El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta #2
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Atta #2

—¿Y por qué sigues formando parte de ella? —le preguntó Atta, absorta en su narración.

—Porque no todos los miembros de la Agamenón son unos corruptos y porque las oportunidades que me brinda son vitales para mi trabajo. A veces, en este tipo de organizaciones, los cambios tienen que llevarse a cabo poco a poco, desde dentro.

Atta lo agarró del brazo para obligarlo a detenerse antes de avanzar más; pero lo soltó en cuanto notó que se tensaba.

—¿Por qué me estás contando todo esto?

—¿Quieres que te responda con sinceridad?

—Si la otra opción es que me mientas, por supuesto que sí.

La máscara se movió de un lado a otro mientras el hombre evitaba mirarla a toda costa.

—No lo sé —admitió por fin, en apenas un susurro—. Creo que estoy harto de tratar de buscar una cura y de reformar la Sociedad sin apoyo.

—Pero acabas de decir que no todos los miembros son malos. Cuentas con la Casa Aquiles. Con el resto de la Sociedad.

—Uno puede estar rodeado de gente y seguir estando solo, Atta.

Bajo la luz del farol, la joven alcanzaba a ver el reflejo de su propia máscara, con forma de cabeza de pájaro, en los anteojos de su compañero.

—Eso lo entiendo. —Seguramente mejor que la mayoría.

—Tú también has estado trabajando sola durante años, ¿verdad?

—Sí.

—Pues averigüemos qué narices está pasando, ¿te parece?

Atta agachó el pico de su máscara y doblaron una última esquina.

Entonces, el Hilo Dorado abrió una puerta que los condujo a lo que parecía una época distinta.

Dos gigantescos braseros de piedra ardían al pie de un pequeño tramo de escaleras, también de piedra.

En realidad, todo era de piedra, salvo las paredes de la cueva, que estaban compuestas de cráneos y huesos.

—Joder —susurró Atta, maravillada, mientras bajaba los escalones para admirar más de cerca la estancia.

La descomunal puerta se cerró con estrépito, y la joven se volvió de un salto. Se topó con el Hilo Dorado, flanqueado por las dos enormes parcas de piedra que custodiaban la entrada, sin rostro, con la capucha puesta y los brazos extendidos, a la espera de los muertos.

—Perdona —le dijo él, bajando los escalones hasta ella—. Me temo que es imposible cerrar esta puerta sin hacer ruido.

—¿Es aquí donde la Sociedad de Agamenón celebra sus reuniones?

—Al principio sí. —El Hilo Dorado señaló las paredes curvas de huesos—. Los ataúdes de los miembros de la Sociedad se entierran vacíos, porque nuestros cuerpos se incineran en un altar y los huesos se sacan del fuego antes de que acaben convertidos en cenizas.

Hizo un gesto con el que abarcaba los muros de la estancia, y Atta cayó en la cuenta de que estaban revestidos de…

—Huesos humanos —jadeó. Giró sobre sí misma admirando el osario, que era como una réplica en miniatura de las catacumbas de París.

—Sí, formamos parte de los cimientos de este lugar.

Sin darle tiempo a responder, el Hilo Dorado retomó la marcha y se internó en otro túnel, mucho más corto.

Desembocaron en una estancia idéntica a la anterior, salvo por el detalle de que todo estaba revestido de mármol, en vez de piedra sin pulir.

Atta se volvió para ver si también había dos estatuas a cada lado de la puerta, y resultó que, efectivamente, en aquel sanctasanctórum mejorado las parcas eran dos obras maestras de mármol.

Atta se preguntó cómo se las habrían arreglado para bajar tantas piezas de mármol hasta allí sin un solo rasguño, pero no tuvo mucho tiempo para pensarlo porque su guía ya había cruzado otra puerta.

Corrió para alcanzarlo, y se arrancó la máscara tan pronto como entró en la nueva estancia, de aspecto clínico.

Esperaba que el Hilo Dorado la regañara, pero no lo hizo.

Se había quedado inmóvil, igual que ella, contemplando el cadáver que yacía sobre la mesa de autopsias metálica.

Era el cuerpo de Lauren Kennedy. Envuelto en hiedra.

Atta dejó caer la máscara al suelo frío y se adentró en la estancia con la boca entreabierta. Su aliento formaba unas tenues nubes de vapor ante ella. La cabeza de Lauren estaba demasiado alejada del resto de su cuerpo; separada de su columna vertebral.

Atta se inclinó para examinarla más de cerca, fascinada ante los tallos que se extendían por su cuerpo como si fueran venas. Los peciolos y los capullos le sobresalían de la piel.

—Están completamente integradas en su cuerpo —le dijo al Hilo Dorado cuando este se colocó a su lado.

—Es como si brotaran de su interior —añadió él.

Tenía razón. Atta se aproximó hasta unas pequeñas cajoneras y rebuscó en su interior apresuradamente en busca de…

—Ten —le dijo el Hilo Dorado, ofreciéndole un par de guantes quirúrgicos antes de ponerse unos él también.

Juntos reabrieron la incisión del pecho del cadáver por medio de unos fórceps. Era una suerte que no la hubieran cosido aún.

—Quienquiera que se esté encargando de la autopsia regresará pronto —dijo el Hilo Dorado mientras cogía un par de tijeras quirúrgicas—. No han cerrado el cadáver y, estando así, es imposible que lo hayan dejado desatendido durante mucho tiempo.

Atta cogió unas pinzas y examinó la hiedra de la cavidad torácica en busca de las raíces que empujaron a Lauren a la muerte.

Los dos ahogaron una exclamación al unísono cuando descubrieron que un hongo había brotado en su interior.

—Su corazón —susurró Atta antes de mirar al Hilo Dorado—. ¿Cómo es posible?

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó el Hilo Dorado con tono urgente al ver que Atta se quitaba un guante de un tirón.

Pero ella tocó con delicadeza el sombrero del hongo sin molestarse en responder. En aquella ocasión, casi vio venir la migraña. Casi estaba lista para enfrentarse a ella.

La hiedra, densa y salvaje, trepaba por unas columnas de mármol.

Atta parecía haber viajado a la antigua Grecia, pero veía todo a través de una neblina dorada, como si estuviera en una película de Jean Harlow.

Al final de la hilera de columnas, había un trono compuesto de ramas retorcidas y salpicado de flores que no supo identificar.

Jamás había visto colores como los de sus pétalos.

De pronto captó un centelleo, como el de unas alas vaporosas.

Unos colmillos de los que goteaba sangre aparecieron ante ella.

Atta jadeó cuando la criatura se abalanzó sobre ella con un siseo, pero entonces todo se volvió negro y regresó a la realidad, donde el cuerpo de Lauren yacía ante ella y el Hilo Dorado le rodeaba la cintura con ambas manos para mantenerla en pie.

—¿Atta? —Sonaba casi asustado, como si ya hubiera repetido su nombre unas cuantas veces.

—Una migraña —dijo ella a duras penas.

Él la soltó, pero dejó una mano en la parte baja de su espalda para ayudarla a mantener el equilibrio. Ambos bajaron la vista para contemplar las esporas negras que le manchaban los dedos.

Una puerta se cerró con un estrépito en la lejanía. A Atta solo le dio tiempo a abrir los ojos de par en par antes de que el Hilo Dorado la agarrara de la muñeca.

—Deprisa, escóndete. —Se agachó para recoger la máscara que ella había dejado caer al suelo y se la estampó contra el pecho—. ¡Vamos!

Con la sangre tronándole en los oídos, Atta buscó un lugar donde esconderse.

Cualquier opción serviría. Se fijó en que había un armarito de suministros en el otro extremo del laboratorio, así que se metió dentro justo a tiempo de ver, a través de la rendija, que alguien abría la puerta de la sala de autopsias.

El desconocido llevaba una máscara idéntica a la que ella misma sostenía en sus manos.

Intentó aguzar el oído para escuchar la conversación, pero el cuero y el acero amortiguaban las voces.