El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

—Nos vemos en la gasolinera que hay al final de la calle.

—¿Te das cuenta de que la mitad de las veces que abres la boca suenas como un asesino en serie que va por ahí blandiendo un hacha?

—Pues es una suerte que use un bisturí en vez de un hacha, ¿no te parece? Al menos es más sutil.

—Estaré allí en diez minutos. —El Hilo Dorado cerró la puerta y ella acabó haciendo lo que le había pedido. Otra vez.

De camino a la gasolinera, se planteó hablarle acerca de la investigación que Murdoch y ella habían iniciado aquella tarde.

«Murdoch no, Sonder», se corrigió a sí misma, reprimiendo el cosquilleo que le trepaba por la nuca.

Estaba segura de que el Hilo Dorado y él debían de estar en contacto, aunque fuera muy de vez en cuando.

Atta no era tan tonta como para creer que, entre las tareas de Sonder como asesor del HPSC, no estaba la de intercambiar información con el cabecilla de la Casa Aquiles.

Seguro que conocía la identidad del Hilo Dorado, y sabía lo de la vegetación que habían encontrado en los cadáveres de los infectados en estadio iii .

Tampoco es que Atta pudiera sacarle el tema a Sonder, pues así solo conseguiría revelar sus propios secretos.

En ocasiones, había llegado a pensar que estaban compinchados o que incluso eran la misma persona.

Ambos eran tan hoscos y mandones que nada le habría sorprendido menos.

Atta perdió el hilo de sus pensamientos tan pronto como llegó a la gasolinera y vio a la compañera de residencia de Lauren Kennedy fumándose un cigarrillo apoyada contra su Volkswagen.

La había reconocido porque había salido en las noticias y no podía evitar sentir una profunda tristeza por ella.

Kathryn había sido quien había encontrado a Lauren, sin vida y consumida por la hiedra.

Atta no quería ni imaginar lo que debía de ser eso.

Aunque por sus manos pasaban cadáveres todos los días, nunca había tenido que ver a un ser querido en semejantes condiciones.

¿Qué habría pasado si Kathryn no se hubiera marchado a casa para conocer a su nueva sobrina, como le había contado a la presentadora, y se hubiera quedado en la residencia?

Aquello le dio una idea tan brillante como horrible.

Atta reconoció el coche del Hilo Dorado, pero hasta pasados unos instantes no cayó en la cuenta de que era la primera vez que lo veía.

Sin embargo, tenía la firme creencia de que todas las personas se parecen a sus coches y a sus mascotas.

Como anatomista jefe de una sociedad secreta de enmascarados, aquel Ford Capri verde oliva de los sesenta le pegaba tanto que casi resultaba cómico.

Atta aparcó cerca de él, pero eligió una plaza iluminada por las farolas; al contrario que el Hilo Dorado, que había decidido permanecer en las sombras, como siempre. Atta echó la llave de su coche y se metió en el de él.

—¿Me parezco a mi coche? —le preguntó a modo de saludo.

—¿Qué?

Dios, se moría por arrancarle esa estúpida máscara de la cara.

—Que si me parezco a mi coche.

El hombre orientó el pico de la máscara en dirección al vehículo de la joven y la luz se reflejó en sus anteojos.

—Eh…, ¿supongo?

Atta resopló.

—Da igual. Creo que deberíamos examinar un cadáver distinto al que encontramos anoche.

—¿Y eso por qué? —El Hilo Dorado entró en la calle principal.

—Porque no sé cuáles serán los signos del estadio iv , pero sospecho que coincidirán con los de Lauren Kennedy.

El Hilo Dorado giró la cabeza repentinamente hacia ella.

—No.

—O sea, que estás al tanto.

—Evidentemente.

—Pues llevémonosla.

—Nos estaríamos condenando a muerte. No podemos robarle un cadáver a la Sociedad en sus narices, Atta.

Maldita sea, ya estaba otra vez con lo de llamarla por su nombre.

—Tomemos algunas muestras por lo menos.

El hombre soltó un suspiro tan exagerado que Atta tuvo que reprimir una risita, porque sonaba como si estuviera a punto de decirle «No, yo soy tu padre» a Luke Skywalker.

—Está bien.

—¿En serio? —exclamó Atta, emocionada.

La risa grave y atronadora del Hilo Dorado retumbó en su pecho, y la joven notó que se le calentaban las mejillas.

—¿Sabes dónde está?

—La verdad es que creo que sí.

Al reparar en que aquella era la primera vez que lo veía sin guantes, Atta ya no pudo apartar la mirada de sus manos, aferradas al volante.

Ella no sabía moverse tan bien como debería por Dublín, pero estaba bastante segura de que no se dirigían a la universidad.

—Esto es una cafetería —señaló secamente cuando se detuvieron en un aparcamiento—. ¿Guardan los cadáveres infectados en el sótano?

—No. —El Hilo Dorado salió del coche, pero volvió a asomarse dentro—. Pero no vas muy desencaminada con lo del sótano. Vamos.

Atta se bajó del vehículo y siguió al enmascarado hasta un camino aislado que conducía a una arboleda envuelta en sombras. Algún día acabaría arrepintiéndose de ser tan confiada. ¿O más bien imprudente?

—¿A dónde vamos? —susurró, acelerando el paso para caminar a su lado.

—Ahora lo verás.

Algo se movió entre las ramas de un árbol por encima de su cabeza, y Atta ahogó un grito y se agarró al brazo del Hilo Dorado, estrechándolo contra su pecho antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Un búho salió volando de las ramas más altas y descendió en picado hasta aterrizar en otro árbol, ululando.

En cuanto comprendió que no se trataba de un monstruo, un villano o una terrorífica criatura de la noche, Atta exhaló, y luego reparó en que se había aferrado al brazo de su acompañante enmascarado como si su vida dependiera de ello.

Clavó la vista en sus anteojos, lo soltó y se apartó de él abruptamente.

—Perdona —murmuró, frotándose la nuca.

Él le respondió algo, pero habló en voz tan baja que la máscara impidió que Atta lo entendiera.

Siguieron caminando hasta que los árboles los escupieron ante la entrada lateral de un imponente edificio de piedra. La joven admiró su sagrada belleza de chapiteles y ventanas en forma de arco.

—Es la catedral de San Patricio.

—Así es.

Para su más absoluta estupefacción, el Hilo Dorado sacó una llave maestra que parecía pertenecer al mismísimo Drácula y la metió en la cerradura.

—Me parece que ya va siendo hora de que me des una lección de historia sobre la Sociedad —susurró a su espalda. Estaba tan nerviosa que se fue pegando más y más a él.

Una vez que entraron en el edificio, el Hilo Dorado cerró la puerta con llave antes de acercarse con decisión a una especie de armario, cuyos detalles se perdían en la oscuridad.

Sacó algo del interior, y Atta oyó que encendía una cerilla un segundo antes de que prendiera y la luz de un farol iluminara la estancia.

—Pero ¿se puede saber qué tienes en contra de las linternas?

El hombre se rio entre dientes.

—A los miembros de las sociedades secretas nos gusta tontear con lo arcano y lo siniestro. —Al tiempo que hablaba, le ofreció una máscara picuda del armario—. Ponte esto. No creo que nos crucemos con nadie, pero es mejor prevenir que curar.

Atta lo siguió hasta una enorme puerta de madera con la esperanza de que estuvieran a punto de entrar en el santuario propiamente dicho, aunque todo apuntaba a que ese no sería su destino.

Como sospechaba, la puerta conducía a una empinada escalera de piedra que se perdía en las profundidades.

Parecía descender tanto que ni siquiera tenía sentido desde un punto de vista físico.

—¿Vamos a algún lugar subterráneo? —susurró la joven cuando los escalones dieron paso a una serie de adoquines rotos, y estos, a un suelo de tierra.

—Sí, hay que bajar bastante.

A Atta le dio la impresión de que el Hilo Dorado le estaba proporcionando muchísima información para ser alguien que se había negado a compartir su nombre con ella, pero no pensaba decírselo.

—Volviendo a esa lección de historia…

El Hilo Dorado le lanzó una mirada fugaz.

Los túneles se habían estrechado tanto que los picos de sus máscaras casi se rozaban.

Atta le dio un puntapié a algo que salió rodando hacia las sombras que se alzaban ante ellos, aunque tuvo tiempo de fijarse en que se trataba de la calavera de algún pequeño mamífero.

Finalmente, el Hilo Dorado habló:

—La Sociedad de Agamenón fue fundada hace mucho tiempo por un grupo de académicos afines que querían investigar dejando a un lado las convenciones sociales sin enfrentarse al rechazo de la gente. Casi siempre utlizaban el HPSC de pantalla.

Atta no veía con demasiada claridad por culpa de la máscara, pesada y alargada, así que se tropezó más de una vez mientras intentaba prestar atención a lo que su acompañante le estaba contando.

—La mayor parte de los miembros fundadores querían ahondar en el campo de la medicina, a pesar de que la única manera de entender el cuerpo humano de verdad consiste en abrirlo.

A muchos les parecía una práctica perturbadora, así que la Sociedad actuó con discreción y se procuró objetos de estudio por medio de tratos con morgues y sepultureros.

Tras doblar una esquina, el túnel se ensanchó, y los hombros de Atta y el Hilo Dorado dejaron de rozarse al andar.

—Con el tiempo, la Sociedad creció, dando cobijo a todo tipo de personas excluidas por la sociedad, tanto hombres como mujeres. Poetas, autores, librepensadores… Era una de las cosas más bonitas de Dublín.

—¿Era?

—No se te escapa una. Sí, al principio, todo era innovación, avances y tantas proezas académicas como puedas imaginar.

Sin embargo, poco a poco, los nuevos miembros, así como aquellos que habían sido admitidos por parentesco (vamos, los que obtuvieron un asiento heredado), empezaron a corromper la Sociedad y todo cuanto había simbolizado en un principio.

Cuando yo conseguí mi puesto, tan heredado como bien merecido, las rencillas internas y la corrupción ya campaban a sus anchas.

Incluso algunos políticos se las habían arreglado para meter la cabeza en la Sociedad e intentaban controlarla con el fin de satisfacer sus propios intereses.