El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta
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Atta

L as siguientes semanas fueron un torbellino de clases, trabajos, cadáveres, cafés para Murdoch, autopsias convertidas en carnicerías a manos de sus alumnos y una desafortunada visita a la Casa Aquiles.

—¡Es lo único que tengo! —le había dicho de mala gana al Hilo Dorado.

—Necesito uno con flora en su interior. Creía que lo había dejado claro.

—No soy imbécil. Lo entendí perfectamente, pero no hago milagros.

Las hojas habían adoptado un tono entre carmesí y anaranjado, y la canela había regresado a las velas y los dulces. Caminar por el campus era como sumergirse en un sueño febril de fantasías otoñales y, estando casi a mediados de octubre, Atta sabía que todavía quedaba encanto para rato.

El profesor Murdoch, por el contrario, había perdido su encanto por completo.

—Has puntuado mal estos trabajos —dijo lanzándole unos papeles.

Atta retorció la boca en una mueca, pero revisó las redacciones. Las había puntuado siguiendo las exhaustivas indicaciones que él le había dado cuando por fin había accedido a dejar que lo ayudara a revisar el trabajo de los alumnos.

—Esto es justo lo que me pidió que hiciera.

El profesor por fin se dignó a levantar la vista, aunque seguramente fue más por su tono insolente que por lo que había dicho.

—Has utilizado un bolígrafo rojo.

Ella parpadeó.

—La tinta roja es la que se utiliza por defecto para corregir.

—En mis clases no.

El profesor estaba corrigiendo la hoja que tenía extendida ante él. Atta contempló la representación anatómica del corazón que aparecía en el papel.

—Usted usa la azul.

—Bastantes son ya las líneas rojas con las que deberán lidiar en su vida, señorita Morrow. No les hacen falta más. Las correcciones en rojo solo consiguen desanimarlos.

De acuerdo, tenía que admitir que no había perdido todo su encanto. Aunque Atta daría lo que fuera por que se quitara esas condenadas gafas. Nadie tenía derecho a estar tan guapo con gafas de empollón y actitud huraña.

—¿Te puedo ayudar en algo?

Atta no se dio cuenta de que se lo había quedado mirando hasta que el profesor volvió a hablar.

—¿Qué? No, no. —Mientras negaba con la cabeza más veces de las necesarias, reparó en el ejemplar del Dublin Paper que descansaba en el escritorio, junto a una taza de café rancio—.

«El HPSC recluta a profesores del Trinity College para…

» —leyó, antes de que Murdoch la interrumpiera al ponerse de pie.

—Ya es suficiente. Ten esas correcciones listas para la siguiente clase.

Dicho eso, la echó de la sala de profesores.

La mayoría de las tardes que pasaban juntos transcurrían de forma parecida: él se mostraba taciturno y ella acababa molesta.

Les había llevado un tiempo cuadrar el horario de las asignaturas de Atta con el de Murdoch, pero finalmente Murdoch había renunciado sin oponer mucha resistencia a que Atta asistiera a todas sus clases como oyente para que pudiera continuar con sus estudios.

Era extraño, pero una parte de ella se sentía orgullosa por haber demostrado su valía; lo suficiente, al menos, para mantener el puesto de auxiliar.

La mayoría de sus turnos en la morgue de los Gallagher se habían vuelto de lo más tediosos, y cuando se lo comentó a Siobhan, la mujer solo había encogido los hombros, evasiva.

Sin embargo, Atta había reparado en la preocupación grabada en sus facciones marchitas.

Estaba más callada de lo normal. Más esquiva y reservada.

—¿Estás bien? —le preguntó Atta una tarde—. Te noto algo rara.

—Se está cociendo algo gordo, cielo. Lo noto en los huesos.

—¿A qué te refieres? —Atta se frotó los brazos; se le había puesto la piel de gallina.

—No te preocupes por eso ahora. —Cuando Siobhan se puso de pie, pareció más mayor que nunca—. Esta noche podemos prescindir de ti, cariño. Vete a casa. Me tomaré una pinta y echaré el cierre.

De camino a la Casa Briseida, Atta habría jurado que oyó una risita infantil arrastrada por el viento, entre el parque y la Facultad de Medicina. Estaba demasiado oscuro, pero logró vislumbrar destellos de luz, diminutos puntitos iridiscentes, flotando entre los árboles.

***

—¿Qué está pasando ahí fuera? —le preguntó Atta a Emmy una mañana, mientras desayunaban.

Había decenas de obreros pululando por el campus, tantos que a Atta le llamaron la atención cuando se asomó a la ventana que daba a New Square. Emmy dejó su taza de té y se acercó a la ventana, movida por la curiosidad.

—No tengo ni idea.

Gibbs irrumpió en el apartamento con una copia arrugada del Trinity News .

—¿Os habéis enterado?

Emmy y Atta intercambiaron una mirada antes de negar con la cabeza al unísono, así que Gibbs se acercó apresuradamente y abrió el periódico sobre la mesita de café.

—Están cerrando una zona del parque. —Señaló, en un mapa en blanco y negro del College Park, el punto en el que una hilera de árboles limitaba con Nassau Street—. No es un área muy amplia, pero están levantando una enorme verja de hierro.

—¿Y qué van a hacer allí? —preguntó Emmy al tiempo que Atta se encorvaba para leer el artículo que acompañaba al mapa.

—¿¡Van a usarla para enterrar a los infectados!? —exclamó, sorprendida ante su propia reacción. No solía perder la compostura de esa manera.

Gibbs, que, a juzgar por su mirada desorbitada, debía de estar tan nervioso como ella, asintió sin pronunciar palabra.

—¿Y por qué lo hacen aquí? —preguntó Emmy con una mueca horrorizada.

—Siempre han insistido en que a los infectados hay que quemarlos…

Atta no fue capaz de frenar la avalancha de pensamientos que se le vino encima.

Para empezar, ¿de quiénes hablaban exactamente?

¿Quiénes estaban tomando aquellas decisiones?

Una parte de ella estaba convencida de que debía de ser cosa de la Casa Aquiles, pero la respuesta no podía ser tan sencilla.

Resultaba innegable que la organización dependía de otra mucho más grande.

—No lo sé. —Gibbs se derrumbó en el sofá, y Atta y Emmy se sentaron una a cada lado del chico—. Esto es una auténtica locura, ¿verdad?

Las dos asintieron distraídamente, sumidas en sus pensamientos.

Cuando Atta recuperó la entereza, leyó el artículo completo. A medida que avanzaba, se le fue formando un nudo de miedo en el abdomen.

Horas más tarde, en la clase de Anatomía Patológica, el profesor Murdoch se puso a pasear alrededor de un cadáver abierto ante los alumnos, aunque Atta no le estaba prestando atención.

—… Tomemos la peste como ejemplo —decía—.

Destruye los órganos, ennegrece la sangre y acaba causando la muerte.

—Dio una vuelta alrededor del cuerpo—.

Pero los contagios parecen aleatorios. Por el momento, todo apunta a que ataca sin orden ni concierto, a diferencia de una enfermedad normal.

Ni siquiera hemos podido vincularla con patologías previas, con la presencia de células cancerígenas —agitó la mano en el aire—, con malos hábitos…

Con nada. La peste lleva seis años midiéndonos a todos, sin excepción, por el mismo rasero.

Atta resopló; estaba tan estresada que le resultó imposible mantener las formas.

Espantada, vio que Murdoch se detenía y se volvía para mirarla directamente, con una ceja enarcada. Ella se quedó de piedra.

—¿Tiene usted algo que añadir, señorita Morrow?

Sacudió la cabeza, rezando por no haberse puesto colorada. Murdoch retomó su ruta alrededor del cadáver, pero la Atta en las sombras, su lado oscuro, a la que los estragos de la pestre habían estado reconcomiendo durante los últimos seis años, la traicionó.

—En realidad —se oyó decir a sí misma, como si estuviera viviendo una experiencia extracorporal—, sí que tengo algo que añadir.

Algún bocazas cuchicheó detrás de ella y otros dos alumnos ahogaron una sonora exclamación.

—Adelante, pues. —Murdoch extendió una mano para animarla a continuar.

Le hervía tanto la sangre que sus temores desaparecieron de golpe y quizá se llevaran consigo su buen juicio. Ese era el efecto que aquel hombre tenía en ella, igual que la peste.

—A los peces gordos de la élite les gusta fingir que las catástrofes los ponen a la misma altura que las clases bajas, pero solo lo hacen para aplacar su propia conciencia y convencer al resto de la población de que no viven en lo que prácticamente se podría considerar una prisión a cielo abierto.

Un destello que no alcanzó a identificar surcó los ojos de Murdoch cuando se posaron en ella.

—La muerte no hace distinciones, señorita Morrow. La peste no perdona a nadie, ya no.

Atta se levantó de su silla.

—Eso no es más que una excusa. Algo que los ricos dicen para difuminar los límites prácticamente infranqueables que separan las distintas clases sociales.

Usted mismo dijo que todos tenemos que lidiar con innumerables líneas rojas.

Que la élite utilice tinta azul en vez de roja no hace la realidad menos dura. Solo crea la ilusión de que lo es.

Atta sabía que los estudiantes no tenían ni idea de a qué se refería, pero Sonder Murdoch la había entendido perfectamente. Y, a juzgar por la expresión de su cara, le había tocado la fibra sensible. O las narices.

—Sin embargo, antes o después, todos morimos —dijo sin alterarse—, ¿no es así?

—Por supuesto. —Atta señaló el cadáver de mala gana—. Pero mientras la riqueza y el poder muevan el mundo, nada salvo un cataclismo, un desastre natural que se nos lleve a todos por delante, nos hará iguales. Y, que yo sepa, la riqueza y el poder todavía lo siguen moviendo.

—¿Y si la peste es ese cataclismo?

—¿En serio? No me diga que la peste ha afectado a la élite tanto como a las clases bajas, porque no es verdad.

—¿Acaso no ha matado por igual a ricos y pobres?

—Tal vez —replicó ella—, pero ¿quién va a recibir ayuda antes?

—Pierde el tiempo planteando casos hipotéticos, señorita Morrow.

Atta tenía la sensación de que le iba a estallar la cabeza, pero el profesor parecía estar pasándoselo en grande.

Pese al infierno que se había desatado en sus entrañas, Atta esbozó una sonrisa retorcida.

—Acaba de demostrar lo que estoy diciendo. Que usted no sea consciente de ello no significa que no sea verdad.

—Tiene usted tendencia a emitir juicios apresurados y sin fundamento —le espetó él, con una carcajada sombría y carente de humor—.

Puede que esa forma de proceder sea aceptable en Botánica, pero no le augura nada bueno ni en Anatomía Patológica ni en cualquier asignatura que esté relacionada con la verdadera ciencia.

Atta retrocedió como si la hubiera abofeteado, pero, en vez de responder, recogió sus cosas y se marchó.

Pasó el resto de la tarde escondida en la biblioteca, inmersa en sus estudios, en sus grabaciones de Liszt.

Aislada, gracias a sus auriculares, de todo y de todos.

En especial, de Sonder Murdoch y del espeluznante cementerio de infectados en el que no conseguía dejar de pensar.

Cuando el sol ya empezaba a ponerse, le rugieron las tripas, avisándola de que iba siendo hora de volver a casa. A lo mejor Emmy y ella podían prepararse unas tostadas con queso y fingir que todo iba bien durante un rato antes de que tuviera que marcharse a cubrir el turno de noche en la morgue.

—Buenas tardes.

Atta levantó la mirada al oír una voz áspera y tensa, y se sorprendió al toparse con Murdoch, sentado en el sofá verde de la sala común de la Casa Briseida, como si todavía viviera allí.

El color del mueble resaltaba la tonalidad de sus ojos.

Atta se lo quedó mirando mientras él se levantaba y se acercaba a ella.

—Walsh me ha pedido que tú y yo debatamos más en clase. —Murdoch trató de sonreír, pero, como la mayoría de las veces, no llegó a cuajar—. Quería pedirte disculpas.

—Pues dese prisa —dijo ella, cruzándose de brazos—. Voy a llegar tarde al trabajo.

—No me disculparé por el debate, porque, para serte sincero, lo he disfrutado. Pero te he insultado y he sido cruel, así que lo siento.

No era, ni de lejos, la peor disculpa que había oído en su vida.

—Siento haberle llevado la contraria delante de sus alumnos.

Murdoch negó con la cabeza y un rizo oscuro le cayó sobre la frente.

—Si todo el mundo nos diera la razón, Atta, jamás aprenderíamos nada.

Antes de que ella tuviera oportunidad de responder, él extendió la mano y deslizó un dedo por la cadena que decoraba el cuello de su blusa, hasta alcanzar una de las dos calaveras que remataban cada extremo.

—Me gusta.

Entonces, giró sobre sus talones y se alejó con una mano en el bolsillo. Llevaba la otra, la misma con la que había estado a punto de tocarla, al costado, y apretaba con fuerza el puño.