El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Sonder
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Sonder

–D espierta.

—Gibbs, arriba.

—Joder —refunfuñó el chico, frotándose los ojos con los nudillos mientras trataba de incorporarse—. ¿Murdoch? Hostia. ¿Qué haces en mi habitación?

—Tengo que hablar contigo.

—¿Qué hora es? —Gibbs miró a su alrededor, adormilado—. ¿Cómo has entrado?

Sonder colgó su máscara de uno de los postes de la cama.

—Son las 4:56 de la madrugada, y trepar por un puto árbol no es tan complicado. Mueve el culo.

—Ya voy, ya voy. —Gibbs se puso las gafas y entrecerró los ojos para protegerse de la repentina luz que bañó la estancia cuando Sonder encendió una lámpara sin previo aviso—. ¿Qué pasa?

—¿Qué sabes de las migrañas de Atta?

—De las… ¿qué?

—Dios santo, Gibbs. Sé que estabas dormido, pero esto ya es ridículo. Sus migrañas. Las migrañas de Atta. ¿Qué se las causa?

Gibbs negó con la cabeza. Tenía todo el pelo revuelto.

—Nunca me ha hablado de ellas.

Sonder apretó los dientes.

—Pues necesito que me consigas información.

—¿Quieres que espíe a mi compañera? ¿Por qué no se lo preguntas tú mismo?

—Porque no puedo, ¿vale?

—¿Esto tiene que ver con la Sociedad o con tu asignatura?

—Me cago en la leche, haces casi tantas preguntas como ella. —Sonder se puso de pie, cogió la máscara y se dirigió a la ventana—. Tú haz lo que te he pedido, y ya.

Tras colocarse la máscara, salió por la ventana y se encaramó al enorme árbol que crecía junto al edificio.

—Y asegúrate también de que cierra la puta ventana con pestillo —dijo, volviendo a asomarse a la habitación—. No me ha costado nada entrar.

—No creo que por aquí haya muchos pervertidos buscando colarse por ventanas ajenas —replicó Gibbs.

Sonder ahogó una risotada.

—Me gusta esta versión sin filtros de ti, Gibbs.

Bajó por el tronco del árbol, aterrizó de un salto sobre la tierra mullida y emprendió su camino de vuelta a la Aquiles.