El exorcismo de las hadas (Perversas realidades 1) Atta #3
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Atta #3

—Mi conclusión es que esta mujer sufrió lesiones antes de la muerte, que no están directamente relacionadas con ella.

La causa de su fallecimiento fue el envenenamiento por una exposición prolongada al monóxido de carbono.

—Se quitó los cubrezapatos y los tiró a la papelera—. Y el desgraciado que tuvo por marido.

Murdoch esbozó una media sonrisa.

—Está bien, le seguiré el juego. Extraoficialmente, ¿cuál es su teoría?

Atta suspiró y miró a la pobre mujer una última vez antes de cubrirla con la sábana.

—Lo primero que me ha llamado la atención ha sido la marca que tiene en el dedo.

Sí, le retiraron todos sus efectos personales cuando falleció, pero algo en esa marca me dice que ella ya se había quitado la alianza…

algo antes. Los hematomas de los brazos coinciden con un posible caso de violencia doméstica, pero lo que me lo ha terminado de confirmar es la fractura que presenta en uno de los metacarpianos de la mano derecha.

Estuvo encerrada en algún lugar durante bastante tiempo, golpeando una pared o una puerta.

Intentaba escapar. Eso también explicaría la hinchazón de las cuerdas vocales.

—Pero ¿y si nadie la encerró y simplemente se quedó atrapada? —rebatió Murdoch, con la seriedad que se esperaba de todo buen profesor.

Atta lo consideró durante un momento. No podía recurrir a la intuición femenina para explicar su hipótesis, aunque era la base sobre la que se sustentaba.

—Tiene hematomas en los tobillos y las muñecas, causados después de la muerte. —Negó con la cabeza—. ¿Cree que un viudo afligido o quienquiera que la encontrara la ataría como a un animal, así sin más? Se ve a la legua que fue malintencionado.

Murdoch asintió una sola vez y se incorporó, dejando atrás la banqueta donde se había apoyado.

—Muy bien, Atta.

Una bandada de polillas le revoloteó en el vientre cuando el profesor pronunció su nombre y alabó su trabajo.

—¿Fumas? —preguntó, pasando a tutearla.

—No. He visto demasiados pulmones negros como para hacerlo.

Murdoch se rio entre dientes, dejando escapar un sonido grave que restalló como un trueno en la noche. Atta reprimió un escalofrío.

—De algo hay que morir. Ven conmigo.

En ese momento, y muy a su pesar, Atta habría estado dispuesta a seguirlo a donde él quisiera. Ella no era para nada ese tipo de mujer. Se respetaba a sí misma y, por el amor de Dios, él era (en cierto sentido) su profesor.

Aun así, lo siguió hasta una puerta trasera, que conducía a un pequeño patio de piedra y hierro.

Murdoch se apoyó contra uno de los toscos muros del edificio y le ofreció una carpeta.

—Échale un vistazo a esto.

Mientras ella la abría y examinaba su contenido, él se sacó un purito del bolsillo de la camisa y lo encendió con una cerilla.

Al darle una calada, el aire frío del patio se impregnó del olor dulce y aromático que Atta acabaría asociando con él para siempre.

Al menos no le causó una migraña en aquella ocasión.

La carpeta que le había entregado contenía un informe de la Garda sobre el homicidio de una tal Patricia O’Malley.

—Joder —masculló Atta con una exhalación. Se dejó caer deslizándose por la pared, hasta quedar sentada en el suelo de cemento frío—. Solo tenía veintiséis años.

Murdoch respondió con un ruidito nasal.

—Tenía toda la vida por delante.

Atta siguió leyendo. Había acertado: la mujer se había separado de su marido y lo había denunciado tres veces por agresión. ¿Y qué había conseguido? Acabar muerta y abierta en canal a manos de una chica que intentaba demostrar su valía en un campo académico al que ni siquiera pertenecía.

Tras la tercera denuncia, Patricia O’Malley había acabado encerrada en una despensa, con la cocina encendida, durante diez horas.

Una vecina que había salido a sacar al perro cerca del bosque la encontró una mañana, atada de pies y manos.

Cuando lo interrogaron, el marido de Patricia admitió haberla asesinado, y luego haberla atado y haberla dejado tirada en el bosque para que pareciera un secuestro.

Atta leyó la última frase del informe en voz alta, con los ojos anegados en lágrimas.

—La familia de la fallecida ha donado su cadáver al Departamento de Anatomía Patológica de la Facultad de Medicina del Trinity College de Dublín.

Cerró la carpeta y la dejó en el suelo a su lado. Notaba la mirada de Murdoch clavada en ella. El humo de su purito le inundaba las fosas nasales.

—¿Por qué estás aquí, Atta?

Levantó la vista para mirarlo y notó un cambio entre ellos.

Todo estaba cambiando.

—¿Por qué has venido al Trinity? —insistió él, sin levantar la voz.

—¿No le parece suficiente que aspire a alcanzar la excelencia académica?

Él esbozó una sonrisilla que Atta detestó al instante. En realidad, le encantó.

—No. —Murdoch tiró el purito al suelo y lo aplastó contra el cemento con la punta de su reluciente zapato marrón—. Y menos cuando has decidido estudiar Botánica pese a lo certeros que son tus diagnósticos post mortem y tus deducciones forenses.

Las campanas de la torre del reloj doblaron en la distancia mientras se miraban el uno al otro. Entonces Atta ahogó una exclamación.

—¡Mierda! —Se puso en pie de un salto y se pasó la mano por el pelo—. ¿Ya son las cinco? ¡Se supone que debería estar en el trabajo!

El profesor Murdoch no dijo nada cuando se marchó corriendo.