El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

–Q ué cabronazo.

Llevaba tres días repitiéndose lo mismo.

En ese tiempo, apenas había dormido o comido, e incluso le había contestado mal a Emmy cuando había intentado sacarla de su habitación para que fuera con los chicos y con ella a tomar algo al Mulligan’s.

Cada segundo que no les había dedicado a las clases o al trabajo, lo había pasado estudiando la muestra del hongo que le había robado al Hilo Dorado y transformando las pesquisas que había estado recopilando durante los últimos seis años en algo parecido a un verdadero diario de investigación.

Llegó a la sala de profesores pisando fuerte, dispuesta a desquitarse, pero se sorprendió al encontrarse con Emmy y Marguerite Vasilios allí.

—Qué ingeniosa —murmuró la profesora, tan impecable y exótica como siempre.

—¿Qué estáis haciendo en esta facultad? —preguntó Atta, ignorando el comentario burlón de su compañera.

Emmy le dio un toque con el bolígrafo al bloc de notas que tenía delante.

—¿Te acuerdas de lo que hablamos sobre la terapia de grupo y los alumnos del doctor Frankenstein? Pues ha invitado a Marguerite a que la pruebe con ellos.

Atta apretó los dientes. Sonder no le había comentado nada.

—Emmaline —la reprendió Vasilios con suavidad, tras levantar la vista del periódico por primera vez—, tienes que dejar de llamar así al profesor Murdoch.

Atta seleccionó el vaso de papel más viejo que encontró, uno con el borde deformado. A saber por cuántas manos habría pasado ya. Lo cogió y lo llenó de café rancio y espeso.

—Bueno, pues nos vemos ahora —se despidió con tono cortante y salió de la sala mientras Emmy la miraba como si hubiera perdido la cabeza.

Sonder, que estaba subrayando el pasaje de un libro cuando Atta irrumpió en su despacho, cubrió las páginas con una carpeta tan pronto como la vio entrar.

—Ah, mi café.

Atta dejó el vaso de mala manera sobre la mesa y parte del líquido caliente escapó por la boquilla de la tapa.

—Ahí lo tienes.

Se volvió para marcharse, pero Sonder rodeó el escritorio en un abrir y cerrar de ojos.

—Atta, espera.

La joven se cruzó de brazos y le sostuvo la mirada.

—¿Qué pasa?

—Pareces molesta conmigo.

¿Lo estaba? ¿Estaba enfadada con él, o solo estaba pagando con él su rabia hacia el Hilo Dorado?

—No lo estoy —dijo por fin—. Es que estos últimos días han sido duros. Nada más.

—¿Es por la cabeza? —inquirió él, con el ceño fruncido de preocupación.

Atta dejó caer los brazos a los costados.

—¿Por qué no dejas de preguntarme eso? ¿Y cómo sabes lo de mis migrañas?

Le pareció ver un destello de pánico en la mirada del profesor, pero enseguida recuperó el control de su expresión.

—Gibbs me lo ha comentado.

—¿Gibbs? —Un zumbido sordo le estalló en los oídos. Ni siquiera sabía que Gibbs estuviera al tanto de lo de sus migrañas. Debían de haberle afectado más de lo que pensaba—. ¿Te refieres a mi compañero de residencia, Bernard Fitzgibbon?

—El mismo. Me comentó que sufres migrañas, y te he visto hacer una mueca de dolor de vez en cuando, no sé, como si te estuviera dando una.

«Mentiroso, mentiroso, mentiroso —canturreó una voz en la cabeza de Atta, la misma que le había hablado sobre los fuegos fatuos—. A los mentirosos los odiamos, y bajo el espino nos los almorzamos».

Desterró aquella vocecilla antes de responder.

—No sabía yo que tuvierais una relación lo bastante estrecha como para intercambiar cotilleos —comentó con voz neutra, al tiempo que se cruzaba de brazos.

Sonder apretó los labios en una fina línea.

—No estábamos cotilleando, señorita Morrow. Es el auxiliar de uno de mis colegas —aclaró con tono desafiante.

El ambiente había empezado a enrarecerse entre ellos.

—Ya lo sé.

Atta decidió ceder. Se miraron un rato más y entonces carraspeó:

—Bueno, da la casualidad de que presiento que se avecina una migraña de un momento a otro. ¿Te importaría darme la tarde libre para que pueda descansar? Es que trabajo en la morgue esta noche y como he oído que la profesora Vasilios se va a encargar de tu clase hoy...

—¿Trabajas esta noche?

—Pues sí… —respondió Atta despacio, ladeando la cabeza con los ojos entornados.

—De acuerdo, nos vemos el viernes.

Atta se marchó decidida a retomar su investigación; pero, de camino a la residencia, un solo pensamiento se repitió incesantemente en su cabeza, como un disco rayado: Sonder no daba clase los viernes.