El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

D espués de que Murdoch se disculpara, los dos adoptaron una delicada rutina.

—No suelo ver muchas películas —admitió Murdoch, ofreciéndole una sonrisa tan diminuta que casi parecía resultarle dolorosa.

—Sí, eso he leído —respondió él apretando los dientes.

—Es raro, ¿verdad? Siempre han insistido en lo importante que es incinerarlos.

¿Qué ha cambiado? El artículo decía que la Facultad de Medicina está participando en una investigación para contener la peste.

¿Está usted involucrado? Imagino que los departamentos de Patología y Anatomía Patológica son los más adecuados para…

—Ese no es un tema apropiado para hablar aquí.

Atta se tragó el resto de sus palabras y se mantuvo ocupada hasta que llegó la hora de su siguiente clase y, después, su turno en la morgue.

Cuando aparcó delante de la Casa Aquiles aquella noche, lo único que la mantenía en pie eran la cafeína y un bocadillo de pollo que había comprado en una gasolinera y del que, sin duda, se arrepentiría más tarde. Pero merecía la pena.

El número de infectados no identificados seguía siendo muy bajo.

La peste había enterrado sus tentáculos un poco más en el tejido de la sociedad, de manera que cada vez había más personas llorando la muerte de sus seres queridos y menos sujetos de estudio para Atta.

Sin embargo, aquel día sí contaba con un cadáver no identificado.

Cuando Carl llegó para recoger los CPI, le mintió diciéndole que el cuerpo había sido identificado y que lo enterrarían en el nuevo cementerio del Trinity.

Y cuando el hombre se marchó, Atta volvió junto al cadáver y lo abrió en canal, emocionada por tener un nuevo sujeto de estudio después de una eternidad.

Se le cayó el alma a los pies al descubrir que no había ni rastro de vegetación en su interior, pero, a cambio, encontró algo inmensamente interesante.

La sangre alrededor del corazón no solo se había vuelto negra, sino que se había coagulado hasta adoptar una textura arcillosa, como la de los posos de café, o…

Atta ahogó una exclamación. Tierra. Tomó unas cuantas notas de forma apresurada, cerró el cadáver y lo metió en el maletero de su coche.

La puerta de la Casa Aquiles se abrió antes de que terminara de llamar. El Hilo Dorado se la quedó mirando mientras la luz se reflejaba en los anteojos de su máscara.

—Llevas dos semanas sin venir.

—Vaya, gracias por refrescarme la memoria.

—Más te vale que ese cuerpo sea para mí.

—¿Acaso no eres el dueño del cotarro?

Aunque no veía su rostro, sabía que debía de estar esbozando una mueca de desprecio.

—Necesito un cadáver en estadio iii y lo sabes.

Aquello despertó el interés de Atta.

—¿Es así como os referís a la enfermedad cuando encontráis vegetación? ¿Cuántos estadios habéis identificado? ¿Qué síntomas presentan los demás?

El Hilo Dorado salió a los escalones de la entrada y obligó a Atta a retroceder y bajar al camino de grava. No le hacía ninguna gracia que la mirara desde arriba.

—Deja de hacer preguntas. —El hombre bajó los escalones y pasó por su lado en dirección al coche.

Atta abrió el maletero y del pico de la máscara del Hilo Dorado escapó una palabrota bastante original en un siseo—.

Has vuelto a abrir el cadáver. A… —Se interrumpió abruptamente—.

Tienes que dejar de hacerlo. Compromete la integridad de nuestra investigación.

—¿Y cómo esperas que te traiga cadáveres con vegetación si no los abro primero, Sherlock?

El Hilo Dorado soltó un suspiro tan largo que casi pareció estar exhalando su último aliento.

—Pensaba que estabas al tanto de los signos externos, pero ya veo que me equivocaba.

El frío aire de la noche se llevó consigo la socarronería de Atta.

—Un momento. ¿Cómo he podido pasar por alto algo así?

El Hilo Dorado encogió un hombro con una evidente impaciencia en su postura.

Pero ¿estaba segura de ello? ¿De verdad había pasado algo por alto?

—¿Te refieres a las venas negras?

—Sobre todo en los ojos.

Atta se mordisqueó el labio. Había establecido aquella conexión en su fuero interno, tal vez incluso en sus notas, pero no la había asimilado del todo…

Miró al Hilo Dorado con los ojos entornados.

—¿Y tú? ¿Cómo te llamas? —En vez de responder, el hombre regresó hacia la casa—. Dime cómo te llamas y dejaré de abrir los cadáveres.

—Buen intento.

Entonces desapareció dentro, y Atta hizo todo lo posible por analizar el interior de la casa antes de que se cerrara la puerta.

Cuando volvió a abrirse, un Hilo Negro salió empujando una camilla, y el desgarbado Hilo Blanco de siempre le entregó la mitad de su pago con una actitud más nerviosa de lo normal.

—Oye, ¿el tío de las costuras doradas es quien dirige este sitio? —le preguntó en tono conspirador.

El chico dio un paso atrás, sobresaltado.

—Tienes que marcharte de aquí —le dijo antes de escabullirse.

Atta regresó a su coche contando el dinero y, al levantar la mirada para abrir la puerta, reparó en que había un hombre enmascarado en el asiento del copiloto.

—¡Me cago en la leche! —exclamó Atta—. ¿Qué coño haces aquí?

—Te he dicho que necesito un tipo muy concreto de infectado —contestó el Hilo Dorado en un tono bastante tranquilo. Aunque tal vez fuera cosa de la máscara, que le amortiguaba y distorsionaba la voz.

—Y yo te he dicho que no tengo ninguno en estadio iii —insistió ella, vertiendo todo su sarcasmo en esas últimas palabras.

—Pues habrá que remediarlo.

—¿Estás mal de la cabeza? No pienso ir a ningún lado contigo.

—Entra en el coche, Atta.

Sus palabras no admitían réplica, pero ese no fue el motivo por el que a Atta se le cortó la respiración. Sabía cómo se llamaba. Conocía su puto nombre.

—No.

El suspiro del hombre quedó atrapado dentro de su máscara.

—Es tu coche. Tú tienes las llaves y yo estoy en el asiento del copiloto. ¿Quién dirías que tiene la sartén por el mango?

No le faltaba razón. Tal vez.

Atta se sentó al volante, arrancó el coche y dio un golpe con el puño en el salpicadero.

El Hilo Dorado se giró hacia ella lentamente.

—¿Eso ha sido una rabieta?

Atta escupió una carcajada rabiosa que, para su gran satisfacción, pareció pillar desprevenido a su acompañante.

—Es la única forma de hacer que la calefacción funcione. Este coche está hecho una tartana.

Se volvió para mirar al Hilo Dorado, preguntándose qué haría si le arrancaba la máscara sin previo aviso. Seguro que la mataba. «Antes o después, todos morimos», había dicho Murdoch.

—¿A dónde vamos?

—Al cementerio del campus.

—¿Y para qué me necesitas a mí? —le preguntó Atta mientras cruzaban el río Liffey—. Ya eres mayorcito.

El hombre, que miraba por la ventanilla, le daba la espalda. Olía a formol y humo de puro.

—No le he contado a nadie lo de la vegetación, y le dije a mi anatomista, a ese al que se lo mencionaste, que te habías equivo­cado.

Atta se sorprendió tanto ante su sinceridad que estuvo a punto de parar el coche.

—¿Por qué?

—Sospecho que algunos de mis superiores ya están al tanto de ello, pero prefiero reservarme los avances de mi investigación.

—¿Y dónde encajo yo en todo esto? —insistió ella, girando en el siguiente semáforo.

—Eso son libros de botánica, ¿no es así? —El hombre señaló con una mano enguantada la pila de libros de texto; la había dejado en el suelo al colarse en el coche.

Mientras se debatía entre sentirse halagada o aterrorizada, el olor que le embotaba los sentidos empujó a Atta a decir la primera tontería que se le vino a la cabeza:

—¿Fumas?

El hombre la miró durante un momento. La luz roja de los semáforos que se reflejaba en sus anteojos le confería un aspecto ridículo.

—De vez en cuando. ¿Por qué?

—Porque hueles a humo.

El hombre permaneció callado hasta que Atta entró en Nassau Street.

—Apaga las luces.

Atta aparcó siguiendo sus indicaciones. Las calles estaban prácticamente desiertas, pues los bares y la marea de turistas daban la noche por terminada a las tres de la mañana.

El Hilo Dorado abrió su puerta primero, y Atta se planteó la posibilidad de echarlo del coche de un empujón y salir derrapando de allí; pero entonces se fijó en la gigantesca verja de hierro negro que se alzaba más allá.

Tuvo que agacharse para ver la punta a través del parabrisas. Soltó aire por la boca.

—¿Cómo vamos a entrar ahí? —susurró.

—Ya lo verás.

Dios, estaba agotada.

—Pues a ver qué hacemos sin una pala, porque yo no llevo ninguna.

—Tenemos dos. —El Hilo Dorado volvió a señalar con la mano enguantada, y Atta siguió la trayectoria de su dedo hasta los asientos traseros—. Yo mismo las he dejado ahí.

—Te crees muy listo, ¿no? —dijo ella, arrugando la nariz.

—No me tienes miedo. —El Hilo Dorado cambió por completo de tema, sonando más desconcertado que otra cosa—. ¿Por qué?

La verdad era que a Atta le alegraba saber que no aparentaba tener miedo, porque estaba aterrorizada.

Aunque supuso que no se debía tanto al espeluznante hombre enmascarado que la acompañaba o al horrible crimen que estaban a punto de cometer como a la posibilidad de que los pillaran con las manos en la masa.

—Antes o después, todos morimos. —El Hilo Dorado carraspeó ante sus palabras, pero no dijo nada, así que Atta continuó—: Las mujeres inteligentes tenemos un dicho: «Si quiere, lo hará».

Lo normal es que se utilice en contextos más románticos que este, pero se aplica igualmente.

Si quisieras matarme, ya lo habrías hecho. Ahora, pongámonos manos a la obra.

Salieron del coche a la vez, con el suficiente sentido común como para cerrar las puertas sin hacer ruido.

Atta terminó de cerrar la suya con la cadera mientras el Hilo Dorado sacaba las palas de la parte de atrás.

La joven rodeó el vehículo para coger una, y el hombre volvió a meter la mano dentro y sacó un farol.

—¿Una lámpara de queroseno? —se burló ella—. Seguro que tengo una linterna por ahí tirada.

—Estoy chapado a la antigua —se justificó él, apoyando la pala contra el lateral del coche y encendiendo el farol con una cerilla.

—Ya veo.