.

—Eso está claro. Resulta evidente que tu investigación ha sido minuciosa —señaló él. Olisqueó el té ahora que se había deshecho de la tapa.

—Entonces… —Atta se interrumpió y negó con la cabeza—. No lo entiendo.

—La cuestión es que no todo el mundo es como tú en el ámbito académico, Atta. Hay muchos que se mueven por intereses políticos, y tú estás jugando con fuego.

—No soy tan tonta como para no ser consciente de ello —replicó ella—, pero…

—Continúa. —Sonder dio un sorbo a su té, observándola por encima del vaso—.

Mira, no, no puedo con esto. —Se incorporó en su asiento y recorrió la cafetería con la mirada—.

Necesito una taza de verdad. Esa es una de las razones por las que vengo aquí, porque sirven las bebidas en tazas de verdad.

Atta se aguantó la risa, dejando que se disipara parte de su frustración.

—Eres un maniático insufrible.

—No te lo negaré.

—¿Y si continuamos la conversación mientras damos un paseo? Así no tendrás más remedio que conformarte con el vaso desechable.

—Me gusta la idea, pero te equivocas con lo del vaso. —Sonder se levantó y cogió el café de Atta.

—¡Oye!

—Ahora mismo vuelvo. —Regresó un instante más tarde con dos tazas humeantes—. ¿Vamos?

Cuando salieron, el aire frío que revolvía las hojas secas les azotó la cara. Atta volvió a la carga.

—¿Estás intentando robarme la investigación para presentarla como si fuera tuya? —lo acusó medio en broma.

—Ah, o sea que no te fías de mí —contraatacó él—, ¿pero sí de una entidad gubernamental?

—¿Acaso no formas parte tú de una entidad gubernamental? —Al ver que Sonder clavaba la mirada en ella y un músculo se le crispaba en la mandíbula, añadió—: Lo digo porque trabajas en una universidad pública.

La tensión de los hombros de Sonder se mitigó visiblemente.

—Bueno, en realidad es concertada.

Atta frunció el ceño y bajó la vista a la superficie oscura de su café.

—Sé muy bien que el mundo académico es un espacio político, y que las jerarquías y la corrupción están tan presentes en él como en cualquier otro ámbito de la sociedad.

De hecho, mantengo lo que te dije al principio del semestre.

Las clases altas serán las primeras en recibir la cura.

Pero creo que todos, sean cuales sean nuestros intereses, queremos erradicar la peste, ¿no? Al menos compartimos ese objetivo.

Sonder la miró de reojo.

—¿Sí? ¿Estás segura de eso? ¿No te parece que se está librando una lucha de poder por ver quién se lleva la gloria de encontrar la cura?

Atta cerró la boca y permaneció callada mientras pasaban por delante de la biblioteca, acunando la taza de café que ya se le empezaba a enfriar.

—Lo que quiero decir con esto es que lo que has descubierto no debe caer en malas manos.

—¿Y crees que el HPSC y la Sociedad no son seguros?

El profesor se detuvo y se volvió para mirarla a la cara. Atta lo imitó.

—Estás sugiriendo que la espora hallada en el paciente cero actúa como una especie de biotoxina y que procede de una planta de origen desconocido que se está extendiendo sin control. Que está evolucionando.

—Que se está convirtiendo en el centro de control de un patógeno engorroso que requiere unas condiciones muy concretas para sobrevivir.

Sonder se humedeció los labios y su mirada se perdió en la distancia.

—Es brillante, Atta, pero también muy peligroso.

La joven dejó su café en un banco que tenía al lado y se puso bien recta.

—¿No sospechabas tú algo parecido? Ese es el motivo por el que me llevaste a la biblioteca y me pediste mi opinión, ¿no es así?

—Pues claro. —Dejó su taza, casi intacta, al lado de la de ella.

—Entonces, ¿qué pasa? ¿Para qué hacer un descubrimiento como este si no vamos a darle buen uso?

Sonder soltó una palabrota y miró a su alrededor rápidamente antes de agarrarla de la muñeca. Tiró de ella hasta el oscuro hueco entre dos edificios. A Atta estuvo a punto de salírsele el corazón por la boca.

—¿Y si quisiera enseñarte algo? —preguntó con urgencia—. Algo en lo que yo mismo he estado trabajando estos últimos seis años.

Atta echó la cabeza hacia atrás para poder mirarlo. Sonder se encontraba tan cerca de ella que casi la tenía pegada contra la pared de piedra y su aliento se mezclaba con el suyo.

—Te diría que a qué estás esperando.

Sonder dio un paso atrás y se pasó una mano por el pelo. La estudió con atención.

—De acuerdo. —Se mordió el labio y recorrió las sombras con la mirada—. De acuerdo —repitió—. Ya va siendo hora de que te vayas a clase. Seguiremos hablando más tarde.

Confundida por el repentino nerviosismo del profesor, Atta se limitó a asentir y salir a la luz acuosa del día.

—Atta.

La joven se volvió y, aunque las sombras le impedían distinguir sus facciones, la silueta alta y esbelta de Sonder arropada por la oscuridad le resultó de lo más familiar.

—¿De dónde sacaste las muestras que has incluido en tu investigación?

Una diminuta polilla revoloteó en el abdomen de Atta, y los vestigios de una migraña echaron raíces en su cráneo.

—Me los consiguió un amigo.

Sonder dejó escapar una carcajada. Suave. Profunda. Aterciopelada.

Atta se quedó de piedra.

«Mierda». Supo a ciencia cierta dónde había oído esa risa que hacía que le temblaran las piernas.

—Pasa una buena tarde, Atta —le dijo el profesor, antes de meterse las manos en los bolsillos del pantalón y perderse entre las sombras.