Atta #2
Valoraba que el profesor no diera por hecho que era de constitución frágil o que necesitaba mentalizarse antes de manipular un cadáver.
A lo mejor sí la creía. O a lo mejor la estaba poniendo a prueba.
A lo mejor sabía que no era más que una saqueadora de tumbas con aires de grandeza.
Atta se rio para sus adentros ante aquel pensamiento, aunque solo por un momento.
Sabía que era peor incluso que una saqueadora.
Al menos esas personas se limitaban a robar objetos reemplazables y dejaban a los muertos tranquilos.
«Todo sea por la ciencia», se dijo para darse ánimos, mientras ayudaba a Murdoch a aupar el cadáver y dejarlo sobre la camilla de metal.
El profesor empujó el cuerpo hasta la mesa de piedra, y como no le pidió ayuda a Atta para levantarlo de la camilla, la chica llegó a la conclusión de que su única intención había sido ponerla a prueba, que se las apañaba solo perfectamente.
Una vez que tuvo el cadáver sobre la mesa, Murdoch retiró con un gesto teatral la sábana que lo cubría. Se trataba de una mujer. O de lo que había sido una mujer, joven, de cabello castaño y tan delgada que se le marcaban los huesos de las caderas.
Cautivada como siempre por la humanidad de los fallecidos, el espíritu que una vez habitó los huesos, Atta se acercó despacio, siendo muy consciente del roce de sus botas de cordones contra el áspero suelo de piedra.
De Murdoch, que se había detenido junto a una cajonera de metal para observarla.
De la carcasa vacía de la mujer, que yacía sobre la gélida mesa.
La misma que había sido una niña, y luego una joven, cuya vida se había visto interrumpida demasiado pronto.
¿Por qué motivo? ¿La peste? No, en ese caso su cuerpo habría acabado en la Casa Aquiles o en una morgue de alta rotación.
Dio una vuelta alrededor de la mesa examinando el cuerpo de la mujer, fijándose hasta en el más mínimo detalle.
«Seguro que alguien la quería».
Presentaba hematomas posteriores a la muerte en las muñecas, los tobillos y en un pómulo.
«Seguro que ella también quiso a alguien».
Tenía la uña del dedo índice arrancada de raíz.
«Seguro que reía mucho y le gustaba comer».
Tenía más hematomas, en este caso anteriores a la muerte, en el lateral de las manos, y parecía haber sufrido una fractura en el metacarpiano del meñique derecho.
«Seguro que leía libros, veía películas y escuchaba música».
Presentaba una marca en el dedo anular, allí donde debía de haber llevado su alianza.
«Estuvo casada».
Atta miró a Murdoch, que la estaba estudiando con suma atención, con las manos metidas en los bolsillos como siempre.
—¿Cómo murió? —le preguntó con un hilo de voz, aunque su tono no se debía ni al miedo ni a la aprensión.
No, aquel era su mundo. Su tono se debía a la tristeza; la tristeza que componía los confines de su realidad y que, sin atraparla ni inmovilizarla, la ayudaba a mantenerse centrada.
Como si las tragedias ajenas le recordaran lo que de verdad importa.
Murdoch señaló con la barbilla la bandeja con instrumental quirúrgico que había preparado.
—Dígamelo usted.
—Voy a necesitar un cuaderno —respondió ella, enderezándose y serenándose al pensar en el procedimiento, en su inviolable protocolo.
—Por supuesto.
Murdoch sacó un cuaderno en blanco y un bolígrafo del escritorio que descansaba en uno de los laterales de la estancia.
Mientras tanto, Atta se puso unos cubrezapatos desechables, una bata quirúrgica y unos guantes.
Los instrumentos que le había proporcionado estaban impolutos, como nuevos.
Cuando los tomó entre los dedos, sintió un cosquilleo agradable, y todo su entorno se desdibujó, incluido el profesor que se cernía sobre ella, mientras abría el cadáver y se ponía manos a la obra.
Llevaba hecho más o menos la mitad del trabajo cuando una voz se coló en su burbuja de concentración.
—Hábleme de la clase que se está perdiendo en estos momentos.
Atta se detuvo con el bisturí sobre el corazón de la fallecida y lo miró.
—Eso no tiene nada que ver con esto.
Él se encogió de hombros, aunque casi se le crispó una de las comisuras de la boca.
—Solo intento ayudar.
—¿No será que quiere comprobar si me distraigo con facilidad?
Una chispa le atravesó el pecho a Atta al ver que, en aquella ocasión, Murdoch fue incapaz de evitar la crispación.
—He de admitir que es usted muy lista. —Se humedeció los labios con la lengua, y Atta bajó la vista a la caja torácica abierta ante ella—. Digamos que ambas respuestas son correctas, así que cuénteme qué está estudiando.
Atta anotó unos cuantos detalles sobre el cadáver, con los labios fruncidos, y pasó a inspeccionar los pulmones.
—En la clase que me he saltado hoy estamos estudiando las interacciones entre los factores biológicos, físicos y químicos del medio ambiente.
El profesor guardó un momento de silencio, pero ella lo ignoró.
—Interesante. ¿Y cree usted que esas interacciones tienen algo que ver con la peste?
Atta se detuvo ante su pregunta. ¿Lo creía?
—No —concluyó tras un instante—. La verdad es que no.
Si le preguntó algo más, ella no alcanzó a oírlo, porque ya había dado con la causa de la muerte del cadáver.
—Bien —dijo, dando por fin un paso atrás. Se quitó los guantes y se secó las manos con una de las ásperas toallas de hospital que tenían apiladas a un lado.
—¿Lista para compartir sus hallazgos?
Joder, el profesor parecía aturdido, aunque le brillaban los ojos. No obstante, recuperó la compostura tan pronto como Atta empezó a hablar:
—Fue asesinada por su marido.
—Ah, ah. —Murdoch se puso de pie y se colocó a su lado—.
El trabajo de un patólogo forense no consiste en sacar conclusiones como esa.
—Echó un vistazo por encima del hombro de Atta a la cavidad donde el corazón de la fallecida una vez había latido.
Pese a la situación en la que se encontraban, Atta era muy consciente de lo cerca que estaba de ella—.
Cíñase a los hallazgos médicos concretos.
Murdoch dio un paso atrás y Atta retomó su explicación, empezando por la hinchazón de las cuerdas vocales de la difunta y siguiendo por los indicios de edema pulmonar en el corazón, las lesiones anteriores y posteriores a la muerte y los daños en los riñones y el hígado.