El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta #3
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Atta #3

Se adentró más en la niebla persiguiendo uno a toda prisa. Con la respiración entrecortada, sacó un frasquito de sal negra y aceleró.

Un grito desgarrador atravesó la niebla nocturna y todo se volvió blanco.

—¡Atta! —Alguien la estaba zarandeando—. ¡Atta, despierta!

Una mano enguantada le estaba tocando la mejilla.

El cuero del guante era suave, y su contacto, delicado.

Atta abrió los ojos poco a poco, pero se le salieron de las órbitas al ver una máscara de médico de la peste sobre ella.

Estaba tumbada sobre su regazo, cubierta de tierra procedente de las tumbas.

—Ay, Dios mío. —Se apartó a toda prisa del Hilo Dorado y se dejó caer sobre la hierba llena de barro—. Lo siento muchí­simo.

—Atta —dijo él con voz tranquila—, ¿qué ha pasado?

Se puso de pie e hizo intención de ayudarla a levantarse, pero ella no aceptó la mano que le ofrecía.

—Nada. Es que a veces me dan migrañas.

—¿Y suelen hacer que te desmayes?

—Eso ha sido una novedad —dijo Atta, rascándose el brazo.

—Dame las llaves del coche.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Te llevo a casa.

—¿Y qué pasa con el cadáver? ¿Y las muestras?

—No te preocupes por eso. Dame las llaves.

—No.

Pero la joven se tambaleó al ponerse de pie, y él le pasó un brazo por la cintura para ayudarla a mantener el equilibrio. Cuando volvió a alejarse, tenía las llaves de Atta en la mano.

—¡Oye!

—Vamos.

—Te dejas la maldita lámpara. Menudo delincuente de pacotilla estás hecho.

Atta cogió el farol del suelo y se llevó un buen susto al ver que la llama se volvía azul antes de reptar por la mecha y salir volando. Antes de que a Atta le diera tiempo a reaccionar, la llama alcanzó otra tumba y se disipó como una bengala.

—¿Qué estás haciendo? —refunfuñó el Hilo Dorado cuando Atta saltó por encima de un par de tumbas hasta llegar a la que había indicado la llama.

«Era un fuego fatuo —le susurró su traicionera mente, igual que en la visión causada por la migraña—. La llama de los difuntos».

—Esta también tiene fertilizante —dijo, hablando por encima del hombro—. Ven, mira.

—Ya retomaremos esto en otro momento. Ahora tienes que irte a casa.

—Cierra el pico.

Atta vio otra moneda resplandeciendo bajo la luz. También tenía un espino grabado. Se la ofreció al Hilo Dorado mientras la sangre le rugía en las venas.

—Tenemos que irnos ya.

—Acabo de ver algo.

Atta se agachó un poco, pero terminó dándose por vencida y se dejó caer sobre las manos y las rodillas. Había algo más sobresaliendo de la tierra.

El estirado Hilo Dorado se arrodilló a su lado al instante.

—Madre mía. ¿Eso es…?

—Una seta.

—No es que sepa mucho de botánica, pero encontrar algo así en una tumba reciente no es nada común, ¿verdad?

—En una tan reciente como esta no. Me la voy a llevar.

El Hilo Dorado la agarró de la muñeca cuando extendió la mano.

—No sin una máscara y guantes. Todavía no sabemos cómo se propaga la peste, y no podemos correr riesgos.

—Pues préstame los guantes.

El Hilo Dorado se lo pensó un momento, pero al final se los quitó y se los pasó. A Atta le quedaban tan grandes que trabajar con ellos resultó ser un engorro.

—Tengo que arrancar el hongo entero, con el micelio.

—No creo que quepa en ninguno de los botes de muestras que he traído. Tendremos que volver mañana por la noche.

Todo su ser le pedía a gritos que se llevara el hongo para analizarlo. Hasta donde ellos sabían, el organismo se las había arreglado para sobrevivir pese a que habían removido la tierra donde crecía. Pero no podría comprobarlo hasta estudiar el micelio.

—Te lo pido por favor… Déjame llevarte a casa. —El atisbo de afecto que escuchó en la voz del hombre la hizo ceder.

—Está bien —aceptó por fin, antes de incorporarse y sacudirse la tierra de la ropa.

Siguió al Hilo Dorado hasta el coche y le permitió conducir. Hicieron todo el trayecto en silencio hasta que se detuvieron en el aparcamiento, lejos de los demás coches.

—¿Y cómo volverás tú a casa? —le preguntó Atta cuando apagó el motor.

—No te preocupes por eso.

Su acompañante le devolvió las llaves tan pronto como salieron del coche.

—¿Cómo es posible que una planta brote de los órganos de un infectado? —La voz de Atta sonó más débil de lo que le habría gustado, pero la respuesta de él también fue prácticamente inaudible a través de la máscara:

—Todavía no lo sé. Y ahora me preocupa pensar en quién tendrá ya una respuesta. Entra ya.

Se alejó caminando y se adentró en la oscuridad de los árboles, con las manos en los bolsillos del abrigo.

A Atta la ponía nerviosa que el Hilo Dorado supiera tantos detalles sobre ella, como su nombre o la dirección de su residencia, pero lo que más la inquietaba era que no le tenía ningún miedo.

De camino a la Casa Briseida, se volvió para echar un vistazo por encima del hombro y vio que el Hilo Dorado la observaba junto a los árboles.

Le hizo un movimiento con la mano para que siguiera adelante.

Hasta que no hubo subido a su apartamento, Atta no cayó en la cuenta de que el hombre debía de haberse quedado esperando para asegurarse de que entraba en la Casa Briseida sana y salva.