El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

Anotó algunas ideas en su diario, justo al lado del boceto que había hecho, antes de colocar el micelio sobre un pedazo de papel encerado y envolverlo.

Alguien llamó a la puerta.

Gibbs entró tímidamente en su habitación.

—¿En qué estás trabajando?

Atta dejó la lupa sobre el escritorio y se giró en su silla.

—En un ensayo sobre el efecto del clima urbano en las plantas.

La verdad era que llevaba días sin tocar los trabajos de clase. Todo apuntaba a que le iba a tocar sobrevivir a base de café barato durante otra semana más.

Gibbs asintió, aunque no parecía haberle prestado demasiada atención a su respuesta.

—Oye, quería disculparme por haberle contado a Murdoch lo de tus migrañas. —Encogió los hombros hasta que le rozaron las orejas—. Es que estaba preocupado por ti y, como te pasas tanto tiempo aquí encerrada y te quedas despierta hasta las tantas, yo…

—Gracias por preocuparte, Gibbs. —Atta se sentía mal por él. El chaval tenía un corazón de oro, pero la mayoría de las veces no se paraba a pensar antes de abrir la boca—. Lo valoro mucho, de verdad.

El chico sonrió con sinceridad, aunque todavía parecía algo nervioso.

—Sé que ahora mismo estamos todos hasta arriba con los parciales, pero vamos a ir al Mulligan’s esta noche para despejarnos un poco. Emmy y Dony ya han confirmado y se van a traer a unos cuantos amigos. También he invitado a Imogen. —Se miró los zapatos y una sonrisilla se adueñó de sus labios.

—¿Todavía hablas con ella? —preguntó Atta.

Aunque le deseaba a Gibbs toda la felicidad del mundo, no estaba muy segura de que fuera a encontrarla con Imogen.

—No, en realidad no. Pero ayer me crucé con ella en el comedor y me entró el pánico, así que la invité a venir.

Atta reprimió una carcajada. Ahí estaba el Gibbs al que adoraba.

—¿Y ahora estás haciendo lo mismo conmigo?

—¡Claro que no! —exclamó él, como si le hubiera dado una bofetada—. Quiero que vengas de verdad. No te iría mal descansar un poco.

—Gracias, Gibbs. Sí, creo que me dejaré caer por allí un rato.

La sonrisa del chico se extendió por todo su rostro.

—Nos vemos a las ocho.

Atta volvió al trabajo tan pronto como Gibbs salió de su habitación.

Si se saltaba las clases de la mañana, le daría tiempo a terminar el informe para llevárselo a Sonder antes de la clase de las tres.

Así se quitaría un peso de encima y podría salir a pasar un buen rato con sus compañeros en el pub.

Necesitaba un descanso; aunque no tanto como más muestras del micelio y del hongo que crecía en Lauren.

Atta maldijo para sus adentros. Cada cosa a su tiempo.

Cuando llegó la tarde, no había salido de su dormitorio más que para prepararse cafés y tés alternativamente, para obligarse a beber agua y, en una ocasión, para ir al baño.

Citó una última fuente, cerró todos los libros que tenía desperdigados por la cama, el suelo, el escritorio y el alféizar de la ventana y se puso una sudadera del Trinity que le había robado a Emmy.

Tras cruzar el campus a toda prisa, irrumpió en el despacho de Sonder sin aliento y con el rostro enrojecido por el aire frío.

Sonder levantó la cabeza en cuanto la oyó entrar, y la sorpresa le atravesó el rostro antes de que una sonrisa se adueñara de sus labios.

Atta nunca lo había visto sonreír así, pero entonces reparó en que ella misma estaba sonriendo como una lunática y que lo más probable era que el profesor estuviera reflejando su propia expresión.

Orgullosa, le ofreció su grueso diario de investigación con un ademán exagerado.

—Lo he conseguido.

Sonder estudió el taco de papeles con una ceja enarcada, aunque parecía más interesado en ella que en su trabajo.

—Nunca te había visto tan…

A Atta se le borró la sonrisa. Aquel era un hito académico para ella.

Un hito científico. ¿No se había ganado que una orquesta tocara algo para ella o que lanzaran unos fuegos artificiales en su honor?

¿No se había ganado que el desconcertado profesor se dignara al menos a echarle un vistazo a su trabajo?

—¿Tan qué?

—Tan poco arreglada.

Confundida, Atta bajó la vista hacia la sudadera y los pantalones marrones de pana que no se había cambiado en varios días.

—Ah, bueno, es que llevo días centrada por completo en esa investigación. Por eso, agradecería que le echaras un ojo, ¿vale?

Sonder sonrió y se puso las gafas.

Atta se dedicó a observarlo, caminando de un lado a otro y mordisqueándose la uña del pulgar, mientras él leía, se rascaba la áspera barba incipiente de la barbilla y tomaba notas aquí y allá.

—Atta —le dijo Sonder, sin levantar la vista, tras leer un par de páginas—, si no vas a ser capaz de estarte quieta, te pido por favor que esperes en el pasillo.

—Perdona —masculló ella.

Trató de distraerse admirando el busto de William Rutherford Sanders y Elizabeth Garrett Anderson y, aunque Sonder le pidió en tres ocasiones que no tocara nada, ella no le hizo caso ni una sola vez.

Después de un rato, Sonder por fin se quitó las gafas y se recostó en su silla.

—Esto es…

Negó con la cabeza, con una expresión de… ¿consternación?, ¿asombro? Atta se sentó frente a él.

—Madre mía. Es brillante —concluyó Sonder.

Atta parpadeó dos veces antes de recuperar la voz.

—Gracias. Te agradecería que se lo hicieras llegar al HSPC. Creo que podría serles de ayuda.

Sonder dejó patente su negativa al echarse hacia delante y cubrir el documento con las manos, en actitud casi protectora.

—¿Al HPSC? No, no puedes… —Sacudió la cabeza con vehe­mencia—. Atta, no puedes enseñarle esto a nadie.

Ella también se inclinó hacia delante.

—Pero acabas de decir que es brillante.

—Y lo es.

—¿Te preocupa que no reconozca tu aportación? Porque ya lo he hecho. —Señaló la página que tenía ante él—. Tu nombre aparece justo ahí.

—¿Qué? —Sonder dejó escapar una carcajada carente de humor—. No, eso me da absolutamente igual. —Comprobó la hora en su reloj de pulsera—. ¿Cuándo tienes tu siguiente clase?

—A las tres.

—¿Te parece si vamos a por un té?

Mientras caminaban por el campus, quedó claro que Sonder no tenía tanta prisa como Atta por retomar el tema, pues se puso a hablar de la sesión de terapia grupal en la que sus alumnos habían participado unos días antes.

—Según parece, Marguerite cree que mis estudiantes necesitan apoyo psicológico después de realizar las autopsias. —Sonrió de nuevo, y Atta se dio cuenta de que estaba empezando a anhelar aquellas sonrisas. Eran como destellos tras una cortina de oscuridad.

—¿Crees que habrán sacado algo bueno de la sesión?

Sonder se encogió de hombros y sujetó la puerta de la cafetería del campus para dejarla pasar.

—Tal vez. Creo que les ha venido bien para relajarse, para recordar que no están solos. Al menos ese era mi objetivo cuando accedí a que Marguerite llevara a cabo su experimento.

La luz natural que se colaba por las ventanas conseguía que el cielo pareciera menos lúgubre.

—Creo que todos te hemos juzgado muy mal, doctor Frankenstein.

Sonder se rio con ganas, de forma genuina. Su risa era tan sonora y contagiosa que todas las mujeres que había en la cafetería se volvieron para mirarlo, y Atta se descubrió incapaz de apartar la vista de él.

—No dejes que se corra la voz. —Sonder le devolvió la mirada, con una sonrisilla bailándole en una de las comisuras de la boca—. Prefiero conservar mi aura siniestra.

—Eres un Fox Mulder de pies a cabeza.

—¿Un qué?

Atta se rio.

—Es un personaje de una nueva serie estadounidense que tiene enganchadísimos a mis compañeros de residencia. Supongo que tampoco ves mucho la tele.

—No, la verdad es que no. —Sonder se quitó la bufanda y se la colgó del antebrazo—. Pero sí que me gustan las películas. El problema es que no suelo tener mucho tiempo para ir al cine. Los programas de televisión, por el contrario, no me interesan demasiado.

Se detuvieron ante la barra, y la joven que los atendió, una chica muy mona, sonrió a Sonder con ojos soñadores.

—Yo tomaré un té negro. Ponlo en mi cuenta, junto con lo que vaya a tomar la señorita.

—Sin problema, profesor. —La camarera se lo comió con los ojos sin apenas disimular, pero Sonder no pareció darse cuenta de ello.

Atta pidió un café bien cargado con un chorrito de leche y una pizca de azúcar moreno.

Notaba la mirada de Sonder clavada en ella; y, efectivamente, lo pilló observándola cuando se volvió para dirigirse a la mesa que el profesor había encontrado en un rincón.

De pronto, se arrepentía de haber salido a la calle con aquellos pantalones arrugados y aquella sudadera sucia.

¿Cuándo se había lavado el pelo por última vez?

Ay, madre, ¿cuánto hacía que no se cepillaba los dientes?

Se sentó frente a él sintiéndose cohibida.

Un momento después, la camarera trajo el té de Sonder y se inclinó más de lo necesario para ponerle la tapa al vaso.

Atta ahogó una carcajada ante su descarado intento de lucir escote, aunque a la pobre no le había servido de nada, pues Sonder no le había quitado el ojo de encima a ella.

—¿Qué te hace tanta gracia? —le preguntó, quitándose la chaqueta, cuando la camarera se alejó, frustrada por no haber recibido la atención que buscaba.

—¿No te has dado cuenta de que todas las mujeres que hay aquí te están mirando?

Confundido, Sonder recorrió la cafetería con la mirada.

—Para nada. ¿No decías que todo el mundo me tiene miedo? —Tomó un trago de té.

—Y así es. Pero eso no quiere decir que no piensen que tu aire académico te hace, citando literalmente a una alumna, «superfollable».

Sonder se atragantó. Atta se rio y él se recolocó la corbata con un carraspeo.

—Pues muy bien.

La camarera regresó con el café de Atta y se lo plantó en la mesa de mala manera. Atta reprimió otra carcajada, y Sonder también, pero se le ruborizaron los pómulos, justo por encima de la barba.

—Ay, si se ha puesto colorado —se burló Atta.