El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta #2
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Atta #2

Ambos sabían que Atta intentaba provocarlo.

Sin embargo, la joven no tenía ninguna intención de dejarlo tranquilo.

A juzgar por su estatus, su físico y su voz amortiguada, calculaba que tendría unos treinta y pico años.

Tal vez incluso hubiera cumplido ya los cuarenta.

Los hombres un poco más mayores que ella siempre le habían llamado la atención; al menos ellos sí sabían qué narices hacían con su vida.

Sin venir a cuento, su cerebro conjuró la imagen de Murdoch el día en que le había hablado de las novelas que había estado leyendo.

Atta sacudió la cabeza para desterrarlo de su mente.

—¿No será porque eres un carcamal? —continuó provocándolo—. Resulta difícil imaginar tu aspecto debajo de esa máscara, ¿sabes?

Permanecieron ocultos entre las sombras. Con la luz del farol brillando en los anteojos de la máscara, Atta veía su propio reflejo en las llamas.

—Soy como el buen vino, tesoro.

A Atta le subió la sangre a las orejas y se le aceleró el pulso, pero el Hilo Dorado se limitó a dar media vuelta y encaminarse hacia el oscuro cementerio, con el farol en una mano y la pala apoyada sobre el hombro.

Ella lo siguió con el corazón martilleándole contra las costillas. Aquello no tenía nada que ver con sacar cadáveres a escondidas de la morgue, bajo las farolas estropeadas de la calle, después de que los Gallagher se marcharan a casa. Estaban a punto de colarse en el cementerio de la universidad.

—¿Cuál es tu plan exactamente? —preguntó Atta, frotándose las manos para entrar en calor y asomándose por encima de su hombro mientras él forzaba la cerradura.

Cuando esta cedió con un chasquido, el Hilo Dorado agarró la manija.

—Encontrar un cuerpo en estadio iii .

—Pero ¿cómo vamos a sacarlo de aquí?

—No hace falta que nos lo llevemos entero. Le echaremos un vistazo y cogeremos algunas muestras.

Todas las tumbas eran recientes; habían dispuesto la tierra revuelta en pulcros montículos sobre cada cuerpo. A Atta la embargó una inefable tristeza al comprobar que ninguna de ellas estaba identificada.

—¿Por qué no hay lápidas? —preguntó mientras avanzaban.

—Hacerlas lleva un tiempo. —Al estar al aire libre, Atta tenía que aguzar el oído para escucharlo—. Pero me atrevería a decir que no llegaremos a ver ninguna por aquí.

Movida por la frustración y un espantoso nerviosismo, Atta agarró al Hilo Dorado por el codo de su abrigo negro. El hombre se detuvo en seco y se volvió para mirarla.

—Entiendo que no quieras quitarte la máscara o decirme cómo te llamas, pero, si voy a meterme en esta mierda, quiero saber qué es lo que está pasando de verdad.

—No puedo contarte nada, Atta.

—Vivir en la ignorancia no me mantendrá a salvo.

—Yo no he dicho eso.

—¿Sabes siquiera qué está pasando? ¿El porqué de todo esto?

—Sé que resulta extraño que ahora opten por enterrar tantos cuerpos como sea posible después de haber estado pidiendo que se incineraran —dijo él en tono cortante—, pero mi trabajo consiste en erradicar la peste, no en cuestionar las prácticas funerarias de la gran ciudad de Dublín.

—¿Me podrías decir si la Casa Aquiles colabora con el Departamento de Anatomía Patológica del Trinity?

—le preguntó Atta cuando ya empezaba a alejarse.

Sin embargo, él siguió caminando—. He leído en un artículo que el Gobierno le ha hecho algunas consultas al departamento.

¿Acaso no sois una entidad del Gobierno?

¿Cómo si no conseguiríais los fondos que necesitáis?

El Hilo Dorado dio media vuelta para enfrentarse a ella.

—Haces demasiadas preguntas —le espetó, apretando los dientes—, y no es momento para clases sobre la historia de la Sociedad.

Echó a andar a zancadas, así que Atta se cargó su pala al hombro para alcanzarlo.

—¿Sabes al menos qué estás buscando? —le preguntó después de haber recorrido todo el perímetro del cementerio.

—Las tumbas de los infectados en estadio iii están marcadas, pero no sé cómo. Admito que esperaba que fueran más fáciles de identificar.

Atta se agachó junto al montículo de tierra que tenía más cerca.

—Alúmbrame aquí.

El Hilo Dorado hizo lo que le había pedido, y Atta hundió la mano en la tierra húmeda y fértil. La extendió con los dedos para inspeccionarla.

—Más cerca —le ordenó, y él se puso de cuclillas a su lado, de manera que sus rodillas casi le rozaban el brazo—. Jesusito de mi vida —murmuró, y oyó claramente que el Hilo Dorado ahogaba una carcajada tras la máscara—. Es fertilizante.

El hombre se volvió hacia ella de una forma tan repentina que estuvo a punto de golpearla en la mejilla con el pico de cuero de su máscara.

—Para que la hierba vuelva a crecer, ¿no?

Atta se sacudió la tierra de las manos y se puso de pie.

—Yo no suelo frecuentar cementerios, pero imagino que sí. Aunque…

Dejó la frase a medias y señaló la tumba contigua a la que acababan de examinar, donde la tierra estaba mucho más apelmazada. Era mucho menos fértil. En aquella isla esmeralda, la vegetación crecía sin ayuda, pero…

El Hilo Dorado movió el farol en esa dirección y lo levantó para iluminar media docena de tumbas recientes. Solo habían utilizado la tierra oscura con fertilizante en una de ellas.

—Mira esto —dijo el hombre, rodeando la tumba para dejar el farol junto a un extremo. Se agachó y cogió algo brillante y plateado, que resplandeció bajo la luz del fuego.

—¿Es una moneda? —preguntó Atta, inclinándose para echarle un vistazo. Él la sostuvo en alto.

—Nunca había visto nada similar —dijo el Hilo Dorado, pensativo—. El material es más ligero de lo que esperaba y su brillo casi parece etéreo.

—El grabado que tiene representa un espino. —Atta extendió la mano para que el hombre depositara la moneda sobre su palma. Pero, en cuanto el objeto entró en contacto con su piel, un horrible chirrido le arrancó un jadeo.

Atta se encontró de pronto en medio de un interminable bosque de espinos, envuelto en niebla.

Tenía miedo.

Corría.

Corría para alejarse de algo. ¿O era para llegar hasta algo?

Oía una voz llamándola. Una voz que sonaba mucho más asustada que ella. Notaba lágrimas corriéndole por las mejillas, pero ¿por qué lloraba?

—¡Atta! —aulló la voz de nuevo. Le resultaba familiar, profunda y sonora.

Lloró con más ganas y corrió más rápido.

—¡¡Atta, no!!

Si pensaba que el jadeo que había dejado escapar al sumergirse en su alucinación había sonado gutural, los gritos del hombre destilaban puro tormento.

Entre la niebla se apreciaban unas luces parpadeantes. Eran azules, como la parte más caliente de una llama.

«Fuegos fatuos —oyó decir a su propia mente fragmentada—. Las llamas de los difuntos».