Sonder
–M urdoch —dijo Lynch lentamente. La rigidez de sus hombros era lo único que indicaba que no había esperado encontrarlo allí.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
—Necesitaba muestras de tejido y no me apetecía esperar a que me las trajeran a la Casa Aquiles. —Sostuvo un frasco con muestras en alto y miró a su colega, máscara a máscara. La de cosas que escondían detrás de aquellos putos trastos—. ¿Qué te trae por aquí?
—No todos los días tenemos la suerte de contar con un estadio iv —dijo el otro, aunque sin mirar el cadáver—. Se me ocurrió venir a verlo antes de que se deshagan de los restos.
«Los restos». Le revolvía el estómago que hablara de una forma tan desapegada de la chica. Se trataba de una persona que, hasta hacía poco, había estado viva, respirando.
Lynch entrelazó las manos a la espalda como un dictador y se acercó a la mesa de autopsias, aunque no demasiado. Dios no quisiera que se manchara el abrigo impoluto o las manos, blancas como la nieve.
A Sonder casi se le escapó una carcajada al pensar en ello. No, Lynch dejaba el trabajo sucio para los demás. Siempre lo había hecho.
Sospechaba que el tipejo debía de estar verde bajo la máscara.
Con la mera intención de tocarle los huevos, Sonder cogió un bisturí e hizo una incisión más profunda de lo necesario en el corazón de la infectada.
Luego sostuvo en alto el pedazo cortado, que rezumaba sangre negra, el tiempo justo para que Lynch se estremeciera, y después lo metió en el frasco de muestras.
—¿A dónde la van a llevar? —preguntó Sonder, de la forma más discreta posible, mientras tomaba una muestra del pulmón y buscaba una jeringuilla con la que extraer un poco de sangre.
—Hay una parcelita en el cementerio del Trinity reservada para un estadio iv.
Sonder llenó la jeringuilla de sangre negra y Lynch se dio la vuelta.
—¿Te queda mucho? Tengo que completar mis notas.
Sonder le cerró la tapa al vial de sangre y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—Ya termino. Solo necesito una última cosa.
Lynch se puso a revisar sus papeles mientras Sonder tomaba otro tubo con un leve temblor en las manos. No tenía ni la menor idea de cómo sacar a Atta de allí.
Utilizó unas tijeras quirúrgicas para cortar un pedacito del pie del hongo, asegurándose de extraer parte de las raíces (del micelio, como lo había llamado ella), y lo guardó, con la esperanza de que bastara para que Atta pudiera trabajar con ello.
Entonces, deslizó todas las muestras en su bolsillo y tiró los guantes a la basura.
—¿Sabes si se puede salir de aquí por algún otro camino? —preguntó Sonder, al borde de la desesperación—. Me estoy meando.
Lynch se rio.
—Se tarda un buen rato en subir, ¿eh? —Señaló un pasillo oscuro al fondo, detrás del escondite de Atta. Sonder nunca se había fijado en él antes—. Creo que por ahí hay una salida. Debería conducir al cobertizo del conserje.
Ahora solo le faltaba encontrar la manera de sacar a Atta del condenado armario.
Nunca había sido uno de esos jóvenes que se dedican a colar chicas en su dormitorio, así que no tenía un marco de referencia que lo ayudara a llevarla fuera sin llamar la atención.
Joder, tenía que admitir que Atta se las estaba arreglando para hacerlo sentir joven de nuevo.
Se detuvo un instante a considerar qué haría ella en su lugar.
Seguramente trataría de distraer a Lynch con alguna tontería improvisada.
—¿Hueles eso?
Lynch levantó la vista de sus notas.
—¿Qué?
—Huele como a queroseno. ¿Serán los braseros?
—Mierda.
En cuanto Lynch arrojó su cuaderno sobre una de las mesas de metal y se marchó corriendo, Sonder se apresuró a abrir el armario, agarrar a Atta de la muñeca y arrastrarla hacia el túnel que conducía a la salida.
Una vez fuera, se llenaron los pulmones de aire frío y se apoyaron contra el lateral del cobertizo del conserje.
Entonces Atta se echó a reír, con la melena revuelta y el rostro resplandeciente bajo la luz de la luna. Sonder estuvo a punto de quitarse la máscara allí mismo, pero no quiso arriesgarse a interrumpir su risa.
Aunque al final acabaría interrumpiéndola igualmente.
***
—He dicho que no.
—He entrado ahí contigo —le gritaba Atta—. Y ha sido idea tuya, pedazo de amargado. ¡Lo justo es que estudiemos nuestros hallazgos juntos!
Joder, estaba preciosa cuando se enfadaba. Pero no tanto como cuando reía.
Sonder se obligó a desterrar aquel pensamiento.
Si bien no era una de sus alumnas, seguía siendo una estudiante, y él, un profesor.
Y ya había estado a punto de desmayarse en su presencia dos veces.
No debería haberla involucrado tanto. Esperaría a que le entregara el informe en el que estaba trabajando.
Su investigación. Luego le pondría fin a aquello, fuera lo que fuera. Tendría que bastar.
—No —insistió, con más convicción de la que sentía.
—Pero…
Atta estaba de pie en el aparcamiento de la gasolinera. La luz del interior del coche le iluminaba el rostro indignado mientras trataba una vez más de convencerlo de que la dejara ir con él a la Casa Aquiles.
—Buenas noches, Atta. —Sonder se inclinó por encima de la palanca de cambios—. Que duermas bien. —Y le cerró la puerta del copiloto en las narices.
Ella le gritó unos cuantos improperios a través de la ventanilla antes de retirarse por fin a su propio coche.
Sonder no arrancó hasta que la vio alejarse en dirección al Trinity.
Y no fue hasta que se detuvo en el largo camino empedrado de la Casa Aquiles y se tocó los bolsillos de la chaqueta cuando se dio cuenta de que la joven le había robado una de las muestras.