Atta
Emmy estaba tumbada en la cama de su compañera, boca abajo, con la barbilla sobre las manos y los tobillos cruzados.
—Combina de maravilla con los pantalones —añadió.
—¿Cómo va la cosa con el doctor Frankenstein? —Emmy alzó las cejas repetidamente—. Yo desde luego no me quejaría si tuviera que pasar tanto tiempo a solas con él. ¿Cómo lo describió tu amiga?
—Como un hombre con un «aire académico que lo hace superfollable» —citó a Imogen con una carcajada—. En realidad, no es que sea muy hablador, pero la cosa no va tan mal como esperaba. ¿Tú qué tal con la profesora Vasilios?
Emmy suspiró y rodó para quedar boca arriba mientras Atta se ponía una cantidad exagerada de anillos.
Se había pintado las uñas de marrón chocolate, en un intento por despejar la mente y conciliar el sueño después de haber pasado la noche en el cementerio con el Hilo Dorado.
El color plateado de los anillos le arrancaba al esmalte un tono violeta que le encantaba.
—Marguerite es Marguerite —dijo Emmy—. Ahora está empeñada en que la terapia en grupo resulta más beneficiosa, aunque creo que es una moda pasajera que se ha sacado del Psych Journal .
Atta esbozó una mueca.
—Suena horrible.
—Lo es. Los alumnos lo odian. ¿Tener que airear sus trapos sucios para que sus compañeros los evalúen?
Es una puta locura y, en mi opinión, una pérdida de tiempo.
Bueno, y no me tires de la lengua con los trabajos.
—Soltó un resoplido que hizo que le temblaran los labios—.
La nueva dinámica los está transformando en algo que ellos mismos detestan.
—¿Qué espera conseguir Vasilios con lo de la terapia de grupo? —preguntó Atta, colocándose bien los flecos de los mocasines.
Emmy se incorporó. Se le abrió un poco la bata de seda, de color crema, dejando al descubierto parte de su pecho.
—Dice que los ayudará a entender que no están solos. Que tendrá el mismo efecto que un mediador pero sin recurrir a uno. ¿Entiendes por dónde voy?
Atta asintió y se puso su americana de lana.
—Como si la gente se sintiera más cómoda compartiendo sus inquietudes cuando hay otras personas delante. Como si sirvieran de amortiguador.
Emmy chasqueó los dedos y la señaló.
—Exacto.
—Pero ¿funciona?
—De momento no, pero tal vez sea cuestión de tiempo. Creo que Marguerite no se da cuenta de que ese tipo de dinámicas funcionan mejor con familias o con personas que comparten un mismo escenario vital, no con desconocidos que coinciden en una asignatura. Yo probaría con clases más pequeñas.
Atta asintió.
—Eso es algo que me gusta de las clases de Murdoch. El número de alumnos es tan reducido que es como formar parte de una pequeña comunidad. Cuando termine el semestre, los estudiantes estarán mucho más unidos de lo que imaginan.
—Pues ese sería el escenario perfecto para la terapia de grupo. Y más con esos cadáveres que abrís en canal y las pesadillas que deben de causaros. —Emmy se estremeció y Atta se rio.
—¡Emmy! —gritó Domhnall desde la sala común—. ¡Atta! ¡Venid aquí, rápido!
Las dos intercambiaron una mirada de extrañeza y salieron corriendo hacia la sala común, donde su compañero, que había puesto la tele a todo trapo, toqueteaba los botones del mando sin éxito para intentar subir el volumen todavía más.
Una periodista de aspecto serio hablaba ante el Campanile, con un micrófono pegado a la boca y hojas secas volando a su espalda. Atta vio su antigua ventana al fondo, la tercera por la derecha, en el segundo piso.
—Gracias, Peter —decía la mujer—. Estamos en directo desde el Trinity College, donde ayer encontraron a una estudiante infectada.
La joven fue hallada en su habitación de la Residencia Siete a última hora de la noche.
Según los informes, sucumbió a la peste delante de la televisión, y cuando la localizaron, había pasado tanto tiempo que una enredadera había trepado por su ventana, pese a estar cerrada, y había cubierto su cuerpo casi por completo.
La dirección del Trinity todavía no ha decidido si cerrará el campus…
La foto de la estudiante fallecida apareció en pantalla, y el resto de la intervención quedó ahogado por el zumbido que a Atta le estalló en los oídos.
La imagen iba acompañada del nombre de la chica: Lauren Kennedy.
Pero Atta solo veía a su compañera de clase.
Aquella con la que había chocado hacía unas semanas y a la que había visto morir exactamente de esa forma: cubierta (desmembrada) por la hiedra.
Presa de las arcadas, Atta corrió al cuarto de baño y vomitó bilis.
***
Nada más salir de la única clase que tenía aquel día, Atta cruzó el campus a toda prisa en dirección a la Facultad de Medicina con la esperanza de hablar con el profesor Murdoch.
Tras la vomitona, Emmy había terminado de contarle lo que había dicho la reportera. Murdoch había salido en la tele con el decano Lynch y algunos directores de departamento de la facultad.
Aunque el profesor no estaba en su despacho, Atta lo encontró deambulando cerca del anfiteatro quirúrgico. Él se volvió hacia ella en cuanto la vio. Frunció el ceño y dio un paso adelante.
—¿Te encuentras bien? ¿Te duele la cabeza?
Atta lo miró extrañada. Debía de haberse dado cuenta de lo abrumada que estaba. De lo nerviosa que se sentía.
—No, no, me encuentro bien. ¿Cree que cerrarán la universidad?
—No lo creo. Sería una imprudencia, y yo me he mostrado en contra.
—¿Por qué?
Murdoch se pasó una mano por el pelo. Lo tenía alborotado, como si hubiera repetido aquel gesto muchas veces desde que la noticia se había hecho pública aquella mañana.
—Porque esto no funciona así. Todo el mundo sabe que no es un virus.
Al menos, no uno que se comporte como los otros que conocemos.
No se propaga como tal. La compañera de la fallecida está perfectamente, igual que los demás alumnos con los que se relacionaba.
Cerrar la universidad solo desataría el pánico.
Atta tragó saliva y asintió. Trataba de mantener la calma, pero el profesor le estaba contagiando su inquietud.
—Según he oído, han tardado tanto en encontrarla que le había empezado a trepar hiedra por el cuerpo.
Murdoch desvió la mirada, pensativo.
—Era una alumna de Botánica. ¿La conocías?
Atta asintió ligeramente; se le estaban entumeciendo los dedos. Pasados unos instantes, Murdoch preguntó:
—¿Cuándo fue la última vez que la viste en clase?
—La semana pasada.
—¿Y la hiedra crece tan deprisa?
—En las condiciones adecuadas, puede llegar a ganar entre dos y tres metros en un año.
Al oír sus propias palabras, todo aquello le sonó ridículo. La hiedra no podía haber crecido tanto en una semana.
—Parece un comportamiento bastante agresivo, ¿no?
Atta no podía negarlo.
—Desde luego. —Pero no tenía claro a dónde quería llegar Murdoch o qué sabía ya gracias a su papel como asesor del HPSC—.
A lo mejor la hiedra estaba en su habitación desde antes.
—Atta estudió los movimientos del profesor.
Mantener aquella conversación en particular con él le resultaba familiar—. ¿Usted qué piensa?
El profesor escudriñó su rostro durante un buen rato.
—¿Puedo enseñarte algo?
—Tenemos clase en diez minutos.
—La cancelaré.
—Piense en lo que ha dicho antes. ¿No cree que les meterá el miedo en el cuerpo si hace eso precisamente hoy?
—A veces el miedo purifica el alma, Atta. Nos recuerda lo importante que es dedicarle más atención a aquello que damos por sentado cuando todo va bien. —Hizo una pausa para que sus palabras calaran en ella—. Ven conmigo.
Aunque hubiera bibliotecas mucho más impresionantes, ninguna era comparable a la Biblioteca Antigua del Trinity.
Al menos, no para Atta. Tan pronto como ponía un pie dentro, se quedaba sin aliento al contemplar sus más de doscientos mil libros, sus suelos encerados, sus amplios techos abovedados y sus bustos de los padres del conocimiento, que velaban por sus sucesores mientras se dedicaban al estudio.
—¿A qué hemos venido aquí? —le preguntó en un susurro a Murdoch mientras pasaban por delante de los bustos de Homero, Aristóteles y Platón.
Él subió por la escalera sin responder, y Atta lo siguió. De pronto, giró bruscamente y se detuvo sin vacilar ante una estantería concreta. Sacó un libro con cuidado, lo dejó sobre una de las estrechas mesas altas y dio un paso atrás, señalándolo con un gesto.
—Página 419. Dime qué conclusiones sacas.
Atta se lo quedó mirando un momento. Todavía parecía muy inquieto y la estaba poniendo de los nervios.
Era la primera vez que abandonaba su fachada estoica y taciturna con ella.
Se acercó a la mesa con cautela, como si algo fuera a salir de las páginas para morderla o un hada fuera a raptarla y a dejar a una niña en su lugar.
Las hojas eran viejas y estaban amarillentas, así que Atta pasó las páginas con cuidado hasta llegar a la 419. Se quedó boquiabierta al ver lo que Murdoch quería enseñarle.
Se trataba de un esquema detallado de la dispersión de las esporas, acompañado de un texto que describía cómo los hongos se comunican con las plantas que los rodean a través del micelio, recurriendo a impulsos eléctricos. Atta ya sabía todo aquello, pero Murdoch…
La joven levantó la vista del libro para mirarlo.
—¿Qué lo ha hecho pensar en esto?
—He trabajado como asesor en varios casos de peste.
No creo… —Cerró la boca y se pasó la mano por el mentón—.
No creo que sea normal que la hiedra haya crecido de esa manera.
Diría que este es el mejor punto de partida del que disponemos.
—Señaló el esquema—. Aunque, con tus conocimientos de botánica, seguro que para ti será más fácil descubrir por qué las esporas del paciente cero eran tan importantes.
Atta se humedeció los labios y se apoyó en la mesa alta; le daba la sensación de que tanto ellos como su conversación ocupaban todo el espacio del pasillo.
—Llevo seis años intentándolo. Desde que leí lo del paciente cero. —Se relamió los labios de nuevo—. Usted me preguntó por qué estoy en el Trinity…
—Y ese es el motivo, ¿verdad? ¿Por eso combinas la botánica con las ciencias post mortem?
Atta bajó la cabeza, abrumada por que el profesor hubiera descubierto el vínculo entre sus intereses. Sintió una emoción muy intensa, y no supo explicar por qué.
Murdoch volvió a pasarse la mano por el pelo, dejándoselo todavía más revuelto. Luego se la metió en el bolsillo de la americana de pana y se sacó las gafas. Una vez que se las hubo puesto, señaló el libro con la cabeza.
—¿Te importaría dejarme por escrito todo lo que sepas sobre el tema? Tómatelo como un informe.
Atta lo miró estupefacta. Estaba tan cerca de ella que le empezaba a costar un poco respirar.
—Sí. Es decir, por supuesto, lo haré.
Una sonrisa minúscula pero sincera le curvó los labios.
—Gracias, Atta.
Se volvió para coger otro libro de la estantería. Estaba muy cerca del primero que había sacado, así que debían de tratar de temas similares. Sin embargo, la mente de Atta se desvió hacia un asunto totalmente distinto cuando lo vio pasar las páginas.
—Ay, Dios. —Solo fue un susurro, pero el profesor se giró con expresión alarmada y dio un paso hacia ella.
—¿Qué te pasa? ¿Es la cabeza?
—¿Qué? —Atta lo miró con una mueca. ¿Por qué no dejaba de preguntarle eso?—. No. Ya sé de qué me sonaba cuando nos conocimos.
Murdoch se quedó tan inmóvil como uno de los bustos de mármol que decoraban la sala principal de la biblioteca.
—¿De qué? —preguntó con tirantez, obligándose a pronunciar aquellas palabras entre dientes.
—Usted debía de estar haciendo el doctorado cuando yo me matriculé por primera vez, ¿verdad?
Él ladeó la cabeza, pensativo, y luego se encogió de hombros.
—Estuve con el doctorado desde finales del 78 hasta el 83. Me tomé un año sabático en Italia antes de empezar.
—¡Sí! —exclamó Atta, emocionada por haberse quitado esa espinita por fin—.
Yo estaba estudiando en esa mesa, justo ahí.
—Señaló un asiento al otro lado de la galería—.
Tenía un examen de Folclore al día siguiente y usted estaba ahí —apuntó hacia el extremo de la mesa— leyendo.
—Atta le dedicó una sonrisa, y le pareció que la mirada de Murdoch descendía hasta sus labios antes de volver a posarse en sus ojos—.
No se sentó ni un segundo. Se quedó ahí de pie, igual que ahora.
Igual que hace siempre que lee, sin sacarse la mano del bolsillo hasta que tiene que pasar la página.
—Atta se rio con un cariño que no sabía que le profesaba, y él volvió a quedarse de piedra—. La verdad es que me sacó de quicio.
Atta se esforzó por no perder la sonrisa mientras el profesor parecía buscar algo en su rostro, pero, cuanto más tiempo tardaba él en responder, más difícil le resultaba.
—¿Profesor? —lo tanteó, después de un rato.
—Sonder.
—¿Cómo dice? —El corazón le martilleó contra las costillas nada más oírlo.
—Por favor, llámame Sonder. Y tutéame. No soy tu profesor, y te estoy pidiendo ayuda de igual a igual.
Atta apretó los puños a cada lado de su cuerpo porque le habían empezado a sudar las manos de improviso.
—Está bien, Sonder. —Probó a pronunciar su nombre, y él tragó saliva antes de asentir.
—Perfecto.